Capítulo 17
David
A media tarde llamé a Alexia para ver cómo se encontraba, y me extrañó que no me contestara la llamada.
Sabía que me había dicho que tenía muchas cosas que hacer y que de la niña se ocuparía su padre, pero nunca me había hecho esto.
Aunque fuera para decirme «no puedo atenderte», siempre me contestaba, o me enviaba un mensaje, pero ni una cosa ni la otra.
No me lo pensé. Algo me decía que no estaba bien y, por eso, llamé a su padre, a ver si él había hablado con su hija.
—Juan, ¿sabes algo de Alexia? La llamo y no me contesta.
—Seguramente no se entera con el ruido, me dijo que iba a ir al centro comercial a comprar varias cosas.
—Será eso. ¿Te puedo pedir un favor?
—Claro, dime.
—Si va por ahí o se pone en contacto contigo, dile que me llame, por favor, estoy un poquito preocupado.
—Pierde cuidado que se lo diré, pero seguro que es eso y, en cuanto coja el móvil para algo, se dará cuenta y te devolverá la llamada.
—Eso espero. Un saludo.
—Un abrazo, David.
Sus padres no sabían nada de todo lo que había pasado últimamente, puesto que decidimos no contarles nada. No queríamos preocuparlos más de lo que ya lo estaban.
Era por eso por lo que Juan no entendía mi preocupación, pero no sería yo quien le dijera nada. Prefería mil veces pasarlo mal yo antes de que lo hicieran ellos, sobre todo su padre, que estaba enfermo del corazón.
Fueron pasando las horas y nada. Por mucho que lo intentaba, no conseguía que Alexia me contestara al teléfono, hasta que llegó un momento en el que salía como apagado o fuera de cobertura.
Ahí fue cuando tuve la certeza de que algo le había sucedido, por dos razones. La primera, porque ella jamás dejaba que el teléfono se quedara sin batería, por el miedo de que le pudiera pasar algo a la niña.
La segunda, porque, si no tenía batería en el teléfono, llevaba el reloj con una eSIM , que siempre sonaba, aunque el móvil estuviera apagado.
Esperé a que terminara mi turno. Nunca una hora se me había pasado tan lenta. Cuando faltaban cinco minutos para salir, Davinia llamó a la puerta de mi despacho.
—No tengo tiempo para tonterías, así que di lo que sea y déjame que me marche.
—Cloe, la paciente de la treinta y cuatro, está teniendo una crisis.
Salí corriendo pasillo adelante y me la encontré convulsionando, mientras su madre lloraba lo más grande.
No había margen para nada. Teníamos que intervenir en ese mismo momento, o no lograríamos salvarle la vida.
Me moría por salir de ese hospital e ir a buscar a Alexia, pero tendría que esperar, porque la vida de esa niña estaba en mis manos.
No sabíamos cuánto duraría la operación. Lo que sí era evidente es que, sin ella, dejaría de respirar en poco tiempo, pues el tumor le estaba afectando a la parte del cerebro que se encargaba de dar las órdenes a los órganos vitales.
—¡Avisad a neurología, necesito a un compañero en el quirófano ya!
—Ahora mismo, doctor Montero.
Lo primero que hice fue entubarla y asegurarme de que no dejaba de respirar antes de bajarla al quirófano.
En esa misma camilla, y sin ayuda de ningún celador, puesto que el tiempo lo teníamos contado, la subí al ascensor de pacientes, ese que nos llevaba directamente a la zona quirúrgica.
Allí ya nos estaban esperando el neurólogo de guardia, un anestesista y el equipo de quirófano.
Tenía que apartar a Alexia de mi cabeza, aun sabiendo que a ella le hubiera encantado estar ahí, sujetando la manita de Cloe, que estaba casi inerte encima de la mesa de operaciones.
—Id preparándola mientras me lavo las manos y me pongo la bata.
—Enseguida, doctor Montero.
Normalmente, cuando se hacía una operación de este tipo, procurábamos que el paciente estuviera consciente y hablando, para saber si tocábamos lo que no debíamos, pero no era este caso.
Entré en el quirófano con la concentración que el trabajo requería, y esperaba que fuera la suficiente como para que Cloe saliera bien parada.
De todas formas, tenía a mi lado a uno de los mejores neurólogos, y la intervención la llevaríamos a cabo entre los dos. No era cosa de uno solo.
—Listo, doctor Montero —me dijo el neurólogo.
—Pues vamos allá y crucemos los dedos para que esto sea suficiente.
Nos llevó un buen rato encontrar el lugar exacto por el que empezar, sin dañar nada de lo que teníamos alrededor.
Cinco horas nos llevó terminar la operación. Cinco horas que fueron agónicas, pues pensamos que la perdíamos en más de una ocasión, pero no fue así.
Como se suele decir, esa niña tenía un ángel de la guarda, porque la operación tuvo muchísimas complicaciones, además de lo complicada que era ya de por sí.
—Enhorabuena, doctor Montero, todo ha salido a la perfección.
—Igualmente, compañeros, porque esto no ha sido cosa de una sola persona, sino del equipo entero. Ahora, si me disculpáis, voy a darle el informe a la familia.
Me quité la mascarilla y la bata, me lavé las manos después de quitarme los guantes y me dirigí a la sala donde se encontraban los padres y abuelos de Cloe, expectantes y desesperados.
—Doctor Montero, dígame que mi niña está bien, por favor —me dijo su abuela.
—Lo estará. De momento, solo puedo decir que la operación ha sido un éxito, a pesar de las trabas que nos hemos encontrado por el camino.
—¿Se acabaron las sesiones de quimio? —preguntó su madre, que era la que lo estaba sufriendo con ella, a su lado, a diario.
—Las de quimio, sí, pero todavía le quedarán unas cinco sesiones de radioterapia, aunque no será lo mismo, porque esas no tienen los mismos efectos secundarios.
—¿Con eso se terminará todo? —esta vez fue su padre el que habló.
—Si todo va bien, sí. Es más, se la vamos a poner para asegurarnos, pero ya el cáncer está extirpado y, por suerte, no tenía metástasis.
—Gracias, doctor, no sé cómo se lo vamos a pagar —dijo el abuelo, llorando y abrazado a mí.
—A mí no me tienen que pagar nada, es mi trabajo y, para mí, volver a verla reír y correr es el mejor regalo que podrían darme.
Me despedí de ellos y bajé al vestuario. Cuando cogí el móvil, tenía seis llamadas perdidas de Juan y otras tantas de Alberto.
Miré el reloj y eran casi las cuatro de la mañana, así que no sabía si llamar o no. No me dio tiempo a pensarlo, porque mi teléfono volvió a sonar.
—Juan, perdona por no atenderte, pero he tenido una operación de urgencia y, hasta ahora, no he salido del quirófano.
—David, dime que has podido hablar con mi hija, por lo que tú más quieras.
—No, la última vez que lo intenté, me salía que el móvil no estaba disponible. ¿Todavía no ha vuelto?
—Ni ha vuelto ni sabemos nada de ella.
—Voy para allá.
Os prometo que todo el sueño y el cansancio que llevaba encima se me fueron de golpe, desaparecieron de un solo plumazo.
No os puedo decir cómo llegué hasta allí, porque ni siquiera recordaba cómo me había montado en el coche. La preocupación lo había borrado todo.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba en la puerta de la casa de los padres de Alexia, llamando con los nudillos para no despertar a Dara, a la que, me apostaría las manos, habían dejado al margen de todo.
—Alberto ha ido a la policía y, aunque en teoría tendríamos que esperar cuarenta y ocho horas, como estaban las amenazas, se han puesto a investigar —me dijo Valeria, que fue la que me abrió la puerta.
—¿Tus padres saben ya de…?
—No, todavía no les hemos dicho nada. Mucho menos se lo vamos a contar ahora, con lo que ha pasado.
—Vale, era para no meter la pata.
—¡David! —exclamó Rosa, su madre, entre lágrimas.
—Rosa, tranquila, que seguro que está bien y todo esto se quedará en un susto.
—Ha sido él, ha tenido que ser Nacho el que se la ha llevado en contra de su voluntad.
—Eso mismo he pensado yo, y voy a esperar a que amanezca para ir a su casa. Hablaré con él.
—No servirá de nada, eso lo tengo claro —dijo Juan, visiblemente afectado.
—Tengamos esperanza. Lo que sí tenemos que hacer es ponernos de acuerdo en lo que le vamos a contar a Dara mientras Alexia no vuelve.
—Yo he pensado en decirle que su madre ha tenido que irse de viaje por el trabajo y que tardará unos días en volver —dijo Valeria.
—Sí, esa es buena idea.
—La niña no es tonta y se dará cuenta de que su madre no la llama —advirtió Alberto.
—Mi hermana y yo tenemos una voz muy parecida por teléfono. Yo la llamaré por la noche, antes de que se vaya a dormir —respondió Valeria.
No sabía si eso iba a colar, pero siempre podría achacarle el cambio de tono o de voz al cansancio del trabajo durante todo el día.
En cuanto dieron las siete de la mañana, no me lo pensé y me levanté para ir a casa de Nacho.
—Yo te acompaño, David —me dijo Alberto.
—No, si te ve a ti, puede ponerse a la defensiva.
—No saldré del coche a menos que sea necesario, pero no queremos tener que lamentar nada más.
—Está bien, vayamos juntos.
Nada más entrar por la calle de la urbanización en la que vivía Nacho, nos dimos cuenta de que el coche de Alexia estaba allí aparcado, y empezamos a ponernos nerviosos.
—Joder, eso sí que no me lo esperaba.
—Alberto, si el coche está aquí, es que el último lugar al que vino Alexia fue este, y eso me enfada mucho, porque, si tenía pensado venir, lo menos que debería haber hecho era avisarnos.
—Si lo hubiera hecho, no se lo hubiéramos permitido.
—Exacto, y ahora estaría en su casa, con su hija y conmigo.
No me lo pensé. Me dirigí hasta la casa y empecé a llamar al timbre insistentemente y a dar porrazos en la puerta.
—Abre la puerta, cabrón, y dime dónde se encuentra Alexia.
Nacho abrió la puerta, medio dormido y todavía en pijama, pero como si estuviera esperando nuestra llegada.
—Si sigues aporreando así mi puerta, no dudaré en llamar a la policía.
—Hazlo, así podrán investigar dónde tienes a Alexia.
—Mi mujer estuvo aquí ayer por la tarde, pero, tras llegar a un acuerdo, se marchó de mi casa. No tengo ni idea de dónde está.
—¡Mentira! Su coche está ahí fuera, aparcado, y con su bolso dentro.
—Chico, ¿a mí qué me cuentas? Seguro que está zorreando por ahí.
Me tocó la moral, como se suele decir, y le arreé tal puñetazo que cayó de culo. No le di más porque Alberto me sujetó, justo cuando bajaba Sofía, otra traidora.
—Largo de la casa, llamaré a la policía y pondremos una denuncia por agresión. Yo estoy de testigo —dijo la muy… No encuentro adjetivo con el que describirla.
—No me marcharé de aquí hasta que me digáis dónde está Alexia —dijo Alberto, muy serio, pero con toda la tranquilidad del mundo.
—¡Que no está aquí, coño! Cuando yo llegué a las seis de la tarde, tan solo estaba Nacho.
Me fijé en la chimenea y vi restos del reloj de Alexia, ese que yo le regalé por su último cumpleaños.
—Alberto, llama a la policía, su reloj está a medio quemar en la chimenea.
Vi cómo su cuñado desviaba la vista hasta donde yo le había indicado, y me devolvió la mirada completamente asombrado.
Permanecimos allí hasta que llegó la policía, momento en el que nos dijeron que teníamos que abandonar la casa.