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Capítulo 18

David

Había pasado ya más de una semana sin que tuviéramos noticias de Alexia, y empezábamos a desesperarnos.

¿Dónde la tenía metida? ¿Qué pretendía hacer con ella? ¿Qué pasaría ahora con la niña?

Todas esas preguntas se agolpaban en nuestras cabezas, sin encontrar una respuesta a ninguna de ellas.

En el trabajo, en cuanto se enteraron de lo ocurrido, me dieron unos días libres, pero ya se me habían terminado, y tenía que volver a mi puesto dentro de pocas horas.

—David, ¿cuándo va a volver mi madre?

—No lo sé, cariño. Parece que tiene mucho trabajo y tardará unos días más.

—Es que… yo la echo de menos.

—Todos la echamos de menos. Cuando vuelva, le vamos a hacer una fiesta sorpresa. ¿Qué te parece?

—¿Con globos y piñata?

—Con lo que tú quieras, mi vida.

Se fue a buscar un papel y un bolígrafo para hacer una lista de las cosas que tenía que haber en la fiesta.

Al fin y al cabo, no dejaba de ser una niña de ocho años que se emocionaba con cualquier cosa que supusiera salir de su rutina.

—Tengo que marcharme. Ante cualquier novedad, avisadme, por favor.

—No te preocupes, que lo haremos, cuñado —me dijo Valeria, guiñándome un ojo.

—¿Cómo me has llamado?

—Cuñado. ¿Crees que no nos hemos dado cuenta de cómo os miráis?

—Tu hermana no quería que lo supiera nadie, no hasta que estuviéramos seguros de que lo nuestro seguía adelante.

—No te preocupes, que te guardaremos el secreto.

Le dejé un beso en la mejilla a Valeria, y otro en la cabecita a Dara, que seguía absorta en su lista para la fiesta.

En el hospital, en cuanto me vieron aparecer, no dudaron en venir a preguntarme si Alexia había aparecido ya o si necesitaba algo.

—Doctor Montero, sé que no empezamos con el mejor pie, pero quiero que sepas que estoy aquí para todo lo que necesites —me dijo Davinia.

—Gracias, Davinia, pero no se puede hacer otra cosa más que esperar.

—Joder, ¿qué habrá pasado con ella? Es como si se la hubiera tragado la tierra —dijo Inés.

—Eso mismo es lo que pretendemos averiguar, chicas.

—David, en cuanto sepáis algo, por favor, hacédnoslo saber, que estamos preocupadas —pidió Nuria.

—Pierde cuidado, que así lo haremos, aunque no me toque de turno.

Me centré en el trabajo, en revisar a Cloe, que ya la habían subido a planta y que hoy recibiría su primera sesión de radioterapia.

—Pero si está aquí el médico más guapo de toda la planta. ¿Dónde te has metido que llevas toda la semana sin aparecer por aquí? —me dijo la abuela de la niña, que era la que estaba hoy acompañándola.

—He estado unos días fuera, por motivos personales.

—¿Todo bien? Porque tienes el rostro preocupado. Sé que no soy nadie, pero, si necesitas algo, tan solo tienes que decírmelo.

—Muchas gracias, señora Adela, pero, de momento, nadie puede hacer nada, tan solo la policía.

En cuanto revisé a Cloe, que se encontraba dibujando y coloreando en un cuaderno, salí de la habitación y volví a mi despacho, desde donde llamé a Alberto.

—Seguimos igual, David. Están analizando todo lo que han encontrado, empezando por el coche y terminando por el reloj.

—Le tuvo que dar algo cuando estuvo en su casa, lo tengo claro.

—Y yo, pero no podemos demostrarlo.

—¿Has hablado ya con la policía hoy?

—No, iré dentro de un rato a comisaría, prefiero ir hasta allí a llamarlos por teléfono.

—En cuanto sepas algo, me avisas; tendré el móvil en la mano, esperando la llamada.

Seguí con mi turno de trabajo hasta que llegó la hora de salir. Gracias a eso, a que me concentré en los expedientes médicos que tenía delante y que tenía que revisar, pude quitarme un rato de la cabeza todo lo que estaba pasando con Alexia.

Tomé la determinación de apartarme de Nacho, y os explico a qué me refiero. Los primeros días me aposté delante de su casa y lo seguía a todas partes, pero, mientras él seguía haciendo su vida normal, a mí me estaba consumiendo la incertidumbre.

Como cada tarde, salí del trabajo y me fui a casa de los padres de Alexia, donde cada día nos reuníamos todos, a esperar las novedades que nos traía Alberto de la comisaría.

—Todo sigue igual, no encuentran nada que incrimine a Nacho —nos dijo Alberto.

—Joder, ha sido él y tiene que haber algo —dijo Juan, desesperado.

—¿Qué pasa con el reloj que apareció en su chimenea? —pregunté.

—Eso es algo circunstancial. Está claro que Alexia estuvo allí esa tarde, y se le pudo haber caído dentro de la chimenea, en cualquier movimiento, y no haberse dado cuenta.

—De verdad que esto es algo inverosímil…

Estábamos hablando de eso cuando llamaron a la puerta. Cada vez que lo hacían, era como si vinieran a darnos la noticia de que la habían encontrado, y eso nos sobresaltaba a todos, sin excepción.

Fue Rosa la que abrió la puerta y se encontró con Nacho, que venía acompañado de Sofía, en avanzado estado de gestación, su abogado y una pareja de policías.

—¿Qué estás haciendo aquí, desgraciado? ¡Dime dónde tienes a mi hija! —le gritó.

—Señora, modere sus palabras y su tono. El señor De la Vega no tiene nada que ver con la desaparición de su hija, y venimos con una orden judicial para llevarnos a la niña —dijo su abogado, mostrando un documento.

Si no llegamos a estar detrás de ella, hubiera caído al suelo, pues, cuando escuchó eso, perdió la estabilidad y casi el conocimiento.

—¿Se puede saber de qué está hablando? —preguntó Alberto, que fue el que se quedó allí mientras los demás sentábamos a su suegra.

—Muy sencillo, la madre ha desaparecido, por lo que, mientras no vuelva a aparecer, y como no se sabe el tiempo que va a transcurrir hasta que suceda eso, lo más normal es que la niña permanezca con su padre.

—Padrino… ¿Mi madre no está trabajando? ¿Qué dice este señor de que ha desaparecido? —me preguntó la niña.

No me dio tiempo a responder cuando Sofía, a la que nadie le había dado vela en este entierro, le contestó a la niña.

—Sí, Dara, te han mentido. Tu mamá no está, nadie sabe dónde se ha metido y, mientras no vuelva, te vienes con tu padre y conmigo.

—¡Yo no quiero, me quiero quedar con mis abuelos y con mi padrino! —gritó la niña.

—Recoge tus cosas, por las buenas o por las malas, porque no tengo ningún inconveniente en cogerte en brazos y que te vayas sin nada. Total, en casa ya tienes todo lo que vas a necesitar —le dijo su padre.

Vimos cómo la niña se encogía de miedo al saber que la iban a sacar de su entorno seguro, y no estaba dispuesto a permitirlo.

—Señor agente. ¿Sabe que el señor De la Vega está siendo investigado por la desaparición de su mujer?

—Bien hecho, David, porque sigue siendo mi mujer, no la tuya —contestó Nacho.

—Señor…

—Montero, David Montero.

—Señor Montero, esta línea de investigación ya está cerrada y se está barajando la desaparición voluntaria, así que no puede utilizar ese argumento para intentar anular la decisión de un juez.

—¡Ella jamás se iría dejándonos a nosotros atrás! ¡Eso es imposible! —dijo su padre.

No sabía qué pensar, ni qué decir. Hasta me faltaba el aire, por lo que decidí que me iba a sentar antes de terminar en el suelo, porque mis piernas no me sostenían.

—Joder, si la dejamos ir, le estaremos fallando a mi hermana, pero, si no lo hacemos, nos enfrentaremos a la cárcel, pues es una sentencia judicial lo que tenemos delante, no una propuesta por su parte —dijo Valeria, que estaba tan desesperada como todos los demás.

Si Rosa se levantaba cada mañana, si encontraba las fuerzas para hacerlo, era precisamente por la niña. Ella era la que le daba todos los motivos para seguir adelante.

—Dara, no te lo voy a repetir más, recoge tus cosas, que te vienes con nosotros —le dijo Nacho, sin ningún ápice de cariño.

—¿¡Quieres hacer el favor de hablarle con dulzura!? —le grité.

—Baja el volumen, David, que ni eres su padre ni vas a serlo nunca.

—¿Es que no te das cuenta de que se acaba de enterar de que su madre ha desaparecido?

—Eso no es problema mío. Si hubiera estado conmigo, lo sabría desde el minuto uno.

—Eres un insensible, egoísta, y te juro por mi vida que, hasta que no demuestre que eres el culpable de la desaparición de Alexia, no voy a parar.

—Pues nada, hijo, sigue jugando a los detectives en tu tiempo libre. Yo tengo mil cosas mejores que hacer, como llevar a «mi hija» a casa.

Que recalcara esas dos palabras me dolió como si me hubieran clavado un puñal en el corazón, porque sabía que la niña le importaba un carajo y que lo hacía, únicamente, para hacernos todo el daño posible.

Cogí a la niña de la mano y, entre su tía y yo, la ayudamos a recoger todo lo que se quería llevar.

—No me pienso llevar todo, porque no me voy a quedar allí con él, yo quiero estar aquí —dijo la niña, llorando.

—Cariño, te prometo que vamos a encontrar a tu madre y, cuando lo hagamos, vamos a ir a por ti. Ahora tienes que portarte bien, como la muchachita que eres, y no hacer enojar a tu padre, por favor —le dijo Valeria.

—Padrino, ¿a ti tampoco podré verte?

—No lo sé, mi vida. Pero no voy a parar hasta que te traiga de vuelta.

Me partía el alma decirle eso, pero es que no podía mentirle y que luego me acusara de ello.

Dara nos dio un abrazo a cada uno antes de marcharse, pero el que le dio a su abuela nos partió el alma a todos.

—Tan sensiblera como su madre, como no podía ser de otra forma. Menos mal que ya se viene conmigo y la voy a convertir en la mujer fuerte que debe ser, como su padre.

—No confundas la fortaleza con la maldad, Nacho, porque tú no eres fuerte, eres malvado. Un hombre fuerte sostiene a su familia, no la destruye desde dentro con humillaciones y descalificaciones —le dijo Juan, con un nudo en la garganta.

Vimos marchar a la niña entre llantos y desesperación, por nuestra parte y por la suya.

Tan solo teníamos un consuelo: que Sofía, que la conocía desde que nació y que era su madrina, tuviera los redaños necesarios para mantener a ese malnacido a raya con la niña.

—Seguro que Sofía la cuida bien, mamá. Ella fue la que estuvo ahí cuando nació, que no se te olvide —le dijo Valeria a su madre.

—Sí, y también fue la que se metió en la cama de tu cuñado, la que se ha quedado con su vida, como si tu hermana hubiera estado allí de paso —contestó Rosa.

Tenía toda la razón del mundo. Era como si Sofía hubiera estado esperando el momento adecuado para suplantar a Alexia. Mientras llegaba, se dedicó a envenenarla en contra de Nacho.

Que no es que él fuera santo de mi devoción, pero, lejos de ayudarla a salir de ahí o de sostenerla cuando caía, lo que hacía era ponerle el pie encima, en forma de comentarios, para hundirla más.

Permanecimos todos en silencio, allí sentados, sin movernos, incapaces de asimilar lo que había pasado hacía apenas unos minutos.

No sé si fue un rato o una eternidad, pero, cuando pudimos reaccionar, fuera ya era noche cerrada.

—Voy a ir a hablar con el agente que lleva el caso. No puede ser que se haya eliminado a Nacho como sospechoso, con todo lo que tenemos en su contra.