Capítulo 15
Lo que me faltaba a mí era que esta también me incordiara. Yo, que llevaba un cabreo de mil demonios y que, además, tenía una licenciatura en cuernos.
Después de ese episodio, David me preparó una tila, porque os juro que me iba a dar algo.
Justo me la estaba tomando cuando me llamaron por teléfono, desde un número desconocido y oculto, aunque de desconocido tenía bien poco, porque sabía que era alguien del entorno de Nacho, o el propio Nacho, que también podía ser posible.
—¿Vas a contestar?
—Por supuesto que sí, no le voy a mostrar miedo nunca más. Creo que ya me ha manipulado lo suficiente durante todos estos años.
—Venga, pero activa el altavoz, para que pueda escuchar lo que te dicen.
Eso hice, descolgué la llamada y activé el altavoz. Luego lo dejé encima de la mesa, para que pudiéramos escucharlo los dos.
—Niñata, muerta de hambre, si piensas que vas a tratar a mi hijo como un delincuente, lo llevas claro —dijo su padre, Ignacio, que hasta ese momento no se había pronunciado.
—No es que yo lo trate como un delincuente, es que es un delincuente, maltratador, y no me pienso echar atrás.
—¿Maltratador? ¿Cuándo te ha levantado una mano? A ver, dime…
—No hace falta que sea castigo físico para que sea maltrato.
—¿No? ¿Eso es lo que piensas? Pues agárrate los machos, porque no vas a vivir tranquila en los años que te quedan, que ojalá no sean muchos, y te mueras mañana mismo.
Cortó la llamada y, en ese instante, me vine abajo por completo. Mi cuerpo empezó a temblar de una manera que no fui capaz de controlar.
—Alexia, mi vida, tranquilízate, por favor.
—¿Cómo pretendes que me tranquilice después de escuchar esto? No puedo, David.
—Espera, que voy a llamar al doctor Juárez para que te suministre un calmante, y te vas a mi despacho hasta que yo termine la guardia, que nos iremos a tu casa.
—No quiero calmantes, quiero estar en mis cinco sentidos, porque, tras esta llamada, tengo claro que van a convertir mi vida en un infierno.
—No lo vamos a permitir, te lo juro.
—¡Maldita la hora en la que fui a esa fiesta! ¡Maldita la hora en la que lo conocí y me fijé en él! ¡Y maldita la hora en la que no le hice caso a mi hermana y me casé con él!
—Alexia, mi amor, ya no sirve de nada eso que estás diciendo. Piensa en que, de todo eso, salió lo más bonito que te ha regalado la vida, tu hija, nuestra princesa Dara.
—Eso es lo que más miedo me da, David, que la niña sea la que pague las consecuencias.
Mi chico me miró a los ojos y supo leer en ellos lo que estaba pensando, y se levantó de un salto.
—Ni se te ocurra, Alexia, no vas a volver con él, no te voy a permitir que arruines tu vida y la de la niña.
—¿Qué otra salida tengo, David? Sabes que, si lo hago, no es porque yo quiera o me apetezca, sino porque no encuentro otra solución.
—Claro que hay otra solución: luchar, demostrar todo lo que están haciendo, y yo estaré a tu lado, siempre y durante toda mi vida.
Me abracé a él y lloré en su pecho lo más grande. Por suerte, durante las siguientes horas no tuvimos ninguna urgencia, porque no me encontraba en circunstancias de atender a nadie, mucho menos a un niño.
David cogió su teléfono y llamó a Alberto, para que viniera al hospital, porque no pensaba apartarme de mi hija otro día, y teníamos que hablar con él.
—Alberto, hemos vuelto a recibir amenazas. Esta vez, ha sido Alexia quien las ha recibido.
—¿Por parte de Nacho?
—No, en esta ocasión ha sido Ignacio, su padre.
—Esto complica un poco las cosas, porque tendríamos que poner una denuncia nueva, no adjuntarlo a la que ya tenemos de Nacho.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, porque su hijo puede argumentar que él no ha tenido nada que ver, que su padre ha actuado por su cuenta y riesgo.
—¡Joder!
—Pero bueno, voy para allá y ahora hablamos.
En lo que no caímos fue en grabar la llamada, por mucho que supiéramos que esa llamada venía del entorno de Nacho.
—Tengo que ir a hablar con él. Tengo que conseguir que se eche atrás, y pienso hacerlo, me digáis lo que me digáis.
—No seas tonta. ¿No estás viendo que eso es lo que quiere?
—¡No entiendes que es lo único que puedo hacer para salvar a mi hija de vivir un infierno!
—No te alteres y esperemos a que llegue Alberto, él te indicará lo que tienes que hacer.
Como si yo le fuera a hacer caso. Mi vida valía una mierda, y me daba igual que me la hiciera imposible, pero a mi niña no. Eso sí que no lo iba a permitir.
Mi cuñado llegó pasada una media hora, más o menos, y nos fuimos al despacho de David, donde hablaríamos con más tranquilidad.
—Creo que lo primero que tienes que hacer es pedir una baja médica, Alexia. No estás en condiciones de atender a nadie, sobre todo cuando hay que atenderte a ti.
—Eso sí que no, lo siento. Ya me ha quitado muchas cosas como para permitir que me quite también mi trabajo, ese que tanto me gusta y por el que tanto he luchado.
—No será de una manera definitiva, sino algo temporal, hasta que podamos resolver todo esto.
—Te he dicho que no, y no pienso discutir eso.
—Está bien, dime qué es lo que te ha dicho Ignacio y te agradecería que, en llamadas posteriores, le des a grabar, que será más fácil demostrarlo.
Le conté cómo me había insultado y amenazado, cómo me había deseado que me muriera pronto.
David no había abierto la boca, pero, en sus ojos, pude ver el sufrimiento que estaba padeciendo.
Os prometo que se me pasó por la cabeza coger a mi hija e irme fuera del país, a un lugar donde no me pudiera encontrar nadie. Si no lo hice fue por mis padres, que no se merecían vivir sin saber de su hija y de su nieta.
—Está bien, pediremos también una orden de alejamiento de toda la familia. Por cierto, con el tema del divorcio, vamos a juicio, porque se niega a firmar las medidas que hablamos para ver a la niña.
—Ojalá con eso podamos vivir tranquilos de una puta vez —dijo David, por primera vez.
—Confiemos en que así sea —respondió mi cuñado.
Lo que ellos no sabían es que yo ya tenía en mente lo que iba a hacer, y no le iba a decir absolutamente nada a nadie.
Al día siguiente era mi día libre, al igual que el de David, pero, el lunes, yo trabajaba por la mañana y mi chico por la tarde.
Aprovechando esas circunstancias, iría a mi antigua casa, donde vivía Nacho, e intentaría hablar con él, conseguir que me escuchara y siguiera con su vida, como yo pretendía seguir con la mía.
Esperaba que entrara en razón y comprendiera que nunca me había querido, y que yo merecía a alguien a quien poder querer y que también me amara bien, de manera sana.
Cuando terminó nuestro turno, fuimos a casa de mis padres, donde ya tenían la mesa puesta para la cena, y nos quedamos con ella.
—Mamá, ¿me puedo quedar todo el fin de semana en casa de los abuelos?
—Cariño, tenía planes para mañana, íbamos a llevarte al parque y a comer a esa hamburguesería que tanto te gusta.
—Abus, entonces, mejor lo dejamos para el fin de semana que viene, que mi madre me necesita a su lado.
Lo dijo de una manera que nos tuvimos que reír, porque no es que ella estuviera de acuerdo con el plan que nosotros habíamos trazado, sino que, para que sus abuelos no se sintieran mal, achacaba su negativa a mis necesidades.
—Eres única, princesa —le dijo David.
—Y en eso radica mi encanto —respondió ella.
—Y la poca vergüenza que tienes también radica ahí —dijo mi padre.
Tras la cena, y como la temperatura era ideal, mi niña propuso ir a comer un helado, y mis padres se apuntaron.
Una hora después, estábamos todos sentados en la terraza de una heladería muy conocida en la ciudad, y donde mi hija disfrutaba de lo lindo, pues no había nada que le gustara más que un buen helado de chocolate con su barquillo.
Bueno, su barquillo y el de todos los demás, porque ella se encargaba de ir quitando todos los que adornaban el resto de las copas.