Capítulo 14
David
No le había contado a Alexia que el día anterior, mientras ella hablaba con su cuñado sobre el tema del divorcio, yo recibí una llamada de Nacho, su exmarido.
—No sé qué quieres, Nacho.
—Que te vayas, que desaparezcas, que dejes a mi mujer en paz. ¿Tengo que seguir?
—No tienes ningún derecho a pedirme eso, cuando nunca la has valorado. Si hasta te has liado con su mejor amiga y estás esperando un hijo con ella.
—Eso me da igual, y a ti también tendría que dártelo.
—Pues, fíjate, que no me da.
—No quiero que tengas problemas en el trabajo, o que sufras un accidente…
—¿Me estás amenazando, Nacho?
—Tómatelo como quieras, «amigo».
—Yo no soy tu amigo. Quizás lo fui algún día en el pasado, pero porque no sabía cómo eras en realidad.
—Yo ya te lo he advertido, David, lárgate y no vuelvas a tocar ni a mi mujer ni a mi hija.
—No pienso hacerlo, porque ahora no es tu mujer, es la mía.
Corté la llamada y salí al salón, donde ella seguía con su cuñado, hablando.
En este momento, estábamos visitando a los niños que teníamos ingresados, y Alexia mostraba una sonrisa preciosa, que cada día me tenía más enamorado.
—Doctor Montero, tenemos una emergencia en la habitación quinientos treinta —me dijo Davinia, que entró donde estábamos sin llamar.
—Ahora mismo vamos. Alexia, ¿te encargas tú de terminar de tomarle las constantes?
—Sí, no te preocupes, que yo continúo.
Salí de allí corriendo detrás de Davinia, pero la vi pasar de largo la habitación en cuestión y entrar en otra, y pensé que se había equivocado de número con los nervios.
Cuando me di cuenta, esa habitación estaba vacía, pues recordé que tenía un problema con el baño y decidimos no ocuparla hasta que estuviera arreglado.
—¿Eres tan amable de decirme qué cojones hacemos aquí?
—Creo que es evidente, ¿no?
—Pues no, porque, si lo que estás buscando es que me acueste contigo, ya te he dicho que tengo pareja y que no me interesas.
—Venga ya, David, nadie me ha rechazado nunca.
—Hija, siempre hay una primera vez para todo. Además, te agradecería que no interrumpieras más mi ronda, mucho menos fingiendo que hay una emergencia.
Salí de allí evidentemente cabreado y continué con mi ronda, alcanzando a Alexia, que continuaba comprobando las constantes de los demás pacientes.
—¿Qué ha pasado en la quinientos treinta?
—Nada, ahora, cuando terminemos, te explico.
Me miró como si no entendiera nada, y en cierto modo la comprendía, porque no lo hacía ni yo.
Habíamos llegado hasta la habitación de la niña. Cloe se llamaba, y la vimos con el pelo completamente rapado, y no podía estar más bonita.
—Pero bueno, mira qué guapa se ha puesto ella —le dijo Alexia.
—¿Te gusta? Porque yo me veo muy bien.
—Claro que sí, estás preciosa. Ahora debes tener cuidado, no te vaya a salir un novio en el hospital.
—Ah, de eso nada, yo ya tengo uno en el cole, y me ha dicho que va a venir a verme hoy, por eso me he pintado los labios.
—Mira que eres presumida, Cloe —dijo su madre, negando con la cabeza.
—¿Te gusta maquillarte? —preguntó Alexia.
—Claro, ¿a qué niña no le gusta hacerlo? —respondió ella, como si fuera algo obvio.
—Entonces, cuando vuelva esta tarde de mi comida, te traeré un regalo que te va a encantar, pero no le digas a nadie que he sido yo, que, si no, las demás niñas se pondrán celosas.
—Vale, será un secreto entre las dos.
Cloe ya llevaba dos ciclos de quimio, y el próximo martes le haríamos las pruebas necesarias para saber si empezaba a hacer efecto o teníamos que probar con otra clase de tratamiento.
Salimos de allí y, casi sin darnos cuenta, la mañana ya la habíamos echado fuera, y era la hora de comer.
—¿Vamos a la cafetería o prefieres ir a la que hay en la acera de enfrente?
—Por favor, sácame de aquí, que me estoy mimetizando con los cuadros del pasillo.
Solté una carcajada por cómo lo dijo, y decidimos que comeríamos fuera del hospital. Teníamos una hora para hacerlo, así que podríamos comer y hablar tranquilamente.
Al salir a la zona del ascensor, nos cruzamos con Inés y Nuria, que nos miraron y soltaron una risilla, murmurando algo entre ellas, y supe que Davinia había vuelto a mentirles.
Nos sentamos en una de las mesas de la terraza que estaban disponibles, puesto que el día invitaba a ello, sin mucho calor, pero tampoco con frío.
—¿Me vas a contar ya lo que ha ocurrido con Davinia? Porque tengo la impresión de que esa mujer ha vuelto a hacer una de las suyas.
—Y no te equivocas, lo ha vuelto a hacer.
—¿El qué, concretamente?
—Ha vuelto a intentar que me acueste con ella, pero, como podrás suponer, no lo ha conseguido.
—Entonces ya sé lo que les ha contado a esas dos, que tú te has liado con ella y que yo sigo contigo sin saberlo.
—Alexia, te prometo que ni siquiera la he tocado.
—No hace falta que me lo digas, David. Tengo un máster en detección de infidelidades.
Me dio mucha pena pensar por lo que ella había tenido que pasar, pero también me hizo mucha gracia la manera en la que lo dijo, como si me estuviera advirtiendo que, si lo hacía, lo iba a saber de inmediato.
Ahora llegaba el peor momento de la conversación, pues no quería mentirle ni ocultarle lo que había pasado con Nacho, entre otras cosas porque, al ver que era él quien llamaba, le di a grabar la llamada.
Alberto había emprendido acciones legales, adjuntando la transcripción de esa conversación a la demanda que ya tenía presentada por Alexia.
—Tengo que contarte algo, pero no quiero que te preocupes.
—Si me dices eso, me preocuparé más, así que empieza a hablar antes de que me dé un infarto.
—Hombre, si me dices eso, lo lógico es que hubiéramos comido en el interior del hospital, que siempre está lleno de médicos.
—Muy gracioso, pero eso no te va a impedir que tengas que hablar.
Empecé a contarle que su cuñado ya había emprendido acciones, mucho antes de explicarle lo de la llamada de Nacho.
Cuando le puse la llamada, por esa boca salieron sapos y culebras. Nunca, en todos los años que hacía que nos conocíamos, la había visto así, de esa manera, ni siquiera cuando se enteraba de alguna de las infidelidades de su marido.
—Tranquilízate, por favor.
—¿Cómo quieres que me tranquilice si ese tío no me va a dejar vivir en paz nunca?
—Yo no voy a huir, Alexia, no después de conseguir lo que tanto tiempo he anhelado.
Conseguí que se tranquilizara un poco, pero no en su totalidad, aunque esperaba que lo hiciera a lo largo de la tarde.
Entramos en la sala de enfermeras, que era donde nos reuníamos todos cuando no teníamos nada que hacer, que eran pocas veces, pues casi siempre salía algo.
—Siempre te sales con la tuya, Davinia, me vas a tener que dar clases particulares —le decía Nuria.
—Chica, nada como un buen escote para que un tío se fije en ti, y el doctor Montero no es diferente a los demás —le contestó ella.
No me dio tiempo a contestar, pues, con el cabreo que llevaba Alexia, lo hizo por mí.
—Claro que sí, por eso se vuelve loco con la mía, porque a la tuya ni siquiera la ha mirado.
—Alexia, yo… estaba bromeando…
—No, Davinia, eso no es una broma, eso es intentar humillar a los demás, pero, por suerte, yo sí que tengo una licenciatura en eso.
—Davinia, como vuelva a oír algún otro comentario de que tú y yo estamos liados, me encargaré de transmitir a dirección tu acoso en el trabajo, lo que te puede llevar a un despido —le dije, muy seriamente.
Ella agachó la cabeza, mientras las otras dos intentaron defenderla, en base a lo que ella les había contado.
—No me parece justo eso que le ha dicho, cuando ha sido cosa de dos —dijo Inés, muy altiva.
—¿Perdona? ¿Tú has estado allí?
—No, pero ella me ha contado que se ha acostado contigo, tanto en tu despacho como en la habitación, esta misma mañana.
—Retira eso ahora mismo, Davinia. Sabes que es mentira y no me gustaría tener que pedir que te abran un expediente.
—Chicas, quizás haya exagerado un poco…
—No vas por buen camino, Davinia. No es que hayas exagerado, es que te lo has inventado.
—David, es que…
—A partir de ahora, para ti, soy el doctor Montero.
—Está bien, doctor Montero, a partir de ahora me abstendré de hacer ningún comentario sobre usted.
—Me parece muy bien, pero eso no aclara que no nos hemos liado, es que ni siquiera nos hemos dado un beso.
—No, chicas, no he conseguido que cayera en mis brazos.
Las dos la miraron como si no se lo pudieran creer, y alternaban la mirada entre los tres, hasta que nos pidieron disculpas y salieron de la sala, dejándonos solos a Alexia y a mí.