Llegaste de imprevisto Capítulo 10
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Capítulo 10

Allí, a lo lejos, estaban Nacho y Sofía, como si fueran dos enamorados más, mirando cunas y cambiadores, y eso me dolió en el alma.

Cuando yo estaba embarazada de Dara, jamás vino conmigo a elegir muebles. Si no llega a ser porque mis padres me regalaron la cuna, no hubiera tenido ni dónde acostar a la niña.

Ni siquiera cuando la tuvimos que cambiar de habitación le compró muebles, ya que decía que los de la habitación de invitados estaban nuevos, y eso era tirar el dinero.

Sin embargo, aquí estaban los dos, riendo y, mientras ella le decía algo, él le ponía la mano en su vientre y sonreía.

David se dio cuenta de la situación y no dudó en acercarse a mí y darme un abrazo por la espalda, sin apartar la vista del mismo lugar del que yo tampoco podía apartarla.

—No te hagas más sangre, Alexia.

—Es que no puedo evitarlo. No puedo resistirme a comparar las dos situaciones, y me duele. Me duele por mi hija, porque ella no se lo merece.

—Mi niña tiene todo el amor del mundo: el de su madre, el de sus abuelos y, por supuesto, el mío.

—Ojalá no fuera él su padre y lo fueras tú.

—Yo no habré puesto la semillita, pero no sé si te has dado cuenta de que llevo ejerciendo de padre desde que nació, prácticamente.

En un minuto, analicé la vida de mi hija, y era cierto. No había un solo momento de ella en el que David no hubiera estado presente, tanto en los más importantes como en los más cotidianos.

Él acudió a su primer recital de Navidad. En realidad, a todos, no solo al primero. También vino conmigo a sus fiestas de fin de curso. Estuvo cuando se le cayó su primer diente y en todos sus primeros días de clase.

Su padre, en cambio, no estuvo en ninguno. Como máximo, nos llevaba a alguna playa nacional en verano, y no más de cuatro o cinco días.

Por mucho que dijera que ese año pasaríamos un mes, siempre encontraba una excusa para largarse de viaje y dejarnos de nuevo en la ciudad.

Nos vieron y no dudaron en venir hasta donde estábamos nosotros, mirándonos como si fuera yo la culpable de todo, en vez de ser la víctima.

—Vaya, la parejita jugando a la familia feliz, salvo que esa niña es mi hija, no de él —dijo Nacho.

—No, si aquí hay alguien jugando a la familia feliz, esos sois vosotros, los dos traidores mayores del reino —respondí.

Le hice un gesto a mis padres para que se llevaran a la niña, pues había visto que empezaba a temblar y que se escondía detrás de David.

—Vamos, Dara, mira qué camas más bonitas hay allí —le dijo mi padre, extendiendo su mano para que la tomara.

—Ni se le ocurra llevarse a mi hija de aquí. Que se quede, que escuche y vea cómo es su madre…

—Su madre es la única persona que ha luchado por ella desde que nació, mientras que su padre iba saltando de cama en cama. Así que no metas a la niña en esto, que es cosa de adultos —le dijo mi madre, que la cogió de la mano y la alejó de allí.

—Esto no se va a quedar así, te lo juro. No pararé hasta que te vea completamente hundida y, si para ello tengo que utilizar a la niña, lo haré, no tengas ninguna duda.

—¿Qué pretendes, Nacho? ¿Qué es lo que quieres? Porque te juro que no te entiendo.

—Quiero a mi mujer y a mi hija en mi casa, a la espera de que yo llegue, como todo buen matrimonio.

—Claro, y mientras, tú te paseas con tu amante por todos lados. Pues lo siento, amigo, pero eso no lo vas a tener más.

—Entonces, atente a las consecuencias.

De pronto, mi hermana y mi cuñado salieron de detrás de una especie de columna que había a nuestro lado, con el teléfono en alto.

—Sigue hablando, guapito, que tenemos todo grabado y, por supuesto, lo vamos a adjuntar a la demanda de divorcio.

—Lo habéis grabado sin mi consentimiento…

—Sí, pero el contenido son amenazas hacia mi representada, con lo cual, eso siempre es un atenuante para que sea admitido como prueba.

—¿Qué es lo que quieres, Alberto? No te andes con rodeos, que no te pega.

—Quiero que firmes el acuerdo de divorcio, y esta misma tarde, si no quieres que tu imagen se vea seriamente dañada.

Vi cómo Nacho me miraba con odio, con rencor, y supe que, aunque firmara el acuerdo, no se quedaría de brazos cruzados.

Mientras tanto, Sofía permanecía a su lado, como si la cosa no fuera con ella, como si todo lo que me estaba reclamando a mí no afectara a su relación con Nacho.

Eso me dolía, porque así empecé yo, y me di cuenta, de manera inmediata, de que ese era su modus operandi , aunque con ella todavía era peor que conmigo.

Al fin y al cabo, yo era su primera mujer y, cuando empezamos, no había nadie detrás, al menos no de manera oficial, porque ahora entiendo que habría, no una, sino muchas mujeres antes.

Tal y como habían aparecido, desaparecieron, justo cuando mi niña llegaba corriendo hasta nosotros.

—Mami, corre, ven, que te voy a enseñar mi habitación, que ya la hemos elegido.

—¿Sí? ¿De verdad? Pues no has tardado nada, mi niña.

—Ha sido amor a primera vista, te lo prometo. Ahora, la ropa de la habitación la quiero de color rosa, pero no clarito; la quiero rosa fucsia o verde pistacho, para que le dé color a la estancia.

—¿De dónde te has sacado tú eso?

—¿De dónde va a ser, mamá? La chica de la tienda se lo estaba explicando a otra madre y a otra niña que querían el mismo. Así que mueve el culo, que no quiero que me lo quiten, que para eso yo he llegado antes.

—Venga, llévanos hasta allí, y así lo vemos.

Mi hija me tomó de la mano y, con la energía que suelen tener los niños de esa edad, me llevó hasta donde estaba montado el dormitorio que le había gustado.

La verdad es que era precioso, y no parecía el típico mobiliario de una niña, ya que este le serviría también para cuando fuera más mayor.

Los muebles combinaban el color blanco con algunas molduras decorativas que tenían unos reflejos como de color pastel.

Constaba de la cama, la mesilla de noche, un escritorio y varias estanterías, tanto de pie como de pared.

—Hija, lo hemos medido y cabe perfectamente, quedando incluso el espacio suficiente para que pueda moverse con facilidad por la habitación —me dijo mi padre, con el metro en la mano.

—Pues nada, ya está elegido el dormitorio de la princesa. Ahora toca elegir el resto de los muebles —dijo su padrino.

—Padrino, pero me dijiste que después de elegirlo nos iríamos de compras.

—Y lo haremos, preciosa, pero creo que tu madre necesita de tu buen gusto para elegir el resto, que es capaz de coger un sofá de lunares de esos en los que sentarse es una tortura.

Mi hija puso una cara de espanto ante lo que había dicho David y, acto seguido, me cogió de la mano y me llevó hasta donde estaban los dormitorios de matrimonio expuestos.

Con un gesto, le agradecí a David lo que había hecho. No porque desconfiara de él, no porque pensara que no cuidaría de Dara, sino porque, estando su padre por allí, me podía esperar cualquier cosa.

Y sí, no era lo mismo que lo intentara conmigo, siendo yo su madre, a que lo hiciera mientras la niña estuviera con David, que no era nada suyo y, si avisaba a la policía, podía meterse en un lío.

Al final, escogimos todos los muebles, que nos llevarían al día siguiente, domingo, cuando no tenía que trabajar.

Ahora nos tocaba ir a por la decoración y la ropa de hogar. Parecía mentira que, después de casi diez años de casada, no tuviera ni una mísera toalla para secar a mi hija.

Todo, absolutamente todo, se había quedado allí, en la casa de Nacho. Aunque, realmente, no quería llevarme nada. Prefería gastarme todos mis ahorros antes que tener ningún objeto que me recordara al infierno en el que había vivido.

En un momento determinado, me di cuenta de que David no estaba, y me asusté, la verdad sea dicha, pues no había dicho ni adiós.

Mi madre se dio cuenta de mi desasosiego y vino hasta mi lado, donde me cogió del brazo antes de hablarme.

—Tranquila, cariño, que vuelve enseguida.

—¿Dónde ha ido? ¿Por qué no me ha dicho nada?

—Porque era una sorpresa, para ti y para la niña —me dijo, apareciendo a mi lado con un televisor enorme, que me arrancó una carcajada.