Llegaste de imprevisto Capítulo 22
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Capítulo 22

Escuchaba mi nombre detrás de esa puerta, pero lo hacía de forma muy lejana, como si me encontrara debajo del agua.

Antes apenas comía y me encontraba sin fuerzas, así que decidí que tenía que comer un poquito más, obligarme a ello. Pero era curioso: ahora que comía más, me sentía todavía más débil que antes.

Logré avisar de que estaba allí, pero a media voz, porque ni siquiera podía hablar con el tono que normalmente gastaba.

Me eché en el camastro, pues ese simple esfuerzo que había hecho para que pudieran encontrarme me había dejado completamente agotada.

Parecía que eran las voces de David y de mi cuñado Alberto, pero no podían ser ellos… Todo debía ser producto de mi imaginación, de todos los días que llevaba allí encerrada, sin más contacto con el exterior que los cinco minutos que Nacho pasaba por allí.

Escuché el estruendo de la puerta al caer al suelo, pero no podía abrir los ojos. Me costaba hasta respirar.

—Alexia, mi vida, abre los ojos. Aguanta, que ya están aquí los sanitarios.

—David… ¿Eres tú?

No sé si logré hablar o si solo lo pensé. Lo que sí tuve claro fue que allí había varias personas que, sin mediar palabra, o al menos yo no las escuché, me cogieron en brazos y me pasaron a otro lado.

Lo que oía era un murmullo, hasta que caí en un profundo sueño que terminó de aislarme del mundo exterior.

No pude evitar pensar que me había muerto, que había llegado el momento de partir, y recordé a mis padres, a mi niña y, por supuesto, a David, al que le deseaba toda la suerte del mundo en su relación con Davinia.

Casi sin darme cuenta, una mañana empecé a abrir los ojos y vi que estaba en el hospital, en nuestro hospital, y que tenía a David sujetándome la mano.

—¿Qué ha pasado? ¿Me he muerto?

—Alexia, mi vida, menos mal que has despertado.

David se abrazó a mí, llorando y dándome besos como si estuviera viendo una aparición, un milagro.

—¿Quién se dio cuenta de dónde estaba? Y, lo más importante, ¿qué ha sucedido con Nacho?

—No, Alexia. Lo más importante es que estás aquí, con nosotros y viva.

—No me has respondido a mi pregunta.

—Pues, si te encontramos, fue todo gracias a Sofía.

—¿Sofía? ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? Además, me has dicho, mi vida y mi amor. ¿Por qué lo haces si tú estás con Davinia?

—Alexia, tendremos todo el tiempo del mundo para hablar de eso. Ahora será mejor que no te esfuerces, que descanses. Voy a avisar al doctor.

David salió de la habitación, una que reconocí de inmediato. Era una UCI en planta, que se utilizaba, bien cuando el paciente estaba en sus últimos momentos, para que estuviera acompañado, o cuando era algún empleado.

Esperaba que fuera esa segunda opción, porque, si después de todo lo que había luchado para seguir viva, me iba a morir, era una putada, y de las grandes.

—Vamos a ver cómo se encuentra la señorita Romero —dijo el médico que entró con David.

—Buenos días, o tardes, porque no sé ni en la hora en la que estamos. Y me encuentro bien, algo aturdida, pero bien.

—Es lo normal, Alexia. Después de todo el cóctel de ansiolíticos y somníferos que te han metido en el cuerpo…

—¿De qué hablas, Mario?

—Estaba en la comida. Su secuestrador se había dedicado a administrar todo tipo de fármacos con ese método. Nos ha costado mucho limpiar su organismo…

—Alexia, pensábamos que te perdíamos —me dijo David.

Ahí entendí todo. El cabrón de Nacho había cumplido con su palabra, a pesar de que yo no le había dicho que quería terminar con todo. Como era habitual en nuestra relación, él siempre decidía por los dos.

En cuanto comprobaron que todo iba bien y me pasaron a planta, los primeros que vinieron a verme fueron mis padres.

Según me contó David, había pasado cuatro meses recluida en ese sótano y otros tres en coma profundo.

Me había perdido la Navidad, los Reyes y hasta el cumpleaños de mi madre. Por suerte, el de mi hija sí que no me lo perdería, y pensaba luchar con uñas y dientes para estar completamente recuperada y hacer ese viaje que le tenía prometido.

—Alexia, mi niña… —dijo mi padre, llorando.

—Papá, mamá, gracias…

—¿Gracias por qué?

—Gracias a todos, por no rendiros y seguir buscándome, por cuidar de mi hija, por…

—Por nada, hija mía. Si a alguien tienes que decirle eso, es a David, que no paró hasta que te encontró, y a Sofía, porque, gracias a ella, estás aquí.

—Eso me lo tenéis que explicar bien, porque no me cuadra nada que se portara así, con lo que me había hecho.

Mis padres asintieron con la cabeza, dándole el consentimiento a David para que me contara todo.

Lo miré, y empezó a hablar, contándome todo lo que había sucedido aquel día, cómo Sofía entró en el hospital medio disfrazada y cómo nos salvó, no solo a mí, sino también a mi hija.

—Me gustaría verla, necesito hablar con ella.

—Sí, preciosa, pero antes tienes que hablar con la policía, falta tu declaración.

—Espero que hayan detenido a Nacho.

Vi la cara que pusieron los tres, que se miraron entre ellos, y supe que eso no había sido así.

—Se ha escapado, Alexia. Está en busca y captura, pero no lo han encerrado todavía.

—¿Eso cómo puede ser?

—Pues muy sencillo. Se lio con Davinia, y esta, en el momento en el que vio a Sofía en el hospital, lo avisó, y él supo que lo sabíamos todo.

—¿Me lo dices en serio?

—Completamente. Por eso, en la puerta de tu habitación hay escolta, y no podrá pasar nadie que no esté autorizado y que no hayamos revisado antes.

—Y… ¿Mi niña? Ella también está en peligro. Si logra llegar hasta ella, si se la lleva, no volveré a verla más.

—Por ella no te preocupes, que está en un programa de protección, al igual que Sofía y su bebé.

—¿No podré verla?

—Claro que sí. En cuanto te den el alta, te unirás al programa, hasta que Nacho sea capturado.

Os prometo que el mundo se me cayó a los pies, pues lo que más quería hacer en este mundo era abrazarla, permanecer los tres juntos, porque no quería volver a separarme de David.

Como siempre hacía, parecía que me leía el pensamiento, por lo que me miró con una sonrisa antes de hablar.

—Yo también me voy con vosotras. Si no me he ido ya ha sido porque no te quería dejar sola, no quería que pensaras, al despertar, que te había olvidado.

—David, te juro que, si aguanté tanto tiempo allí, encerrada, era porque no quería rendirme sin volver a verte a ti y a mi niña.

—Lo sé, ahora tan solo queda que te recuperes pronto para que podamos reunirnos los tres.

—¿Quién está con mi niña?

—Sofía y su bebé, además de un equipo de profesionales. No te preocupes por ella, que está perfectamente.

Dicho eso, llamaron a la puerta, y era una pareja de policías de paisano, que venían a tomarme declaración.

No quería quedarme sola relatando lo ocurrido, por lo que les pedí a mis padres y a David que se quedaran conmigo. Así, tampoco tendría que revivirlo después, porque ellos escucharían la historia al mismo tiempo que los policías.

Les expliqué que había ido a casa de Nacho para hablar con él y que, después de tomarme aquel café, empecé a marearme hasta perder el sentido.

A partir de ahí, les fui relatando todas las conversaciones que tuvimos cuando venía a traerme la comida, y cómo me dijo, claramente, que lo único que quería era que yo muriera.

—Está bien, señorita Romero, en cuanto tengamos novedades, se las haremos llegar a través de su abogado.

—Gracias. ¿Cuándo podría reunirme con mi hija?

—En el mismo momento en el que tenga el alta médica. Su novio ha quedado en avisarnos.

Lo miré, y me dijo que no con la cabeza, porque sabía lo que iba a hacer.

—Dile a Mario que venga, quiero irme, pediré el alta voluntaria.

—¿Estás loca? No lo vas a hacer, así tenga que amarrarte a la cama.

—Lo único que quiero es abrazar a mi hija, decirle que jamás me marché voluntariamente y que no me pienso separar de ella en lo que me resta de vida.

—Y a mí me parece perfecto, pero cuando estés en condiciones.

—Hija, ¿de qué te sirve irte ahora, sin fuerzas, y tener que volver después porque tengas una recaída? —me preguntó mi padre.

—Está bien, una semana, ni un solo día más. Que me pongan lo que tengan que ponerme, que me hagan todo lo que sea necesario para que, dentro de una semana, pueda reunirme con mi hija.

—Iré a hablar con el médico.