Llegaste de imprevisto Capítulo 9
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Capítulo 9

Esa mañana, y como mi hermana y mi cuñado ya conocían el piso, nos fuimos mis padres y yo, junto a mi hija Dara, para que lo vieran, además de para tomar medidas para comprar los muebles.

David nos estaba esperando en la puerta, pues le había pasado la dirección por WhatsApp para que no tuviera que venir hasta el domicilio de mis padres.

—Hola, preciosa —dijo al vernos.

—¿A quién se lo dices, David, a mi madre o a mí? —preguntó mi hija, de una manera adorable.

—A ti, por supuesto. Ya te he dicho que mi corazón es tuyo, mucho antes que de ninguna mujer.

—Pues a mí no me importaría compartirlo con mi madre, que lo sepas…

Mis padres me miraron a mí y luego a David, con una sonrisa. Sabía que este hombre les encantaba desde el minuto uno en que lo conocieron, pues decían que no tenía dobleces.

Subimos a mi ático, porque me decidí por él por la terraza tan bonita que tenía, desde donde se podía ver casi toda la zona colindante.

El piso constaba de dos habitaciones, ambas con armario empotrado. La principal, además, tenía el baño incorporado, aunque había otro al final del pasillo.

El salón y la cocina tenían un concepto abierto, separados por una pequeña isla de desayuno. Pero la joya de la corona era la terraza.

Esa zona de la casa iba de una punta a otra, y se podía acceder a ella tanto desde las puertas francesas del salón como desde las puertas de la habitación principal.

—Cariño, aquí no tendrás jardín ni piscina…

—Ya, mamá, pero tampoco tendremos lágrimas ni dolor, sino mucho amor.

—De eso te va a sobrar, mi vida.

Eso me hizo entender el daño tan grande que le habíamos hecho a mi hija. Ni él ni yo, los dos.

Él, por sus continuas humillaciones hacia mí, y yo, por enseñarle a mi hija que el amor es eso, consentir que te hagan pequeñita, cuando, en realidad, es todo lo contrario.

David empezó a tomar medidas junto a mi padre para dirigirnos después hasta el centro comercial, donde nos estarían esperando mi hermana y mi cuñado.

—Hija, ya tenemos todas las medidas, podemos irnos cuando quieras.

—Vamos, tampoco es que haya habido que medir mucho, papá.

—Bueno, lo suficiente para que quepa la felicidad de mi hija y de mi nieta.

Salimos del edificio con una sonrisa y con la sensación de saber que todo lo que nos esperaba era bueno. Porque el cupo de los sufrimientos ya lo habíamos cubierto.

Pero no. Todavía nos quedaba otra cosa por la que pasar, porque, nada más salir de allí, nos topamos con la persona que menos me apetecía ver en la vida: la madre de Nacho, doña Lucrecia.

—Alexia, ¿podemos hablar?

—No. Ya todo lo que tenía que decir se ha dicho.

—¿En serio vas a dejar que todo termine así? Pensaba que querías a mi hijo, que estabas enamorada de él, pero veo que lo has sustituido pronto.

Esas últimas palabras las dijo mirando a David, que, lejos de achicarse o amilanarse, lo que hizo fue dar un paso al frente.

No quise que él se metiera en esto, aunque ya estaba metido hasta las cejas, y le hice un gesto para que me dejara hablar a mí.

—¿De verdad le parece poco todo lo que he demostrado? Por supuesto que he amado a su hijo, más que a mí misma, pero eso se terminó.

—Cuando ya estás con otro, poco amor es el que le tenías.

—Por esa regla de tres, entonces, su hijo no me ha querido nunca, pues puedo contar por docenas las mujeres entre cuyas piernas se ha metido mi futuro exmarido.

—Hija, todos los hombres son iguales…

—No, señora, ya estoy harta de escuchar ese discurso. No todos los hombres son iguales, y tengo aquí, a mi lado, a dos personas que lo confirman.

—¿Sabías que David ha estado en muchas fiestas con mi hijo? Y no precisamente de esas de payasos y magos.

—¿Y? Es su pasado. A mí lo único que me importa es lo que hagan desde que están conmigo, nada más.

—Mi hijo está muy arrepentido, Alexia, deberías escucharlo y entenderlo. Mi marido lleva haciendo lo mismo toda la vida, y yo siempre lo he entendido.

—¿Perdone? Que usted haya normalizado la humillación en público no significa que yo tenga que hacerlo.

—Hija…

—No me llame así, por favor. Ni yo soy su hija ni usted me ha tratado nunca como trata una madre.

—Está bien, Alexia. Los hombres, muchas veces, necesitan buscar fuera lo que no encuentran en casa. Es su naturaleza.

—¡Que no repita más eso! ¡Que no es cierto!

—Bueno, piensa lo que quieras. Lo que me gustaría que tuvieras claro es que, jamás, en todo lo que te queda de vida, encontrarás a nadie que te quiera y te dé todo lo que mi hijo puede darte y te ha dado.

—Y, fíjese usted por dónde, eso mismo es lo que estoy buscando. De eso se trata, de encontrar a alguien que no me quiera como lo ha hecho su hijo.

Ya no quise hablar más, y tomé la mano de David. Me fui hasta donde tenía mi coche aparcado y donde ya estaban esperando mis padres junto a mi hija.

Le hice un gesto a mi madre en cuanto me di cuenta de que doña Lucrecia estaba en la acera de enfrente, pues no quería que mi hija escuchara nada de lo que saliera por la boquita de esa mujer.

—Hija, ¿estás bien? —preguntó mi madre.

—Mejor que nunca, mamá.

—Pues entonces nosotros también lo estamos.

Mis padres habían sufrido mucho con mi relación, hasta el punto de que mi padre cayó enfermo y tuvo que solicitar una incapacidad, pues se veía incapaz de enfrentarse a nadie fuera de su entorno.

Teniendo un negocio de cara al público era un poquito complicado, la verdad. Actualmente, era mi madre la que lo llevaba, junto a un chico que contrató cuando mi padre empezó a enfermar.

Mi hija estaba sentada en su silla de seguridad y llevaba una sonrisa pintada en los labios que no le había visto nunca.

—Mami, estas zapatillas me aprietan un poquito.

—No te preocupes, mi vida, que, mientras tu madre y los abuelos van a mirar los muebles, tú y yo nos vamos a ir a comprar unas zapatillas nuevas —le contestó David.

Me encantaba la complicidad que había entre los dos, una que no había sentido nunca con su padre.

David no dudaba en tirarse al suelo a jugar con ella o en dejar que lo peinara y le pintara las uñas, y a mí eso me hacía mucha gracia.

Una sola vez intentó hacerlo con Nacho y los gritos llegaron al cielo, pues decía que él era un hombre, no una nenaza para dejarse hacer eso.

Mi hija podría tener unos tres años, y esa fue la última vez que vi a Dara acercarse a su padre para jugar.

Si estaba David en casa, que venía a menudo, no se separaba de él y, en el caso de que no estuviera, era yo la que jugaba con ella a todo lo que se le ocurría, aunque llegara destrozada del trabajo.

Dejé el coche en el aparcamiento, dispuesta a pasarlo bien junto a mi familia y mi amigo del alma, pero no se habían terminado las sorpresas para mí. Eso lo descubriría a lo largo del día.

—Antes de ir a comprar las zapatillas, me gustaría ir a elegir mi cuarto. Después, el resto de los muebles me da igual —dijo Dara, completamente convencida.

—Vale, estamos de acuerdo. Primero vamos a elegir los muebles de tu habitación y, después, nos perdemos por el centro comercial. Que mamá nos llame cuando haya terminado —le respondió David.

—Eso, vosotros abandonadme, que no pasa nada.

—Mami, que tan solo nos vamos a ir dos tiendas más para allá, que no nos vamos a ir a Disney ni nada por el estilo.

Ese había sido siempre el sueño de mi hija, uno que su padre nunca hizo por cumplir, y supe que quería darle esa sorpresa, así que no los avisaría hasta que no lo tuviera todo cerrado.

Se lo debía, entre otras cosas, por haber estropeado su fiesta de cumpleaños, y así lo iba a hacer.

Desde lejos, vi a mi hermana y a mi cuñado, que miraban el reloj, por lo que deduje que llevaban un buen rato esperando.

—Menos mal, hijos, porque vaya impuntualidad —dijo mi hermana.

—Ahora te cuento, que he tenido una visita inesperada y me ha entretenido un poquito.

Por gestos, le dije que había venido Lucrecia, y ella me miró con la boca completamente abierta. No sabía si de sorpresa o de indignación.

Entramos y nos fuimos directamente a los muebles infantiles, que fue donde me esperaba la siguiente sorpresa.