Llegaste de imprevisto Capítulo 24
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Capítulo 24

Los días fueron pasando y, de momento, no me apetecía salir a visitar el pueblo, ni ir más allá del jardín, donde encontraba la paz y la felicidad que necesitaba.

Uno de los días apareció una vecina, Mercedes, un poquito más mayor que nosotras, que venía a presentarse y que me cayó genial.

Fue Dayron el que abrió la puerta, el que la analizó antes de dejarla pasar al interior de la casa, donde nos encontrábamos todos desayunando.

—Buenos días, soy Mercedes, la vecina de al lado, y venía a presentarme y a traeros unas galletas fritas que, aunque está mal que yo lo diga, me salen de muerte.

—¿Las galletas se pueden freír? —preguntó Dara, asombrada e incrédula a partes iguales.

—Toma, pruébalas y me dices si te gustan o no —le respondió ella.

—Un momento, antes de que las coma nadie, las tengo que probar yo —dijo Dayron, cogiendo una y dándole un pequeño mordisco.

Es cierto que Mercedes no parecía una persona peligrosa, pero, aun así, no pensaba confiar en nadie. No así, a la primera, y eso me lo había enseñado la vida y todo lo que nos había sucedido en los últimos tiempos.

—Uy, por favor, ni que os fuera a envenenar. Mira, para que te quedes tranquilo —dijo Mercedes.

Se fue directa a la bandeja que había traído, cogió una de las galletas y se la metió en la boca, saboreándola y haciéndonos ver a todos que no tenían nada de malo.

Esa mujer pasó toda la tarde con nosotras, en el jardín, y contándonos que ella tampoco lo había tenido fácil en la vida, con un marido controlador que, hasta que se marchó con otra, miraba hasta el último céntimo que ella gastaba.

—No os vayáis a pensar que yo he sido siempre así de alegre, ni mucho menos. Vivía envuelta en un mar de lágrimas.

—Lo nuestro es mucho peor que eso, te lo aseguramos.

—Pues yo os veo muy felices aquí, con vuestros hijos y vuestros chicos, aunque, siendo sincera, hay algo que no me cuadra.

Miré a Dayron, que se encontraba allí, jugando con mi hija, junto a David, mientras el bebé dormía plácidamente en su cochecito. Esa mirada era para pedirle permiso, y asintió.

Entendí que, si le contábamos todo a Mercedes, podríamos tener una aliada más, alguien que estaba en la calle durante casi todo el día y, lo más importante, que conocía a la gente del pueblo y podría avisarnos si veía a alguien raro.

—Verás, Mercedes…

Le fuimos contando todo lo que nos había sucedido, mientras ella alternaba su mirada entre unos y otros, pero haciendo especial hincapié en mí y en Sofía, que agachaba la cabeza.

Cuando ya estaba al día de todo, Dayron decidió que era el momento de que le enseñáramos una foto de Nacho, recalcando que era muy peligroso.

—Mercedes, entendemos que, si después de escuchar esto que te hemos contado, decides no volver, estás en todo tu derecho de hacerlo… —le dijo Sofía.

—Pero, por favor, si ves algo raro, si lo ves por aquí, no dudes en decírnoslo, es de vital importancia para nosotros y para nuestros hijos —terminé de pedirle yo.

—No dudes que lo haré y, de marcharme de aquí, nada. Tan solo quiero que me veáis como a una más.

—Gracias, de verdad, porque, a veces, que alguien vea todo desde otra perspectiva a la nuestra es bueno.

De repente, nos encontramos con una nueva aliada, una que no había pasado desapercibida para Abel, que no le quitaba el ojo de encima.

Al final, todo esto iba a dejar algo bueno, la formación de dos nuevas parejas, cuyas chicas no se merecían otra cosa que alguien que las quisiera bien, que no fueran utilizadas por un hombre, como había sucedido hasta ahora.

Mercedes trabajaba en el supermercado. Si bien el pueblo era grande, todos en el barrio en el que estábamos se conocían, y no solían salir de esa zona, pues todo lo tenían a la mano.

Esa mañana me levanté con una sensación extraña, como si tuviera un presentimiento, y David se había dado cuenta.

Habíamos pasado toda la noche haciendo el amor. Sí, habéis leído bien, no practicamos sexo ni follamos esa noche, no.

Nos dijimos todo tipo de palabras de amor, que despejaron en el otro la duda de lo que sentíamos, y fue todavía más espectacular que las veces anteriores que lo habíamos hecho.

—¿Qué te ocurre, mi vida?

—No lo sé, es como si tuviera una presión en el pecho que me pidiera que saliera corriendo.

—Eso es ansiedad, es normal después de todo lo que ha sucedido.

—No, David, no es ansiedad ni estrés, es un presentimiento, y quiero pedirte una cosa.

—Dime, lo que sea, sabes que lo haré por ti.

—No te separes de Dara, para nada. Y, si me sucede algo, no dudes en correr con ella y con el bebé.

—¿De qué estás hablando, Alexia?

—De verdad, sé que hoy va a ocurrir algo, no sé de qué magnitud, pero…

En ese momento, escuchamos gritar a mi hija en su habitación y no dudamos en salir corriendo.

David iba en bóxer y yo llevaba tan solo una camiseta que me había puesto al levantarme, antes de ir al baño del pasillo a ducharme.

No eran más de las seis de la mañana, pero esa sensación fue la que hizo que me despertara de pronto.

Y allí estaba, con el bebé en brazos e intentando ponerle un pañuelo a mi hija en la boca, algo que no consiguió, dicho sea de paso, pues le pegó un bocado en la mano cuando intentó hacerlo.

—Dara, ven aquí, corre —le dijo David.

La niña salió corriendo hasta donde estaba él, que le dijo algo en el oído que provocó que mi hija saliera de la habitación.

—Suelta al bebé —le dije.

—Es mi hijo y no pienso consentir que crezca con una puta como su madre. Es un varón, y será digno de llevar mi apellido, de ser el heredero que mi padre necesita.

Fue cosa de un segundo cuando, casi sin darnos cuenta, vimos cómo Nacho recibía un disparo en la cabeza y caía hacia atrás, ventana abajo.

Por suerte, Dayron tuvo los reflejos de coger al bebé, o hubiéramos tenido que lamentar otra muerte.

El disparo vino de fuera de la casa, por lo que no podíamos haber sido ninguno de nosotros. Por eso, Abel y Dayron, después de dejar al bebé en mis brazos, puesto que Sofía estaba inconsciente, fueron a ver quién había sido.

Minutos después, la vimos entrar, a Mercedes, con una escopeta de caza que tenía de su marido.

No se la veía aturdida ni arrepentida, y eso fue lo que más nos extrañó, pues, por mucho que hubiera tenido un arrebato, no entendíamos su postura.

—No me arrepiento, y lo haría una y mil veces más —nos dijo.

—¿Por qué? —fue lo único que salió de mi boca.

—Porque ya me engañaron una vez, y no iba a permitir que lo hicieran dos veces.

Mercedes empezó a contarme que, antes de venir a nuestra casa, después de que ya llevábamos semanas allí, conoció a Nacho en el supermercado.

—Me manipuló, me dijo que se había enamorado de mí, y que, para poder estar juntos, antes tenía que cerrar el divorcio contigo.

—Será cabrón, si eso ya lo tenemos por un juez…

—Sí, pero yo no lo sabía. Me indicó que me acercara a vosotros, que le contara todo lo que había descubierto, y que le serviría para tener argumentos en tu contra.

—Es que… es todo surrealista. ¿Cuándo te diste cuenta de que era mentira?

—Cuando me contasteis la historia verdadera. Supe desde el principio que no me estabais mintiendo. Vi el terror en la mirada de Dara cuando sacasteis la foto de su padre, y no iba a permitirme caer dos veces en el mismo error.

—¿Y a él cómo lo convenciste? Me refiero a qué le dijiste para que no te presionara.

—Esta vez he sido yo la que lo ha manipulado. Le dije que te veía feliz, que tu hija llamaba papá a tu chico y que se veía el cariño que le tenía. Insistí en que no debía dejar que la niña llamara a otro hombre con una palabra que tan solo le pertenecía a él.

—Y lo seguiste cuando vino hacia aquí. ¿Me equivoco? —preguntó Dayron.

—No, no te equivocas. Cogí la escopeta de mi marido, una que tenía guardada en el armario, por si algún día le daba por aparecer, y no me lo pensé, disparé.

—Está bien, voy a realizar un informe. Tan solo quiero que digas, ahora, cuando vengan nuestros compañeros, que pensaste que le estaba haciendo daño a la niña y que no te lo pensaste, pues lo viste salir de tu casa completamente fuera de sí —dijo Abel, que se notaba que quería protegerla.

—Gracias, Mercedes, has hecho que, por fin, se haya terminado esta pesadilla.

—Lo haría una y mil veces más.