Llegaste de imprevisto Capítulo 20
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Capítulo 20

David

Más de tres meses sin tener noticias de Alexia. Parecía que se la había tragado la tierra.

La investigación estaba en punto muerto, y Nacho no mostraba signos de que tuviera nada que ver o, al menos, eso era lo que aparentaba, aunque yo no le creía.

Davinia, uno de los días, sufrió un desvanecimiento y, menos mal que estaba yo junto a ella y le dio tiempo a sujetarse a mi cuello, o hubiera terminado en el suelo.

Nuestra relación había mejorado muchísimo, pero sin pasar de tener una bonita amistad. Se puso en mi lugar en un montón de ocasiones y comprendió por lo que estábamos pasando.

Hoy le dábamos el alta a Cloe, y pensé en lo mucho que le hubiera gustado a Alexia estar presente cuando esa pequeña guerrera tocara la campana.

—Bueno, preciosa, ha llegado el momento de que te marches de aquí, y para eso tienes que seguir mis instrucciones al pie de la letra. ¿Lo harás?

—Por favor, David, si he sido la mejor paciente de todo el hospital —me contestó la muy sabihonda.

Su madre me miró con agradecimiento y, por qué no, también con dulzura, y no pudo evitar acercarse a mí y darme un abrazo.

—Gracias, David, si no llega a ser por ti…

—Si no hubiera sido yo, hubiera sido cualquier otro de mis compañeros, eso no tiene mérito, Magda, el mérito lo tiene todo ella, que es una luchadora.

—Eso también…

—Bueno, ¿me vas a decir ya lo que tengo que hacer cuando salga de aquí? Porque estoy loca porque me dé el viento en la cara —me dijo ella, de lo más impaciente.

—Claro que sí. Lo primero será hacer un muñeco de nieve en cuanto llegues a tu casa. Después, pondrás el árbol de Navidad más bonito del mundo y, por último, vas a vivir las mejores navidades de tu vida. ¿Lo harás?

—Al pie de la letra, jefe. Aunque esas indicaciones más bien se las tendrás que dar a mi madre, que seguro que me trata como si fuera de cristal.

—Pues de eso nada, Magda. Cloe tiene que recuperar el tiempo perdido, correr, saltar y atiborrarse de dulces estas fiestas, antes de volver al colegio.

—¿También podré volver al colegio?

—Claro, a ver si te vas a creer que tan solo vamos a trabajar los demás.

—Ole y ole, los caracoles. Ya estoy deseando volver y jugar con mis amigas en el recreo.

Cuando la escuché decir esa expresión, me acordé de Alexia, que fue quien se la enseñó un día en que estaba demasiado apagada, haciéndole creer que, cada vez que la dijera, se sentiría más feliz.

La acompañé al final del pasillo de oncología, donde la cogí en brazos para que tocara la campana, mientras el resto del personal le aplaudía y sus compañeros de batalla veían en ella el rayito de luz al final del túnel que necesitaban para seguir luchando.

En el momento en el que los perdí de vista, noté que había una mujer con gafas de sol y la capucha de la sudadera puesta, esperando en la puerta de mi despacho.

Al acercarme, vi que se trataba de Sofía y que intentaba pasar desapercibida. Corrí hasta ella, pensando que a Dara le había pasado algo, pero, en su rostro, me di cuenta de que no tenía nada que ver con mi niña.

—Sofía, ¿qué haces aquí?

—No digas mi nombre, por favor, y vayamos a un lugar donde nadie pueda vernos, te lo ruego.

—Entra a mi despacho, rápido, que cerraré con llave. ¿Dónde están los niños?

—Los he dejado con mi hermana, están a salvo, los dos.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Sé que no te lo vas a creer, pero yo no sabía nada de lo que Nacho pretendía hacer con Alexia. En cuanto lo he descubierto, he venido a contártelo, ya que a la policía no puedo ir.

—¿De qué estás hablando? Explícate, por favor te lo pido, o me va a dar algo.

Primero sacó un sobre con fotos en su interior, y me quedé de piedra. Las primeras que saqué eran imágenes de Davinia y mías, del día que se desvaneció, pero parecía que nos estábamos besando.

Las siguientes no eran menos preocupantes, porque en ellas se veía a Davinia con Nacho, besándose en plena calle, como si ninguno de los dos tuviera nada que esconder.

—¿Qué significa esto?

—Las primeras las hizo Nacho. Estas últimas son de un detective privado que he contratado para seguirlo, pues había cosas que no me cuadraban, y no me quería convertir en otra Alexia en sus manos.

—¿Qué es lo que has descubierto? No te dejes nada, por lo que tú más quieras.

Sofía me pidió un vaso de agua, pues tenía la boca seca y, de paso, me serví otro para mí. Le dio un sorbo y cogió una bocanada de aire, como si lo necesitara para reunir las fuerzas suficientes para poder hablar.

Empezó diciendo que había encontrado un frasco de pastillas antidepresivas, tipo somníferos, en un armario de la cocina y que había visto cómo Nacho se las echaba a determinadas comidas, que metía en táperes y se llevaba.

—Cuando le pregunté a Nacho para quién eran esas comidas, me dijo que se las llevaba una vez a la semana a un anciano que vivía a las afueras.

—¿Y tú le creíste?

—Si lo hubiera hecho, no estaría ahora aquí, hablando contigo.

—Tienes razón. Continúa.

—Le dije al detective que lo siguiera ese día en concreto, y lo llevó hasta una casa en las afueras, como me había dicho, pero no había rastro de ningún anciano.

—Joder, ¿tienes la dirección de esa casa?

—Sí, incluso mi detective estuvo mirando dentro, por si veía a alguien, pero no había nadie, la casa estaba vacía.

Sofía sacó otras fotos que le había enviado su detective, y en las que se veía la fachada de esa casa. Por detrás, aparecía la dirección.

—Tengo miedo, David. Si ha sido capaz de hacer eso con Alexia, con la que se ha llevado media vida, ¿qué no sería capaz de hacer conmigo?

—No puedes salir de aquí hasta que no termine el turno. Si Davinia te ve, no dudará en avisar a Nacho.

—¿Qué vas a hacer?

—Por lo pronto, voy a llamar a mi cuñada y a Alberto, para que vengan y consigan sacarte de aquí sin que te vea nadie.

—No tardes en ir a por ella, por favor, no quiero que le pase nada. Jamás debí traicionarla como lo hice.

—Pierde cuidado, voy a ir hoy mismo, pero antes tengo que saber de quién es esa casa, para atar todos los cabos que puedan quedar sueltos.

—Ah, otra cosa, no vayáis a la policía. No, todavía no, no hasta que la hayáis recuperado, porque, en la comisaría en la que se lleva el tema, el comisario es amigo de su padre.

Cogí mi teléfono y llamé a Alberto rápidamente, esperando que no estuviera en ningún juicio y me atendiera de inmediato.

—Dime, David. ¿Qué ocurre?

—Alberto, necesito que vengas con Valeria, ahora mismo, a la consulta, y dile a tu chica que traiga un pañuelo o algo para cubrirse la cabeza.

—¿Para qué me pides eso?

—Luego te lo explico todo, ahora no tengo tiempo. Y, por favor, que sea lo más pronto posible.

—Aviso a Valeria en su despacho y vamos para allá. En quince minutos nos tienes allí.

Esos quince minutos se me hicieron eternos. Tan solo pensaba en lo que estaría pasando mi chica en esa casa, sola, con el frío que hacía y sin saber si tenía mantas con las que cubrirse o no.

Miré el reloj y vi que ya habían pasado los quince minutos que habían dicho cuando llamaron a la puerta.

—Ponte detrás del biombo, rápido.

—Ahora mismo.

Esperé a que Sofía estuviera escondida para abrir la puerta, por si acaso era alguno de mis compañeros que venía a consultarme algo, pero no, eran Alberto y Valeria, que ya habían llegado.

—Rápido, pasad.

—¿Qué ocurre, David? Me estás asustando —dijo Valeria.

Cuando comprobé que la puerta estaba cerrada y que no había nadie en el pasillo, empecé a hablar.

—Sé dónde tiene Nacho a Alexia, pero, antes de ir a por ella, necesito que me ayudéis.

—¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho? ¿Tienes pruebas? —me bombardeó Valeria.

—Ha sido Sofía la que lo ha descubierto, y ahora está en peligro.

—¿Vas a confiar en ella después de lo que hizo?

—Valeria, te juro por la vida de mi hijo que yo no sabía nada. En cuanto he sospechado, no he dudado en contratar un detective.

—No tenemos tiempo, Val, haz lo que David te diga. Luego podremos hablar tranquilos, cuando Alexia ya esté en casa —le pidió su chico.

—Está bien, ¿qué tengo que hacer?