Llegaste de imprevisto Capítulo 16
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Capítulo 16

Salí del trabajo justo cuando David entraba en el hospital, cruzándome con él. Hoy recogía a la niña mi padre, pues le dije que tenía mil cosas por hacer y que no me daría tiempo si también tenía que llevarla.

—Hola, amor. ¿Qué tal la mañana?

—Hola, mi niño. Pues ya sabes, como siempre.

—¿Qué tal está Cloe?

—Eso mismo te iba a decir, yo no la veo bien, es como si tuviera mermada su capacidad intelectual. Le cuesta mucho trabajo hasta articular palabras.

—Ya han llegado los resultados de las pruebas. No los he visto, lo haré ahora cuando suba, pero tengo la impresión de que la quimio no está haciendo su trabajo.

—Por favor, haz por ella todo lo que puedas…

—No lo dudes, aunque siempre lo hago. Tengo en mente proponerle a la familia la operación.

—Pero ¿no era muy complicada?

—Y lo es, pero también es la manera más rápida de terminar con todo.

—Ojalá digan que sí.

—Bueno, preciosa, subo ya, que llego tarde. Nos vemos cuando salga; pasaré por tu casa con unas pizzas de las que le gustan a nuestra princesa.

—La estás consintiendo demasiado, David.

—Ni más ni menos que lo que ella se merece.

Nos dimos un beso y cada uno cogió por su lado. Yo, en dirección al aparcamiento, y él, de camino a su despacho.

Me monté en mi coche y me temblaban las manos, porque a lo que tenía que enfrentarme era muy duro, y no sabía cómo íbamos a terminar.

Conduje en silencio. Ni siquiera había puesto música, que era lo primero que hacía siempre al subir, porque me ayudaba a evadirme de los problemas.

En esta ocasión, no quería hacerlo. Quería enfrentarlo cara a cara, terminar de una vez por todas con todo esto y, para eso, tenía que organizar en mi cabeza cómo le iba a entrar y lo que le iba a decir.

Aparqué en la puerta de la que, hasta hacía unos meses, había sido mi casa, y bajé. Ni siquiera cogí mi bolso, que lo había dejado en el asiento del copiloto, pues, realmente, no pensaba que lo fuera a necesitar.

Cogí una bocanada de aire y llamé a la puerta. Todavía tenía mis llaves y podría haber entrado, pero no quise forzar más la situación. Yo no vivía ahí y no tenía el derecho de hacerlo.

Me abrió la puerta él, Nacho, que se sorprendió al verme y sacó la cabeza, mirando a un lado y a otro, intentando averiguar si venía sola.

—No busques, Nacho, no he venido con nadie. Vengo a hablar contigo, tú y yo, solos.

—Vaya, eso sí que es una sorpresa. ¿Se puede saber de qué quieres hablar?

—De nosotros, de lo que está pasando, porque ya no puedo más.

—Será mejor que entres.

Volvió a sacar la cabeza, mirando de un lado a otro, y ya sí que supe que no estaba buscando a quien pudiera venir conmigo, sino que lo que miraba era si alguien me había visto entrar.

No voy a negar que eso me pusiera los vellos de punta, porque lo hizo, y un mal presentimiento se apoderó de mí, pero intenté desterrarlo de inmediato, o mi primer instinto sería salir corriendo.

—¿Te apetece tomar algo?

—Un café con leche, por favor.

—Ahora mismo te lo traigo.

Por primera vez, volví a ver al Nacho que era al principio de conocernos, atento y cariñoso, y no sabía qué me daba más miedo, porque, si se estaba comportando así, era porque algo tramaba, y no bueno. Eso también lo tenía claro.

Llegó a los diez minutos, con una bandeja en la que había un café y una cerveza, y me extrañó, porque él no solía tomarla a estas horas, pero supuse que había cambiado de hábitos.

—¿Qué quieres, Alexia?

—Que nos dejes vivir en paz, Nacho. Si no lo haces por mí, hazlo por la niña, no se merece vivir en una guerra entre sus padres.

—Eres mi mujer, Alexia, y no pienso renunciar a eso. Volverás conmigo, estoy seguro.

—¿Para qué quieres que vuelva? Entre nosotros hacía mucho tiempo que ya no había nada. Por no haber, no había ni sexo.

—Eso siempre se puede remediar, mi amor.

—No me llames así, te lo ruego. Además, ahora tienes a otra pareja, que está esperando a un hijo tuyo. Céntrate en ella.

—Ella no significa nada, ha sido tan solo un entretenimiento, y Sofía lo sabe. Me haré cargo de mi hijo y de todo lo que eso conlleva, pero nada más.

—¿Por qué dices eso si os he visto ejerciendo como una pareja?

—Porque, de cara a la galería, tenemos que hacerlo, pero nada más. Y tómate el café, que se te va a enfriar.

Le di un buen sorbo al café y lo noté un poco raro, pero pensé que era porque no le había echado suficiente azúcar y, como no tenía intención de tomarme otra taza, ni siquiera lo dije.

Estuvimos hablando. Intenté hacerle entender que me había enamorado de David, que no podía renunciar a mis sentimientos cuando entre nosotros no quedaba nada por lo que luchar.

—No voy a permitir que ese tío se quede con lo que es mío, mi familia.

—¿Qué estás diciendo, Nacho?

—Lo que estás oyendo, que haré todo lo necesario y lo que esté en mis manos para que no se quede con lo mío, tan sencillo como eso.

En ese momento empecé a sentirme mal, como mareada, y entendí que el sabor amargo del café nada tenía que ver con la falta de azúcar, sino con algo que él le había echado.

Quise levantarme, pero no encontraba fuerzas suficientes para hacerlo, mientras él me miraba con una sonrisa.

En ese instante me arrepentí de no haber cogido mi bolso, aunque seguro que no me hubiera servido de nada, a juzgar por lo que me hizo a continuación.

—Lo siento, mi vida, pero eres mía y no dejaré que te vayas con nadie más.

—Nacho… por favor… la niña.

—De la niña me ocuparé más tarde; ahora mismo, mi prioridad eres tú.

Eso fue lo último que escuché, aunque sí que noté cómo me quitaba el smartwatch de la muñeca. No sé lo que hizo con él, porque ya todo se volvía negro y mi cuerpo quedaba abandonado a su voluntad.

No sabía lo que me había administrado ni dónde estaba, pero, al abrir los ojos, me encontré en una especie de sótano, sin más ventanas que una, demasiado alta, a la que no llegaría de ninguna de las maneras.

Todavía estaba algo aturdida y no me había dado cuenta de que tenía el pie atado a una anilla que colgaba de una columna.

Mi niña. Ese fue mi primer pensamiento. ¿Qué le diría? ¿Qué haría para justificar mi ausencia?

Estaba pensando en todo ello cuando me di cuenta de que la puerta se abría y una luz se encendía.

—Bueno, ya se despertó la Bella Durmiente —me dijo Nacho.

—Déjame salir de aquí, por favor, tengo que ir a buscar a la niña a casa de mis padres…

—La niña está bien, y hasta ahí te puedo contar. Ahora levántate, date una ducha y come. Ahí tienes el baño, donde encontrarás ropa limpia, y aquí te dejo comida y agua.

—Suéltame, por favor, te prometo que no diré nada a nadie. Les diré que me entretuve con alguna amiga a la que me encontré.

—Pues te llevaría de viaje, porque llevas tres días durmiendo.

—¿Tres días? Mentira, me estás mintiendo.

—Piensa lo que quieras y adminístrate la comida y el agua, porque no sé cuánto tardaré en volver. Bueno, las botellas puedes llenarlas en el grifo.

Me di cuenta de que la cadena tenía la longitud suficiente como para permitirme moverme por toda la estancia y llegar incluso al baño.

Lo cierto es que necesitaba esa ducha, que me serviría para terminar de quitarme de encima el entumecimiento que sentía, tanto en las piernas como en la cabeza.

Necesitaba estar despejada para encontrar la forma de salir de ahí antes de que fuera demasiado tarde, tanto para mí como para los míos.

A mi mente llegó la imagen de mi padre, que lo estaría pasando fatal, y la de David, que no sabía lo que Nacho le había dicho ni si estaba justificando mi ausencia de alguna manera.

No, no podía pensar en eso, o terminaría volviéndome loca. Me fijé bien y aquello era como una especie de trastero, pues allí había desde muebles hasta ropa, pero todo perfectamente organizado.

Tenía que encontrar algo con lo que liberarme de la cadena y poder salir de allí en cuanto alguien volviera a traerme comida, aunque no sabía cuándo sería.

No me apetecía comer nada, pero tenía que hacerlo, por mi niña, por mi familia e incluso por mí misma, porque de nada me serviría trazar un plan si no podía moverme por la debilidad.