Capítulo 8
Al principio pensé en irme a casa de mi hermana, pero no quería ponerla en esa tesitura, por mucho que Alberto, mi cuñado, me dijera que no había ningún problema.
Luego me vino a la mente irme a un hotel, pero al día siguiente tenía que trabajar y no tenía con quién dejar a mi niña.
Al final, terminé en casa de mis padres, que no trabajaban los fines de semana, mientras acondicionaba mi casa.
Sí, sin que Nacho se enterara, y con el dinero de las horas extras, me compré una casa, porque hasta mis finanzas me controlaba. Eso sí, de las suyas yo no sabía absolutamente nada.
Los únicos que lo sabían eran mi hermana y su marido, porque algo me dijo que no se lo contara a Sofía, como si mi sexto sentido me advirtiera de algo.
Ya me habían entregado las llaves, pero no tenía ni un solo mueble, nada más que los de la cocina. Estaba ahorrando para poder comprarlos.
—Hija mía, sabes que te puedes quedar aquí el tiempo que necesites, que por nosotros no hay problema —me dijo mi madre, en cuanto se quedó dormida Dara y nos sentamos en el salón.
—Lo sé, mamá, pero no creo que sea mucho tiempo. Tengo una casa; la compré hace unos años, es de nueva construcción. No es muy grande, pero, para nosotras dos, tenemos de sobra.
—¿Por qué no nos lo has contado antes?
—Porque no quería que Nacho lo supiera. Tan solo se lo dije a Valeria y a su chico, que fueron los que me acompañaron a visitar el piso piloto.
—Hiciste bien, cubrirte las espaldas y buscar un techo para ti y para la niña, aunque quiero que tengas claro que su padre no te lo pondrá tan fácil.
—Lo sé, e irá a atacarme con ella, no porque le interese, sino porque sabe que es donde más me duele.
—Entonces, vamos a hacer nosotros lo mismo. Atacaremos donde le duele a él, que es el dinero.
—¿Qué estás maquinando, Valeria?
—Está claro que la niña no quiere estar con su padre, le tiene miedo, y eso se puede demostrar con un informe pericial.
—¿Y? De verdad que no sé a dónde quieres llegar.
—Redactaré un acuerdo de divorcio en el que, si él renuncia a la niña, tú renuncias a cualquier compensación económica que te corresponda.
Miré a mi hermana, que se levantó de inmediato y encendió su portátil, ese que iba con ella a cualquier parte, metido en su bolso, y sonreí.
—¿Qué? Nunca se sabe cuándo puede hacer falta, como ahora.
—Amor, déjame, que lo mío son los divorcios; tú eres la mejor en mercantil.
—Tienes razón, redáctalo de tal manera que no tenga más cojones que firmar.
—Bueno, retomemos el tema del que estábamos hablando. ¿Qué te falta en el piso nuevo, Alexia?
—Menos el piso y la cocina, todo, mamá. Tengo algo de dinero ahorrado, pero no creo que me dé para comprarlo todo.
—Ese dinero te lo guardas para empezar de nuevo con tu hija. De lo demás nos encargamos nosotros —dijo mi padre.
—No puedo permitirlo, papá. Es demasiado.
—Hermanita, digas lo que digas, lo van a hacer. Conmigo hicieron lo mismo.
—Mañana iremos al centro comercial, a la tienda de muebles y a donde sea que tengamos que ir, sin dejarlo para más adelante.
—Mamá, te recuerdo que mañana trabajo.
—No, porque acabo de avisar al hospital, y ni tú ni yo tenemos mañana guardia. Hemos cogido el día de asuntos propios —dijo David.
—¿Tú de dónde sales? —pregunté.
Ni siquiera me había dado cuenta de que habían llamado a la puerta, mucho menos de que Alberto, mi cuñado, había ido a abrir.
David se sentó a mi lado y me cogió la mano, sin otra intención que mostrarme su apoyo.
Nos contó que, después de que nosotros nos fuéramos, Nacho se había puesto como loco, echándoles la culpa de todo a Marta y a Sofía, mientras que Salma salió en mi defensa.
—En cuanto vio que yo estaba allí, sin moverme, porque quería decirle cuatro cosas antes de marcharme, se vino hacia mí y me cogió de la pechera.
—¿Te ha hecho algo? Porque ahora mismo vamos al hospital a por un parte de lesiones y le plantamos una demanda —dijo mi hermana, que estaba como loca por meterle mano, fuera de la manera que fuera.
—No ha tenido cojones, porque se las he quitado de encima de golpe. Eso sí, me ha acusado de que yo soy el culpable, de que te he comido el cerebro y de que ha perdido a su familia por mi afán de quedarme contigo.
—¿Qué le has respondido tú? Porque eso no tiene ni pies ni cabeza, la verdad.
—Eso mismo le he dicho, además de que, si alguien había contribuido a perder a su familia, había sido él, con tantas humillaciones e infidelidades a las que te había sometido.
»Al final, y viendo que tú no volverías, ha vuelto a Sofía para pedirle perdón y decirle que estará junto a ella y a su bebé.
—No se puede ser más cínico. Tanto él como ella, que, desde el principio, me decía que no podía ser tan perfecto.
Escuchamos pasos por el pasillo, y era mi niña, que se había despertado de la siesta. Traía una carita que lo decía todo y que a todos nos partió el corazón.
—Mamá, ¿tendré que irme a dormir con mi padre y con la tía Sofía?
—No, mi vida, no tendrás que hacerlo si tú no quieres.
—Es que, el otro día, mientras estábamos en la fiesta de pijamas, me dijo que llegaría un momento en el que le tendría que decir mamá, porque tanto mi papá como ella iban a hacer todo lo posible para que no te viera.
—Eso no va a suceder, aunque tengamos que irnos al polo norte a vivir.
Miré a mi hermana, y supimos lo que pretendían: utilizar mi expediente psicológico en mi contra.
Me parecía mentira cómo tenían todo orquestado desde hacía años, ya que fue Nacho el que me aconsejó acudir a la consulta para paliar mis miedos, me decía.
—No lo va a conseguir, Alexia, no tienen nada en tu contra —dijo Alberto.
—Pero… eso está ahí, Alberto, y tiene confesiones muy fuertes.
—Ya, unas que se hicieron bajo el secreto profesional, así que no te preocupes por eso.
—Además, nosotros, tus compañeros del trabajo, también declararemos a tu favor, en el caso de que sea necesario —me dijo David.
Esperaba que no fuera necesario llegar a nada de eso, que tuviera suficiente con lo que le íbamos a presentar en el acuerdo de divorcio.
Mi teléfono no paraba de sonar. Primero Nacho, luego Marta, incluso Lucrecia lo intentó, pero no contesté a nada, ni llamadas ni mensajes, pues no tenía ni ganas ni fuerzas para hacerlo.
Salí a la terraza de la casa de mis padres, y David lo hizo detrás de mí. No dijo nada, no invadió mi espacio ni me presionó para que hablase. Tan solo se limitó a mostrarme su apoyo mediante su presencia.
—Gracias, David, no sé qué hubiera sido de mí si no te hubiera tenido a mi lado durante todos estos años.
—Dime la verdad, Alexia. ¿Sigues enamorada de Nacho?
—No, rotundamente, además. Creo que era más una dependencia psicológica que él mismo me había creado, con esos comentarios que minaron mi autoestima.
—Entonces, sánala. Vuelve a ser la misma Alexia que eras antes de casarte con él. Yo estaré aquí para ti, siempre, y como tú quieras que esté.
—No me lo tomes a mal, David, pero, en estos momentos, no quiero saber nada de los hombres, ni siquiera de mi padre o de mi cuñado, si me apuras.
David soltó una carcajada que me provocó una sonrisa. Una que era la primera genuina que soltaba en muchísimo tiempo con alguien que no fuera mi hija.
Esa era ahora mismo mi prioridad: Dara, su felicidad y hacer que volviera a reír como antes de ser consciente del daño que su padre me provocaba, aun sin levantar la mano.
En ese momento me vino a la cabeza lo que me dijo Salma, eso de que no hacía falta recibir una bofetada para sentirse una mujer maltratada, porque así era como yo me sentía con esta situación.
Volvimos a entrar y nos encontramos a mi cuñado hablando con Nacho, pues le había enviado el acuerdo de divorcio y lo llamó para saber si era cierto.
—Nacho, te he dicho ya que sí, que Alexia quiere el divorcio, y cuanto antes mejor. No queremos tener que llevarte a juicio y, por eso, será mejor que lo firmes cuanto antes.
No escuchaba lo que mi marido le respondía, pero sí cómo mi cuñado hacía gestos con la cara, como haciéndonos ver que estaba loco.
—Está bien, reúnete con tus abogados y te llamo en unos días. Eso sí, si a mediados de semana no tengo noticias tuyas, presentaré la demanda en el juzgado.