Capítulo 23
Tal y como dije, trabajé como una jabata durante esos días y, una semana después, ya estaba lista para salir de allí.
Me comí todo lo que me pusieron por delante, hice todos los ejercicios de rehabilitación que me indicaron, hasta que pude andar sin el apoyo de un andador o un bastón.
—Es increíble cómo te has recuperado en tan poco tiempo —me dijo Mario cuando vino a verme el lunes por la mañana.
—Mario, cuando hace unos siete meses que no ves a tu hija, por culpa de su propio padre, se hace lo que sea para volver a sentir su abrazo.
—Te entiendo, pero quiero que sigas cuidándote. Porque, a pesar de que te voy a dar el alta, porque te lo prometí, yo te hubiera dejado un par de semanas más.
—No te preocupes, Mario, que de eso me ocupo yo, que me marcho con ella —le contestó David.
—Entonces, me quedo más tranquilo de que vaya con un médico a su lado, a pesar de que no sea tu especialidad.
—Por cierto, ¿qué pasó con Cloe?
Me acordé de ella muchas veces durante mi encierro, pensando qué habría pasado con su estado de salud.
—La tuvimos que operar el mismo día que desapareciste, por eso tardé más en ir a buscarte, y casi la perdemos varias veces en la mesa de quirófano.
—Pero… ¿Está bien? Bueno, dentro de lo que cabe, porque con su enfermedad ya sabemos lo que ocurre.
—Está perfectamente. Tocó la campana varios meses después, y ahora es una niña completamente sana y feliz.
—¿Me lo dices de verdad?
—Absolutamente. Es más, cuando todo esto termine, iremos a verla y que conozca a Dara.
—Me encantaría que eso sucediera muy pronto.
No pude evitar que mis lágrimas cayeran sin control, por la felicidad de saber que esa niña había salido adelante, por la liberación que sentía en esos momentos y, sobre todo, porque tenía a mi lado a un hombre maravilloso, que esperaba que permaneciera conmigo lo que me restaba de vida.
En cuanto tuvimos el alta, los mismos escoltas que estaban en la puerta de la habitación nos llevaron hasta un coche que nos estaba esperando en la parte trasera del hospital.
—Señores, los llevaremos hasta el piso franco. Tienen que dejar sus teléfonos móviles aquí, y no podrán salir sin el permiso y el acompañamiento de alguno de mis compañeros.
—Lo sabemos, agente —le dijo David.
—Yo lo único que quiero es poder abrazar a mi hija; el resto, como si me encierran en una jaula.
Los policías soltaron una carcajada por la manera en la que lo dije, y nos contagiaron a David y a mí.
Estuvimos en el coche durante más de siete horas, y paramos tan solo para comer, en un sitio apartado, en un pueblo casi desierto que estaba donde Cristo perdió el mechero.
Llegamos, por fin, a una especie de chalé que había en la provincia de Sevilla, en un pueblo que se llama Carmona.
—¡Coño, pues sí que nos habéis llevado lejos!
—Todos los kilómetros que pongamos de por medio, con la maldad de su exmarido, son pocos, créame.
—¿Mi exmarido? ¿Ha firmado el divorcio?
—No, lo ha dictado un juez. Ahora tan solo queda el reparto de los bienes, pero eso no se puede hacer hasta que no aparezca o pasen diez años de su desaparición.
—Eso es lo que menos me preocupa, no quiero nada de él.
—Usted tal vez no, pero no está sola, tiene que pensar también en el futuro de su hija.
Sabía que tenía razón, pero tan solo pensar que volvería a esos lugares, a esas viviendas en las que lo pasé tan mal por sus comentarios o sus hechos, me ponía los vellos de punta.
Aparcaron delante de una casa preciosa, con un jardín que supe que le había encantado a mi hija, y en el que jugaría con su hermano.
Tener a Sofía delante me iba a costar, pero teníamos esa conversación pendiente. No es que volviéramos a ser las mejores amigas, como tampoco que fuera a confiar en ella al cien por cien, pero lo necesitábamos, ambas.
—¡Mamá! —gritó mi hija al verme llegar.
—Mi amor, cuánto te he echado de menos…
Ninguna de las dos pudo evitar llorar mientras nos abrazábamos. Olí su pelito, quería grabarme ese olor, recordarlo siempre, pues, durante el tiempo que estuve encerrada, se me llegó a olvidar.
Estaba mucho más alta, pero seguía siendo preciosa. Mientras estábamos así, tiradas en el suelo, porque caí de rodillas en cuanto vi que venía hacia mí, vi cómo Sofía sostenía un bebé en brazos y nos miraba, llorando.
—Mi niña, estás preciosa y mucho más alta.
—Sí, mamá, Sofía me ha cuidado muy bien, igual que a Daniel.
—¿Quién es Daniel, mi vida?
—Daniel es mi hijo, su hermano, y lo único bonito que ha salido de todo lo que ha pasado —me dijo Sofía, casi llorando.
—Dara, ¿qué te parece si me ayudas a llevar las cosas dentro y me enseñas la casa? —le preguntó David.
—¡David! Pero si no te había visto. Dime, por favor, que ya eres el novio de mi madre…
Se fueron los dos, pasillo adentro, mientras Sofía y yo permanecimos de pie, sin movernos y sin saber qué decir.
—Voy a poner a Daniel en el parquecito y, si te parece bien, hablamos.
—Sí, tenemos esa conversación pendiente. Necesito que me des todas las explicaciones, sin mentiras, por favor.
—Te las daré, yo también lo necesito.
Sofía dejó al bebé en el parque de juegos y fue hasta la cocina, de donde vino con dos latas de refresco.
—¿Por qué lo hiciste, Sofía? Si sabías cómo era, si eras conocedora del daño que me hacía… No entiendo nada, te lo juro.
—Me convenció. Sabes lo manipulador que puede llegar a ser. Me decía que él era así contigo porque te lo merecías, pues no estabas a la altura de lo que él necesitaba.
—Pero tú me conocías, joder, sabías que nada de eso era cierto.
—Yo te conocía como amiga, pero no como pareja. Me decía que no querías tener relaciones con él y que, por eso, tenía que buscarlo fuera.
—¿Y cuando yo te conté que me había echado de mi propia habitación? ¿Cuando te lloraba diciéndote que no miraba a su hija?
—Todas y cada una de las cosas que me contabas, él les daba la vuelta y me hacía creer que tú me manipulabas para que me pusiera de tu parte.
Me fue explicando de qué manera, poco a poco, le comió la cabeza, hasta tenerla donde quería: en su cama y en su vida.
—No te puedes imaginar cómo se puso cuando se enteró de que estaba embarazada.
—Me lo puedo imaginar, porque conmigo hizo lo mismo.
—Hasta que tú te separaste y te llevaste a Dara, que fue el momento en el que se interesó por mi embarazo y se comportaba como si fuéramos una familia feliz.
—Es muy típico de él.
—Alexia, sé que no vamos a tener la misma relación que teníamos antes, y lo entiendo, pero necesito decirte que yo no supe nada de que te tenía retenida hasta que contraté al detective.
—¿Contrataste a un detective? ¿Por mí?
—Sí, porque me di cuenta de que algo no cuadraba, y, en cuanto supe dónde te tenía, y a riesgo de que me hiciera a mí lo mismo, no dudé en avisar a tu chico.
—Te doy las gracias por eso, porque, si no lo hubieras hecho, hoy estaría criando malvas en el patio de los callados.
Sofía soltó una risa que le salió sola y, por primera vez en mucho tiempo, parecíamos las dos amigas que fuimos siempre.
—Tienes suerte, David es un hombre estupendo y te quiere con locura.
—Y que, como te vea a menos de un metro suyo, vas a saber lo que es bueno.
—Pierde cuidado, que no tengo esas intenciones. Además, desde que estoy aquí, he conocido a alguien que me gusta mucho y que es muy atento.
—¿Un vecino de la zona?
—No, uno de los policías que nos están protegiendo y que viven en la casa con nosotros. Ya los conocerás.
—Eso me ha chocado un poquito, porque hemos llegado y no los hemos visto.
—Los verás ahora, les he pedido que nos dejaran a solas para poder hablar tranquilamente.
—Sí, pero ya estamos aquí, que no queremos que caiga la noche y la señorita Romero se asuste al vernos por los pasillos —dijo un hombre de unos treinta y cinco años, bastante atractivo.
Se acercó a Sofía y le dio un breve beso en los labios, para, a continuación, presentarse a nosotros, porque David y Dara ya habían vuelto al salón y estaban jugando con el pequeño.
—Mi nombre es Dayron, y mi compañero es Abel.
—Encantada.
—Igualmente. No hace falta que nos digáis vuestros nombres, porque ya los sabemos.
—Ahora, en cuanto terminemos de cenar, os diremos las normas y las directrices que tenéis que seguir. Os pedimos encarecidamente que las cumpláis, por vuestra propia seguridad —dijo su compañero Abel.
—Pierde cuidado, que yo me encargo de que se cumpla todo a rajatabla —le dijo David, mirándome a mí directamente.
—¿Por qué me miras a mí?
—Porque eres la más peligrosa de aquí, y no vas a salir sola ni al jardín, te lo prometo.
David me lo dijo señalándome con el dedo, como si me estuviera acusando, y a todos nos hizo mucha gracia.
Después de cenar y de que los niños estuvieran dormidos, nos sentamos los cinco adultos en el salón, algunos con una copa, otros con un café y yo, en concreto, con una infusión.
Dayron y Abel nos estuvieron explicando todo lo que no podíamos hacer, prestando especial atención a lo que nos rodeaba.
—Si, por alguna razón, veis a alguien que os dé mala espina, alguien que notéis fuera de lugar o cualquier cosa extraña, no dudéis en comentarlo con Abel o conmigo —nos dijo Dayron, mirándome a mí.
—Joder, qué ganas tengo de que se termine toda esta pesadilla y poder pasear tranquilamente por la calle con mi hija y con mi chico, sin tener que mirar hacia atrás con miedo —dije, ya desesperada.
—No creo que tarde mucho en dar la cara, Alexia —dijo Abel.
—Yo tampoco. Precisamente, Nacho no es una persona paciente, y estará deseoso de vengarse —sentenció David.
—¿Más venganza? ¿Después de todo lo que ha hecho? Pues no sé, lo mismo quiere sacrificarnos en una hoguera pública, porque no le ha quedado nada por hacerme —les contesté.
—Está loco, y me he dado cuenta demasiado tarde. Por su culpa he perdido lo único realmente sincero que tenía en mi vida: mi amistad con Alexia —comentó Sofía.
—Piensa que, de algo tan malo, nació lo mejor que te puede dar la vida: tu hijo Daniel. Igual que a mí me regaló a Dara, mi niña preciosa, y lo que me hace levantarme con más fuerzas cada día.
Pude darme cuenta de lo arrepentida que estaba Sofía de haberse liado con Nacho, y no la podía culpar; yo misma había sido víctima de la manipulación de ese hombre, apartándome casi por completo de mi hermana.
Por eso, no pude quedarme quieta y me levanté para abrazarla. No era un paripé, no era forzado, era algo que me salía de dentro, y que no sabía que necesitaba tanto como ella.
Sofía, al ver lo que yo estaba haciendo, no pudo reprimir el llanto, y así, abrazadas, lloramos las dos.
Lo hicimos por todo lo que habíamos compartido, pero también por lo que habíamos sufrido y por lo que nos esperaba en un futuro.
Nadie dijo una sola palabra. Era como si el mundo se hubiera detenido a nuestro alrededor. Todos nos miraban, ninguno se movía, ni siquiera nosotras, que permanecimos así un buen rato.