Capítulo 13
Nos encontrábamos los cuatro sentados en mi salón. Ni siquiera me había cambiado de ropa o duchado, pues, en cuanto le dijimos a mi cuñado que íbamos para casa, pusieron ellos también rumbo hacia allá.
—Hemos intentado, tanto su abogado como yo, que renuncie a la niña a cambio de que no tenga que dar ninguna compensación económica, pero no ha habido manera.
—Ni lo hará, Alberto. Él lo único que quiere es utilizar a la niña para dañarme todo lo que pueda, y más.
—La única solución que hemos encontrado es que pueda ver a la niña, pero bajo supervisión y sin salir del centro.
—No termino de fiarme, Alberto. Nacho tiene contactos en todas partes, y el simple hecho de pensar que la pueden sacar por otro lado hace que se me revuelva el estómago.
—Yo estaré presente en el centro, no te preocupes, y su abogado también estará. En el momento en el que veamos que hay manipulación de la niña, en cualquiera de los sentidos, cortaremos la visita.
—Si con eso voy a conseguir que me deje en paz, y me prometes que mi hija estará bien, adelante.
—Voy a llamar a su abogado para planteárselo, porque todavía no hemos hablado con él.
Alberto se levantó y marcó en su teléfono el número del abogado de Nacho, y quedó en que le enviaría el acuerdo por escrito; por si estaba de acuerdo, que lo firmara.
—Su abogado me ha dicho que no lo ve con disposición de aceptar ese acuerdo, con lo cual, lo único que nos restaría sería ir a juicio.
—No sé qué es peor, de verdad. Pero gracias por intentarlo todo, Alberto.
—Claro, Alberto nada más, y a tu hermana que la parta un rayo.
—Hija, es que tú eres de su sangre, pero tu chico no le toca nada.
—Las palmas es lo que vamos a tocar todos si ese desgraciado desaparece del mapa de una vez por todas.
Tanto mi hermana como mi cuñado se marcharon a su casa, y nos dejaron solos a David y a mí.
—Anda, ven, que te veo muy tensa y quiero que te relajes.
—¿Qué vas a hacer? Porque te he visto entrar en mi habitación dos o tres veces.
—Te he preparado un baño con sales minerales, para que dejes salir todos tus anhelos allí.
—Vale, pero solo si lo compartes conmigo.
—Preciosa, si me meto ahí contigo, el que se pondrá nervioso seré yo.
—Bueno, pero para ese tipo de nervios yo tengo un remedio muy eficaz.
David me tomó de la mano y me atrajo hacia él, besándome como lo había hecho en su despacho del hospital y haciendo que deseara mucho más.
Al llegar a mi baño, vi que me había llenado la bañera, y en ella flotaban pétalos de rosa, que no sabía de dónde habían salido, pero que tampoco iba a preguntar, pues no era el momento. Ya lo haría más tarde.
Entre miradas cómplices y sonrisas nerviosas, nos fuimos desnudando poco a poco, hasta que estuvimos los dos completamente desnudos.
Nos quedamos admirando el cuerpo del otro, como si estuviéramos contemplando un cuadro en un museo, pero con el deseo en la mirada.
Entramos en la bañera, y David se situó detrás de mí, apoyando mi espalda en su pecho y abrazándome con todo el amor del mundo.
Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así de querida, de protegida, y ahora tan solo me faltaba sentirme deseada. Eso me lo hizo sentir en cuanto eché mi trasero un poquito hacia atrás.
Con una esponja natural, se encargó de mojar todo mi cuerpo y lavarme con una dedicación que hasta me emocionó.
Era como si yo fuera un tesoro, su tesoro, y lo estuviera cuidando con todo el esmero del mundo.
Lejos de disminuir mi deseo, lo que hizo fue avivarlo, pero, por mucho que lo provoqué, no conseguí lo que quería, y empezaba a desesperarme.
—No sigas, preciosa, porque no lo vas a conseguir. No aquí, no ahora.
—¿Por qué, si lo estás deseando igual que yo?
—Ya te lo dije, no quiero que nuestra primera vez sea un aquí te pillo, aquí te mato. Aquí quizás lo hagamos mañana, antes de irnos al trabajo.
—Por favor, David, no puedo más, necesito sentirte.
—Y me sentirás, en todos los aspectos posibles. Como mucho, te puedo dar un pequeño adelanto.
Dijo estas palabras llevando sus dedos hacia mi clítoris, donde lo acarició y trazó círculos hasta que consiguió que me corriera.
No sabía si era por el tiempo que hacía que no tenía sexo con un hombre o si él, realmente, me provocaba esto, pero fue el orgasmo más intenso que había tenido en mi vida.
Salimos de la bañera en completo silencio y cogimos una toalla cada uno, con la que nos secamos el uno al otro de manera suave y delicada.
Una vez que me tuvo completamente seca, me acercó a él y me besó como tanto me gustaba, pero esta vez amasando mis glúteos, hasta que me levantó del suelo y me dejó con mis piernas enroscadas en su cintura.
En esta postura me llevó hasta mi cama, que ya se encontraba abierta, con la colcha en los pies.
Me depositó en ella con mucho mimo, pero no dejó ni de besarme ni de acariciar mi cuerpo.
No pude evitar llevar mis manos a sus nalgas, esas que estaba como loca por amasar y pellizcar, y así lo hice, con ansias, con ganas.
Recorrió todo mi cuerpo con sus besos, hasta que se detuvo en mi monte de Venus. Sentir su lengua recrearse en ese punto hizo que me hirviera la sangre.
Menos mal que Dara no estaba, porque mis gritos al alcanzar el clímax la hubieran despertado.
¿Cuándo me había pasado a mí esto? Creo que en mi puta vida me había corrido de esta manera. Por mucho que intentaba echar la vista atrás, no encontraba el momento.
—No puedo más, David, te necesito dentro.
—Tus deseos son órdenes, preciosa mía.
Me penetró de una sola embestida para luego salir de mí de manera muy lenta, y así sucesivamente.
Por favor, en mi vida había disfrutado tanto de un encuentro sexual como lo estaba haciendo con este.
No me lo pensé, pues necesitaba ser yo la que llevara las riendas, ya que Nacho nunca me lo permitió. Era como si, hasta en la cama, quisiera dejarme claro quién era el que mandaba en la relación.
David, por el contrario, en cuanto invertimos las posiciones, lo disfrutó como nadie, llegando incluso a sentarse para tener acceso pleno a mis pechos, con los que se dio un festín.
En esta postura, ambos alcanzamos el clímax, teniendo un orgasmo brutal, tanto él como yo, y dejándonos caer en la cama, agotados y casi sin aliento.
—Creo que tendremos que pasar otra vez por la ducha.
—Ni que lo digas, porque me siento completamente pegajosa.
—Anda, vamos, y volvemos a la cama, que mañana tenemos que trabajar.
—Ay, por Dios, no me lo recuerdes…
David soltó una carcajada por la manera en la que lo dije, y es que no me apetecía nada tener que pasar todo el día en el hospital, pero no nos quedaba más remedio que hacerlo, al menos, una vez al mes.
Sobra decir que, en la ducha, lo volvimos a hacer de nuevo. No necesitábamos protegernos, porque tanto David como yo estábamos libres de enfermedades, y yo tenía puesto un DIU desde poco después de nacer Dara.
¿El motivo por el que me mandé a que me implantaran el dispositivo? Pues muy sencillo, no quería tener otro hijo con Nacho, no en el seno de un matrimonio que estaba destinado al fracaso.
Por supuestísimo, lo hice a sus espaldas, ya que él no quería que pusiéramos medios y quería que aceptáramos lo que viniera. Claro, como él no se hacía cargo, era una manera de tenerme atada, cargada de niños.
Ahí sí que le hice caso a mi hermana, que me dijo que, si seguía así, me iba a ver con menos de treinta años y con un montón de hijos a los que, si me llegaba a separar de él, no podría mantener yo sola.
Volvimos a la cama y nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro, y me sentí protegida, amada y deseada, como nunca lo había estado antes.
El momento en el que sonó el despertador era el que más odiaba en el mundo, mucho más cuando estaba tan a gusto como era en esta ocasión.
—Venga, bonita mía, que tenemos que ir a trabajar.
—Joder, yo no quiero, no me apetece.
—Ya, pero los niños nos esperan y no podemos fallarles, por muy bien que estemos los dos aquí.
—Tienes razón. ¿Comemos juntos?
—Claro, pero no sé por qué me lo preguntas ahora, si vamos a estar toda la mañana juntos.
—Pues también es verdad.