Capítulo 12
En la sala de enfermeras, en cuanto volví, me encontré a Davinia diciendo que había quedado con el doctor Montero para ir a un spa en un hotel de la ciudad, y que él le había dicho que había reservado una habitación.
No dije nada, porque no me merecía la pena. Las mentiras tenían las patas muy cortas y, en este caso, lo comprobarían muy pronto.
Al terminar la jornada, David pasó por el vestuario femenino para recogerme, pues ambos terminábamos el turno a la vez.
Cuando mis compañeras lo vieron, soltaron una risita, que se les quitó de la cara en cuanto comprobaron que nada de lo que les había contado Davinia era cierto.
—Doctor Montero, si estás esperando a Davinia, está terminando de cambiarse —le dijo Nuria, con mucho recochineo.
—¿Para qué voy a esperar yo a Davinia?
—No lo sé, como fue a verte al despacho, pensamos que habíais quedado —dijo Inés, algo desconcertada.
—Pues siento decepcionaros, chicas, porque con quien he quedado es con mi chica, que viene por ahí.
David no se lo pensó y me plantó un beso en los labios, justo cuando salía la otra por la puerta del vestuario, que se quedó sin saber qué hacer o qué decir.
Nos cogimos de la mano y salimos del hospital, con una sonrisa en los labios. Yo iba feliz porque me sentía importante para él, y David… pues no sé el motivo, la verdad, ni me voy a aventurar en averiguarlo.
Dentro escuchábamos las excusas que estaba poniendo Davinia, y no quería ni pensar que fueran ciertas. Miré a David y, al ver la devoción con la que me miraba, supe que esa mujer estaba mintiendo.
—¿Vamos a recoger a Dara al colegio?
—Sí, verás la alegría que se va a llevar cuando nos vea a los dos. Eso sí, hasta que no tengamos claro que lo nuestro sigue adelante, no me gustaría que se enterara.
—No te preocupes, cariño, que no se lo diremos hasta que tú no quieras.
—Es que no me gustaría que se hiciera unas ilusiones para que, si no seguimos como pareja, luego se venga abajo.
—No voy a desaparecer, sigamos como pareja o como amigos, siempre estaré para vosotras.
Decir que estaba ilusionada era quedarme corta. Estaba como cuando empecé a salir con Nacho, pero con la diferencia de que a David ya lo conocía, porque, antes que nada, había sido mi amigo.
Me ponía a pensar en la cantidad de veces que había actuado como mi paño de lágrimas y se me erizaba la piel.
Fueron muchos los momentos en los que le tocó consolarme tras un comentario humillante, o tras ver que, de nuevo, Nacho me había sido infiel, y David enjugó mis lágrimas en su pecho.
Para él tampoco tuvo que ser fácil, pues, si era cierto eso que me había dicho de que se había enamorado de mí nada más conocerme, verme sufrir por otro hombre que no me merecía debió de ser la muerte a pellizcos.
—¿En qué piensas?
—En que tú también lo has tenido que pasar mal todos estos años.
—No lo sabes tú bien. La cantidad de veces que me tuve que morder la lengua para no decirle cuatro cosas al que se suponía que era mi amigo.
—Y era tu amigo, al menos al principio.
—Nunca lo fue, y de eso me he dado cuenta ahora.
—¿A qué te refieres?
—Si Nacho no se separó antes de ti, si sigue insistiendo en esa relación, no era porque te siguiera queriendo…
—Nunca me ha querido, David, al menos después de que nos casáramos. Lo que quería era tener en su casa a una mujer que siempre estuviera dispuesta para él, para todo lo que se le apeteciera.
—Si lo hacía era porque vio que yo estaba interesado en ti, ya que, cuando te veía, se me iluminaba la mirada, porque no podía esconder la sonrisa que se pintaba en mi boca, aunque hubiera tenido un día de mierda.
—Yo también sentía algo por ti, pero no me atrevía a reconocerlo. Era como si me estuviera traicionando a mí misma y a mis principios.
—No te entiendo; si tuvieras la amabilidad de explicármelo, te lo agradecería.
—Pues es muy sencillo. Para mí, el matrimonio siempre ha sido sagrado y para toda la vida. Yo me miraba en el espejo de la pareja de mis padres, que todavía se miran con adoración y que se respetan al máximo el uno al otro.
—Ahora lo comprendo. Si admitías que te estabas enamorando de mí, era como si tus creencias sobre el matrimonio se vinieran abajo.
—Exactamente eso, y por eso aguanté. Por la noche, cuando Dara se quedaba dormida, no paraba de llorar, y me decía a mí misma que iba a cambiar, que todavía no se había adaptado al matrimonio, cuando, en el fondo, sabía que era mentira.
Aparcamos en el colegio de la niña y nos bajamos para ir a recogerla. David me llevaba el brazo echado por el hombro, como era muy normal entre nosotros, pues no era la primera vez que lo hacía.
Al llegar allí, al primero que nos encontramos fue a Nacho, que iba con su abogado, y os prometo que me entró una mala leche imposible de describir.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo aquí?
—Venir a recoger a mi hija al colegio, como haría cualquier otro padre.
—¿Tú? ¿Como cualquier otro padre? Venga ya, no me hagas reír.
—Pues sí, y no me lo vas a impedir.
—Por supuesto que sí lo voy a hacer, porque, si lo hubieras hecho anteriormente, no me importaría, pero jamás, en los cinco años que lleva la niña en el colegio, has venido ni una sola vez.
—Entonces ya era hora de que lo hiciera. Dice el refrán que más vale tarde que nunca, ¿no te parece?
—Lo que me parece es que eres un cabrón que tan solo quiere hacerme daño, pero no te lo voy a permitir.
Mientras yo discutía con Nacho, David llamó a Alberto, que casualmente estaba por la zona, y llegó acompañado de la policía.
—Buenas tardes. ¿Qué está pasando aquí?
—Buenas tardes, señor agente. Vengo a recoger a mi hija del colegio y su madre pretende impedirlo.
—No es que lo pretenda, señor De la Vega, es que lo va a conseguir. Aquí, su abogado, el señor Camaño, ha conseguido una orden de alejamiento a favor de la señora Romero y de su hija, por lo cual le aconsejo que se marche sin montar ningún escándalo.
—Eso no puede ser, no tiene motivos para hacerlo.
—Nacho, déjame hablar a mí, por favor —dijo su abogado.
—Como lo hagas como hasta ahora, lo llevo claro —le contestó, con esa chulería innata en él.
—Alberto, ¿qué es lo que tienes? Porque a mí no me ha llegado nada.
—Te habrá llegado al correo electrónico, como me ha llegado a mí hace poco menos de una hora. Pero no tengo ningún inconveniente en mostrártelo.
Alberto le tendió un sobre con una documentación, que su abogado no tardó en leer, mientras le iba cambiando el color de la cara.
Cuando terminó de leerlo, miró a Nacho y no dudó en recriminarle, bastante cabreado.
—¿Se puede saber qué coño has hecho, Nacho? De esto no sabía absolutamente nada y, si me vas a seguir ocultando cosas, desde ya renuncio a tu representación.
—Yo no he hecho nada. Además, esas grabaciones se hicieron sin mi consentimiento.
—No, si te parece, te van a decir que esperes a que le den al botón para dejar constancia de tus amenazas.
—Pues no me pienso mover de aquí hasta que no vea a mi hija, porque es mía, no de ese pseudopadre que intenta sustituirme.
Lo que él no sabía es que David, que estaba autorizado para la recogida de la niña, ya la había sacado por otra puerta, y que me estaba esperando en una hamburguesería que había dos calles más allá.
—Caballero, no se lo digo más. O se marcha o lo llevo detenido —le dijo el policía.
—Esto no se va a quedar así, aunque tenga que mover el cielo y la tierra…
—¿Quieres dejar de amenazar? ¿O es que prefieres que te pongan otra demanda? Porque no entiendo tu postura, de verdad que no.
El abogado lo cogió del brazo y se lo llevó a la fuerza, y yo suspiré, aunque tenía claro que esto no se iba a quedar aquí, y que intentaría hacerme la vida imposible.
—¿Acaso no ha tenido ya suficiente? Si hubiera sido un buen padre, aunque fuera un mal marido, yo no tendría ningún problema en que tuviera contacto con su hija, pero es que no lo ha sido.
—Tranquila, Alexia, que lo vamos a conseguir, vamos a hacer que desaparezca de vuestra vida.
—Pues espero que sea pronto, porque, como siga así, ya no voy a estar tranquila ni cuando la niña esté en el colegio.
—¿Quieren presentar otra denuncia? —preguntó el agente, y Alberto negó con la cabeza.
—No, agente, preferimos intentar llegar a un acuerdo a través de su abogado.
—Entonces me marcho. No duden en volver a llamar si vuelve a acercarse a ustedes.
Alberto me acompañó hasta la hamburguesería en la que me esperaban mi niña junto a David.
Antes de entrar, me tuve que recomponer, porque no quería que mi hija se diera cuenta de nada de lo que había pasado.
Me planté en la puerta, respiré hondo y puse la mejor de mis sonrisas, que era la que mi niña se merecía, y entré, mientras mi cuñado se despedía de mí y volvía a su despacho.
—Hola, mi niña. ¿Qué tal el día en el cole?
—Chuli, mami. Me he hecho amiga de un niño que se llama Adrián y de su hermana, que se llama Concha, y están en mi clase.
—Anda, mira qué bien. Pues, más adelante, cuando ya tengamos todo organizado en casa, puedes invitarlos a merendar algún día.
—¿Puedo, mami?
—Por supuesto, mi vida. Pero luego hablamos de eso. Ahora vamos a comer, que me muero de hambre.
—Yo ya he comido, pero no le diré que no a un buen postre. ¿Me puedo ir, mientras vosotros coméis, al parque de bolas, mami?
—Claro que sí, pero no te salgas de ahí y ponte en un lugar donde yo te vea, por favor.
—Siempre lo hago, mamá.
Esperé a que la niña se alejara lo suficiente como para que no pudiera oírnos y, entonces, le conté a David todo lo que había sucedido.
—¿Es que ese hombre no va a parar nunca?
—Eso mismo me pregunto yo.
—No se lo vamos a permitir. No va a conseguir que nos aburramos y le digamos que sí, porque, como ya te he dicho, aunque no sea mi hija biológica, la siento como tal, y somos un equipo.
—Gracias, David, por quererla tanto, por defenderla hasta de su propio padre y, sobre todo, por no salir huyendo ante la situación.
—No me las tienes que dar, porque tan solo hago lo que os merecéis. Y eso de salir huyendo no va conmigo.
El camarero nos trajo la comida y, justo cuando íbamos a pedir los postres, como si mi hija nos hubiera puesto un micro bajo la mesa, apareció con esa sonrisa que lucía desde que habíamos salido de aquella casa.
Alberto nos dijo que dejáramos a la niña en casa de mis padres y que, en cuanto estuviéramos en casa, lo avisáramos para ir a hablar con nosotros.
No me extrañó esa petición, pues ya me había dicho que intentaría hablar con su abogado y llegar a un acuerdo. Uno que nos permitiera respirar un poquito de tanto daño que nos estaba haciendo Nacho.
Después de comer, la llevamos un ratito al parque, porque no era plan de soltarla del tirón, y mi cuñado lo sabía, y la dejamos en casa de mis padres.