Capítulo 19
No sabía el tiempo que llevaba allí, encerrada, pero empezaba a perder cualquier tipo de esperanza de que me sacaran de ese sitio.
Lloraba hasta quedarme sin lágrimas, y me arrepentí de no haberle dicho a David que me acompañara o, al menos, de no haberle contado mis planes, para que así pudieran ir a buscarme de manera inmediata.
Cada cierto tiempo venía Nacho, me dejaba una bolsa con varios táperes de comida y se volvía a marchar.
No había encontrado nada que me sirviera para poder escapar. Estaba claro que, antes de meterme en aquel lugar, se habían asegurado de mirar todo a conciencia para que no pudiera salir de allí.
—Uy, anoche quedamos con David para cenar, y tiene una novia espectacular. Davinia, creo que se llama, y es un pibón. El cabrón siempre tuvo suerte, y se quedó con las mejores.
—David jamás iría a cenar contigo.
—Mira, pero no niegas lo de esa mujer. Creo que dijo que era enfermera en su mismo hospital.
—¡Eso es mentira! David me estará buscando, por cielo y tierra. Y me va a encontrar, te lo aseguro.
—¿Todavía no te has acostumbrado a que los hombres somos todos iguales? Ya has tenido tiempo de hacerlo, pensé que ya los cuernos no te dolían. Siempre se ha dicho que solo duelen la primera vez, como los dientes al salir.
—Vete al carajo, Nacho. Me podrás tener aquí, retenida, pero no me vas a minar la moral, no te lo voy a permitir.
—Bueno, quizás con David no, pero, cuando te enteres de que a la niña la tengo yo, lo mismo te lo piensas.
—No, jamás dejarían que te la llevaras. Mis padres lucharían con uñas y dientes para que eso no sucediera.
—Lo mismo, si te enseño una foto de Sofía y el bebé con ella, te lo crees.
Cuando sacó el teléfono de su bolsillo y lo giró, enseñándome esa foto, en la que se veía a mi niña, con un bebé en sus brazos, y Sofía, a la que consideraba mi amiga, sentada al lado, el mundo se me vino encima.
—¿Qué quieres de mí, Nacho? No te entiendo, de verdad que no.
—Antes quería que volvieras conmigo, pero, después de saber que te has acostado con mi mejor amigo, ya no te quiero a mi lado.
—Déjame salir, por favor, ya no sé ni el tiempo que llevo aquí, encerrada.
—Pues, exactamente, tres meses y una semana hará mañana.
—Por favor, si no me quieres a tu lado, déjame seguir con mi vida.
—Eso no va a poder ser, porque no serás para mí, pero tampoco para él. A partir de ahora, verás a tu hija crecer por foto y, cuando ya no puedas más, tú misma me pedirás que te dé las pastillas para acabar con tu vida.
Cuando me dijo eso, casi me quedé sin respiración. No tenía previsto liberarme, ni matarme; quería que fuese yo misma la que acabara con mi vida.
—Te dejo que te lo pienses, nos vemos la semana que viene, y ya me dices si has tomado una decisión.
Salió riendo, como si mi vida fuera una comedia para él, como si no tuviera ni valor ni sentido.
Lloré como nunca lo había hecho, y eso que, desde que apareció en mi vida, no habían sido pocas las veces en las que había dejado salir mi dolor y mi rabia a través de las lágrimas.
Tan solo me quedaba la esperanza de que Sofía cuidara de Dara. Ella había sido la primera persona que la cogió cuando nació, la que la protegía de su padre y le daba lo que yo no podía darle en mi casa.
Esperaba que estuviera ejerciendo de madre con ella, que lo que había pasado entre nosotras no interfiriera en el cuidado de mi hija y que la siguiera protegiendo como antes.
Ahora que era madre, sabía más que nunca lo que podía doler un hijo.
Caí en esa especie de cama en la que llevaba durmiendo todo este tiempo y cerré los ojos.
Estaba cerca la Navidad, y me había perdido muchas cosas, y muchas más que me iba a perder si no lograba salir de allí.
No voy a decir que no me dolió que me dijera que David estaba con Davinia. Al fin y al cabo, yo había desaparecido del mapa sin dar ninguna explicación, y podía pensar que me había ido voluntariamente.
No fueron pocas las veces que verbalicé, en voz alta, que, si pudiera, me quitaría de en medio y me iría donde nadie me encontrara.
¿Y si eso era lo que todo el mundo había pensado? ¿Y si habían dejado de buscarme?
No, mis padres jamás pensarían que yo me había largado dejando atrás a mi hija. Ellos no podían creerse semejante patraña.
Me dolía que David pudiera pensar que sí lo había hecho, él que me había visto llorar y reír a su lado y al de mi niña, pero, si lo había hecho, tampoco podía culparlo de nada.
Los días fueron pasando, lenta y tortuosamente, y llegó el momento en el que Nacho volvió a abrir esa puerta.
Os prometo que, cada vez que escuchaba girar la llave, me entraban ganas de darle con lo primero que encontrara en la cabeza, pero luego pensaba que no me serviría de nada con ese grillete.
Es más, si hacía eso y nadie más sabía que me tenía allí, lo único que conseguiría sería morirme de hambre.
—Hola, mi amor, ya está aquí tu maridito.
—Ahórrate el sarcasmo. Deja la comida y lárgate.
—Uy, veo que hoy estás de mal humor. Lo mismo, si te entrego unas fotos de la niña, te pones más contenta.
Me dio un sobre y, al abrirlo, lo primero que me encontré fue una foto de David abrazado a Davinia y otra cogiéndola de la cintura.
—Perdón, esas no son.
Sacó otro sobre que me entregó en la mano, y en su interior sí que estaban varias fotos de mi hija, jugando en el jardín con la nieve, mientras Sofía estaba a su lado, con un carrito de bebé.
—Como puedes ver, ella está feliz, no se acuerda de ti para nada.
—¿Por qué has hecho de hacerme daño tu afición, Nacho?
—Porque me lo paso mejor viéndote sufrir que cuando gana mi equipo de fútbol favorito.
—Lárgate ya, y no vuelvas a dirigirme la palabra.
—Eso tampoco será posible, porque, si no te hablo, no sé cuándo tengo que entregarte el tubo de pastillas que tengo preparado.
Con esa sonrisa cínica, salió de allí y cerró la puerta detrás de él, volviendo a echar la llave y dejándome sumida en la más absoluta derrota.
Lo había perdido todo. A mi hija, que se veía feliz; a mi chico, que ya me había sustituido por otra, y hasta mi libertad.
No tenía nada, y empezaba a plantearme lo que Nacho me había comentado de las pastillas.
Si yo desaparecía del todo, los que estaban a mi alrededor podrían seguir con su vida, sin mí, sin tener ese lastre que los ataba a mí.
Por quien más lo sentía era por mis padres, que no pensaba que pudieran superar que me quitara la vida, pero tampoco estarían pasándolo bien sin saber mi paradero.
Con esos pensamientos, me metí en la ducha. Nacho se llevaba mi ropa para lavarla, y me la traía limpia a la semana siguiente.
Me duché y dejé que el agua se llevara mis últimas lágrimas, porque ya había tomado una decisión.
En cuanto Nacho volviera a la semana siguiente, le diría que me trajera las pastillas. Estaba decidida a terminar con todo de una puta vez.
Ni siquiera comí. No me entraba nada. Todavía quedaban táperes de la semana anterior, porque, por más días que pasaban, sentía el estómago más cerrado.
Había perdido mucho peso y la ropa me quedaba grande, pero me daba igual, pues nadie me iba a ver.
Volví a recostarme en ese camastro y dejé que el sueño se apoderara de mí, como hacía siempre, pues me pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, soñando con lo que pudo haber sido y no sería nunca.
Había encontrado una especie de juego de mesa y algunos libros en esa habitación, y con eso pasaba las horas en las que me mantenía despierta, hasta que lo vi.
Allí, al fondo de uno de los cajones, había un viejo teléfono móvil. No tenía tarjeta, y la batería estaba agotada, pero, si encontraba el cargador, podría hacer una llamada de emergencia.
De pronto, todo aquello que tenía tan claro lo veía demasiado lejano. No sé si era por el rayito de esperanza que se había colado por mi mente o porque, realmente, me daba miedo hacerlo, pero encontré otro objetivo en mi vida.
Me dije que miraría caja por caja, rincón por rincón, hasta que diera con él, hasta que pudiera poner a cargar ese teléfono. Mientras no lo encontraba, lo escondí debajo del colchón.