Llegaste de imprevisto Capítulo 11
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Capítulo 11

Ya teníamos todos los muebles montados, y sería la primera noche que pasaríamos en la casa nueva.

Yo había expuesto mi situación ante la dirección del hospital, y me propusieron tener un turno fijo, al menos hasta que mi hija tuviera la edad suficiente para poder ir y venir sola del colegio.

Trabajaría todos los días de ocho a tres, por lo que tendría que dejarla en el aula matinal y en el comedor, pero ya estaba acostumbrada a hacerlo.

Otra cosa que hice fue cambiarla de colegio, pues el antiguo era de pago y mi sueldo no daba para eso. Así que, con el cambio de domicilio, pude trasladarla a uno concertado que había cerca de nuestra casa, sin ningún problema.

También lo hice porque, en el antiguo colegio, su padre podría mover los hilos y sacarla de allí sin mi permiso, pues todos lo conocían.

—Buenos días, Rocío, venía a hablar contigo —le dije a la directora, que estaba en la conserjería hablando con Ana, la conserje.

—Dime, Alexia, ¿en qué puedo ayudarte?

—Verás, como ya te habrás dado cuenta, me estoy separando de mi marido, el padre de Dara, y no quiero que tenga opción de recogerla y llevársela. No, al menos hasta que tenga la sentencia de divorcio.

—No te preocupes, ahora mismo te doy el formulario para que nos indiques las personas que pueden recogerla, con su número de DNI, a ser posible.

—Te lo agradezco, porque así me quedaría mucho más tranquila.

Rocío me tendió el documento para que lo rellenara y se lo dejara a Ana, que era la encargada de entregar a los niños a la salida, tanto a los que iban a comedor como a los que no.

Por suerte, me sabía el número de DNI de todos, incluido David, que también estaría en esa lista.

Me marché al trabajo con la tranquilidad de sentir a mi hija protegida y entré en el vestuario para ponerme el uniforme antes de subir a planta.

David tenía ese día el mismo turno que yo. Normalmente, coincidíamos en turnos, pero, desde que yo tenía fijo el de mañana, había semanas en las que no nos veíamos en el trabajo.

En el vestuario estaban nuestras compañeras, Inés y Nuria, que habían coincidido la semana pasada con David durante la guardia, y estaban hablando entre ellas.

—Tú no lo viste, pero está claro que le gusta Davinia —dijo Inés.

—No lo creo, aunque, la verdad, es que pegan —contestó Nuria.

—¿De qué habláis, chicas?

—Pues del doctor Montero, que se ha llevado toda la guardia tonteando con Davinia.

—¿En serio?

—Y tanto. Lo raro es que no se hayan liado ya, con el tira y afloja que llevan los dos.

Os prometo que se me cayó el techo encima. Estaba claro que, entre nosotros, no había nada y que había sido yo la que le había dicho que no quería saber nada de hombres, pero me dolió mucho más que las infidelidades de Nacho, y no sabía el motivo.

Bueno, en realidad sí que me lo podía imaginar, pero no quería reconocerlo. Mucho menos ahora, que sabía que tonteaba con Davinia.

De repente, mi mente volvió atrás y me comparé con ella. Me hice pequeñita, pequeñita. Insegura. Y mis lágrimas cayeron casi sin darme cuenta.

Por suerte, cuando esto ocurrió, ya estaba sola, porque, si me llega a ocurrir con Inés y Nuria allí, no habría sabido cómo explicarlo. En el trabajo nadie sabía de nuestra estrecha relación de amistad.

Me limpié las lágrimas y me incorporé a mi puesto de trabajo. David, nada más verme, se dio cuenta de que me ocurría algo.

—Alexia, en cuanto terminemos la ronda, me gustaría verte en mi despacho. Hay una analítica de uno de los pacientes que quiero que veas conmigo, para ajustar el tratamiento.

—Si quieres, aviso a Davinia.

Os juro que me salió sin pensarlo, y David elevó una ceja, a modo de pregunta, y me arrepentí al instante de haber contestado eso.

—Con Davinia no quiero verlo, lo quiero ver contigo, si no tienes ningún inconveniente.

—Está bien, preparo la ronda de tratamientos con los pacientes, y enseguida estoy contigo.

Entré en la parte de farmacia y me centré en lo que tenía que preparar, pues un despiste mío podía provocar un gran problema en cualquiera de nuestros pequeños pacientes.

Lo puse en el carrito y me fui habitación por habitación. Estábamos en oncología infantil, una de las zonas más duras del hospital, pero en la que, gracias al cielo, casi todos los pacientes salían adelante.

Digo casi porque era inevitable que perdiéramos a alguno. Esos días eran los peores, pues pensaba en mi niña y se me ponían los vellos de punta.

En una de las habitaciones, de las últimas que tenía que visitar, coincidí con David, que me miraba minuciosamente, como tratando de averiguar lo que me sucedía, pero no fui capaz de mirarlo a los ojos.

—Alexia, espera un momento y tómale la temperatura a Javier, mientras yo reviso las analíticas de hoy, y así nos vamos juntos a la siguiente habitación.

—Ahora mismo, doctor Montero.

Le tomé la temperatura al pequeño, que había terminado su última sesión de quimio ese mismo día. Si todo iba bien y no había ningún contratiempo, le darían el alta en los próximos días.

En la última habitación tan solo teníamos que hacer una revisión de la primera quimio de una niña de ocho años, preciosa y con un pelo rizado que daba envidia.

—David, me ha dicho mi madre que perderé el pelo con lo que me estáis poniendo, y me da igual, porque, si me va a curar, me da lo mismo, pero tengo una pregunta.

—Dime, bonita, yo te contestaré a todas tus dudas. Así que pregunta sin miedo.

—¿Me quedaré calva para siempre? Es que, si es así, le voy a pedir a mis padres por mi cumpleaños una peluca, porque me encanta ir con trenzas.

—Por supuesto que no, el pelo volverá a crecer y, si quieres un consejo, cuanto antes te lo rapes, antes te acostumbrarás y más guapa te verás.

—¿De verdad? ¿Puedo cortármelo ya?

—Claro que sí. ¿Quieres que avise al peluquero para que suba? —le respondí, con una sonrisa que estaba ocultando mis lágrimas.

—¿Te quedarás conmigo cuando lo haga?

—Si tú quieres, le diré a Carlos que, cuando suba, me busque y vendré con él.

Ver el dolor en esa madre y la esperanza en esa niña hizo que me terminara de venir abajo.

Ninguna persona se merecía pasar por el calvario de esa maldita enfermedad, mucho menos siendo un niño con toda la vida por delante. Pero contra eso nadie podía hacer nada y, cuando te tocaba, te tocaba.

Salimos de esa habitación con el alma en un hilo, tanto David como yo. Siempre ocurría así. Los primeros días eran los más duros, hasta que todos nos íbamos acostumbrando.

—Alexia, te espero en mi despacho.

—Sí, aviso a Carlos y te veo en un minuto.

—No tardes, que tenemos que hablar.

David me lo dijo en un tono serio, al que no me tenía acostumbrada. Entendí que estaba molesto por mi comentario de antes.

Tal y como había dicho, entré en la sala de enfermeras, donde ya estaban allí mis compañeras, tomándose un café, y, entre ellas, se encontraba Davinia.

—¿Ya ha terminado David de hacer la ronda? —me preguntó.

—Sí, ahora mismo.

—Entonces, voy a su despacho, que tengo que consultarle algo.

No fue lo que dijo, porque eso lo decíamos todas un montón de veces al día, sobre todo cada vez que llegaba un paciente nuevo, sino la manera en la que lo hizo. La sonrisa que puso.

Me fui hasta el teléfono interno y avisé a Carlos, que me dijo que tardaría como una hora en subir, pues tenía varios pacientes que ver antes.

—Seguro que se lo está comiendo vivo, solo hay que ver la manera en la que sonreía —dijo Inés.

—No, mujer, no creo que se atreva a hacerlo aquí, en el hospital; quedarán más tarde —respondió Nuria, pero con toda la ironía del mundo.

—Como si fuera la primera vez que Davinia hace eso. Te recuerdo lo que pasó con el doctor Echevarría y el escándalo que se formó cuando los cogió la mujer.

Eso fue vox populi en todo el hospital, porque la mujer del doctor Echevarría también era médico en este centro, concretamente traumatóloga, y fue a su despacho a consultarle algo, cuando se lo encontró dale que te pego con la enfermera.

No sabía si ir al despacho o no, pero la curiosidad me podía, así que no me lo pensé. Cuanto antes me diera un baño de realidad, mucho mejor; así no me pasaría como con Nacho.

La puerta estaba encajada, y pude escuchar cómo Davinia le decía que si le gustaría acompañarla a una sesión de spa esa tarde.

—Es en un hotel, David, y podríamos relajarnos.

—Lo siento, Davinia, pero esta tarde tengo planes.

—¿Y mañana?

—Mañana tengo una guardia de doce horas. No creo que me apetezca nada más que llegar a casa y tumbarme en el sofá.

—Está bien, cuando te apetezca, ya sabes dónde encontrarme.

Cuando vi que estaba a punto de levantarse, llamé a la puerta y asomé la cabeza, esperando a que David me diera paso.

—Entra y cierra la puerta, Alexia. Davinia ya se marchaba.

—Hasta luego, entonces —dijo mi compañera, dando a entender algo que no era.

Entré y cerré tras de mí, pero lo que no me esperaba era que, al volverme, tendría tan cerca a David.

—¿Me vas a contar ya qué es lo que te pasa y, sobre todo, por qué has hecho ese comentario sobre Davinia?

—Nada, de verdad, son tonterías mías, ya sabes que soy excesivamente quejumbrosa y…

—Y nada, Alexia. Yo no soy Nacho, nunca lo he sido y nunca lo seré. Ni eres quejumbrosa ni nada de lo que te acusó él en el pasado.

—De verdad, David, que…

—Habla, Alexia, o no te dejaré salir de aquí hasta que lo hagas, así tengamos que empalmar un turno con otro.

—Está bien, ha sido cuando he llegado…

Le conté todo lo que habían dicho Inés y Nuria en el vestuario, y cómo Davinia había insinuado que tenía algo con él.

—¿Estás celosa, preciosa?

—Sí, y no sé el motivo, pero me ha dolido mucho.

David me miró sin miedo, con determinación. Cogió mi mentón con su mano y levantó mi cabeza para que lo mirara a los ojos, pues, como ocurría en el pasado, tendía a agacharla cuando me sentía empequeñecida.

—La única enfermera que me ha interesado desde que llegué aquí has sido tú. Antes, estabas casada y no te diré que fui un monje, pero, desde que sacaste a Nacho de tu vida, no he estado con nadie.

—David, yo…

Puso su dedo en mi boca, para que me callara y no continuara hablando, y, cuando lo retiró, lo sustituyó por sus labios.

Ese beso fue el mejor que me habían dado en mi vida, y no tuvo nada que ver con los que nos dimos aquel día que bebimos demasiado.

Fue dulce, pero también picante. Con cariño, pero también con pasión, e hizo que quisiera más, mucho más. David lo notó por mi manera de gemir.

—Preciosa, que no soy de piedra y quiero esto tanto como tú, pero no aquí, no un aquí te pillo, aquí te mato. Quiero besar todo tu cuerpo, recrearme en ese momento que llevo tanto tiempo deseando que suceda.

—Yo tampoco quiero eso, necesito que me hagas volver a sentir que soy una mujer, no un saco de descarga.

—Y lo haré, no lo dudes. Esta misma noche, en la que me quedaré en tu casa a dormir, porque ya he visto que también tienes guardia mañana y, por consiguiente, Dara se queda esta noche en casa de tus padres.

Esa simple promesa hizo que el día se me hiciera eterno, parecía que las horas no pasaban.