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Capítulo 21

David

—Tienes que cambiarte la ropa con Sofía y dejar que salga ella con Alberto, mientras tú te quedas aquí, conmigo, hasta que ella llegue a casa de su hermana.

—¿Sabe Nacho dónde vive tu hermana?

—Ni siquiera sabe de su existencia. Hace más de diez años que no nos hablamos, pero hoy no he encontrado a nadie mejor con quien dejar a los niños.

—¿Se ha quedado con ellos sin hacerte preguntas? —preguntó Alberto.

—Sí, nada más verme. En cuanto se dio cuenta del estado en el que iba, no dudó en darme un abrazo. Sé que tengo mucho que contarle, pero lo haré cuando estemos todos a salvo.

—Está bien, vamos a cambiarnos de ropa. Alberto, quédate allí hasta que yo me reúna contigo —le dijo Valeria.

Se metieron detrás del biombo de la consulta, donde intercambiaron sus prendas de vestir.

En el momento en el que lo hicieron y estuvieron listas, salieron de allí. No veía a Valeria demasiado convencida, pero lo haría. Estaba seguro de que lo haría por el bien de su hermana y de su sobrina.

—Vamos, Sofía…

—No, cuando te dirijas a ella la tienes que llamar Valeria. Ponte las gafas de sol de mi cuñada y sal con la cabeza agachada, por favor.

—No tiene que verte nadie, tienes que pasar desapercibida —puntualizó Alberto.

—Por favor, actuad como habéis entrado. Si Davinia ha visto a Sofía llegar, no habrá tardado en avisar a Nacho y, por consiguiente, estará a punto de venir.

Dejamos que salieran del hospital, mientras Valeria se quedó sentada en mi despacho, con la capucha y las gafas de Sofía puestas, tal y como había llegado la otra.

No me equivoqué. Ni diez minutos después, entraba Nacho en mi despacho como un elefante en una cacharrería.

—¿Qué estás haciendo aquí, pedazo de zorra? —le dijo, zarandeándola.

Le hice un gesto a mi cuñada para que levantara la cabeza, para que se girara, y Nacho se quedó de piedra en cuanto se dio cuenta de que no era Sofía, sino la hermana de Alexia.

—Veo que sigues teniendo la misma manera de tratar a tus parejas, cuñado.

—¿Dónde está Sofía? Esa perra me la va a pagar todas juntas, lo prometo.

—Ni lo sé ni me importa. Todo lo que tenga que ver con la persona que le ha hecho daño a mi hermana, para mí está de más, como tú —respondió Valeria.

—Esta ropa es suya, la reconocería a leguas.

—Esta ropa nos la compramos las tres iguales, cuando todavía era amiga de mi hermana, para una fiesta de disfraces en la que las tres íbamos de Alvin y las ardillas.

No sabía si era cierto o no, pero lo estaba diciendo con un convencimiento que lo hizo dudar, y eso me gustaba, porque, por primera vez en mi vida, no tenía delante al Nacho seguro que todos conocíamos.

—¿Y qué haces tú aquí? ¿Dónde está tu novio?

—Pues mira, no te tengo que dar explicaciones, pero lo haré para que te vayas por donde has venido y lo hagas de una puta vez.

Valeria le contó el rollo de que le habían detectado un tumor y que, como no quería que sus padres se enteraran, después de todo lo que había pasado con su hermana, había venido a mi consulta a que yo le aclarara las dudas.

—Si descubro que lo que me estás contando es mentira, si veo que me habéis tomado por gilipollas, te juro por mis muertos que lo que le ha pasado a tu hermana no será nada comparado con lo que te va a suceder a ti.

—Si vuelves a amenazar a alguien delante de mí, el que te jura que saldrás de aquí esposado soy yo.

—Tú sigue jugando a los médicos, que tienes una enfermera que es una diosa en la cama, y no es precisamente con la que te has liado, que no sabía ni follar.

—No hables así de Alexia, y mucho menos hables en pasado.

—Después de tanto tiempo, no creo que ya aparezca, y, si lo hace, que tengas claro que lo hará sin vida.

Me miró con una sonrisa de pura maldad que no me gustó nada. Así que, en cuanto salió por la puerta de mi despacho, me quité la bata, me puse mi chaquetón y salí del hospital como salen los toros del chiquero.

—David, ten mucho cuidado, por favor. ¿Por qué no me dejas en casa de la hermana de Sofía y permites que Alberto vaya contigo?

—Está bien, llámalo y dile que baje, no quiero perder más tiempo.

Vi cómo Valeria sacaba su móvil y marcaba el número de su chico, que contestó a la primera.

Le comentó lo que yo le había indicado y, cuando llegamos allí, ya nos estaba esperando.

—Tened muchísimo cuidado, por favor, y traed a mi hermana de vuelta.

—No dudes de que lo haremos. Ten el teléfono a mano, que, en cuanto la encontremos, te llamamos.

Valeria se quedó con cara de preocupación, pero con la tranquilidad de que podría abrazar a su sobrina, a la que ninguno habíamos podido ver desde que se la llevó su padre.

—¿Cómo está la niña?

—Cuidada, pero triste. Me ha preguntado por ti, por si has dejado de quererla porque no has ido a verla, y por su madre, por si había aparecido.

—Le habrás dicho la verdad, ¿no?

—Claro que sí. Le he dicho que la queremos más que nunca, pero que su padre no nos permitía acercarnos a ella.

—Seguro que se ha puesto mal. Estaba tan acostumbrada a su madre, a nosotros, que no sé cómo va a ser capaz de superarlo.

—Es una niña, es fuerte, y se recuperará bien, siempre y cuando tenga a su madre a su lado.

Llegamos a la supuesta casa y aparcamos lejos de allí, por si Nacho venía, para que no se diera cuenta de que estábamos por la zona, ya que mi coche lo conocía a leguas.

Inspeccionamos todo antes de acercarnos, puesto que no queríamos caer en ninguna trampa que hubiera puesto. Aunque, siendo sincero conmigo mismo, no creía que su inteligencia le diera para tanto.

Alberto se asomó a una pequeña ventana que había a pie de suelo y vio una habitación repleta de trastos.

—¿Crees que puede estar ahí?

—No lo sé, pero tampoco lo descarto, la verdad.

—Deberíamos entrar… ¡Mira, ahí hay algo que se mueve!

—Llama a la policía y a una ambulancia. Creo que es Alexia.

Mientras yo llamaba, Alberto buscó algo con lo que romper una ventana y poder entrar, pero nos encontramos con que los cristales estaban blindados.

—Joder, todo nos va a venir de culo.

—Tranquilo, que reventaremos la cerradura.

—¿Eres ahora MacGyver y no me he dado cuenta?

Alberto soltó una carcajada que, teniendo en cuenta lo que teníamos delante, nos vino bien para destensar un poco la situación.

—Trae el gato del coche, que esto lo vi en una película y funcionó.

—Espero poder entrar antes de que llegue la policía, porque, si tenemos que esperar a que abran ellos, la llevamos de aquí al geriátrico.

La habíamos visto bien y se movía, por lo que algo del peso que cargábamos sobre nuestros hombros se descargó.

Con el gato del coche, y situándolo en las bisagras, Alberto logró separar la puerta lo suficiente como para tumbarla de una patada.

Nos pusimos a buscar la escalera o la entrada que nos llevara hasta el sótano, pero no dábamos con ella, hasta que nos dimos cuenta de que había una losa en el suelo que sonaba a hueco.

—Es aquí. Aguanta el gato, que tiene que haber una cerradura o algo cerca y voy a buscarla.

—No busques más, es aquí, que yo también veo películas.

Me fui hasta una estantería que había en esa sala y me puse a mover todos los libros que había, hasta que, después de echar uno hacia delante, en el suelo se abrió un hueco que mostró unas escaleras.

—Me cago en la leche. Hasta para esto ha sido previsible, el cabrón.

—La casa no es suya, es de su padre, una herencia de una tía abuela, y la tienen aquí medio abandonada.

—No, la tienen aquí para estos casos, porque no creo que sea la primera vez que hacen algo así, primero el padre y luego el hijo.

Dejamos la trampilla trabada porque, si nos quedábamos encerrados ahí abajo, a ver quién era el guapo que nos iba a sacar.

—¡Alexia! Soy David, dime que estás aquí, por favor.

—¡David! —su voz salió de detrás de esa puerta, pero se notaba apagada, agotada.

—Retírate de la puerta, que la vamos a tirar —le dijo Alberto, y escuchamos cómo sus pasos se alejaban.

Su cuñado hizo lo mismo que había hecho con la puerta de arriba, pero esa nos costó mucho más trabajo tumbarla. Cuando lo conseguimos, ya estaban allí la policía y los sanitarios.