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Capítulo 7

En la actualidad…

Mi hija ya tenía ocho años, que cumplía ese mismo día, y sí, todavía seguía con mi marido, a pesar de las infidelidades, que él me negaba, pero que yo sabía que existían.

A pesar de que seguía con sus bromas de mal gusto, que no tenían otro fin que humillarme.

Tengo que decir que, una noche en la que él volvió a llegar tarde y en la que la niña estaba durmiendo en casa de su madrina, pues quería hacer una fiesta de pijamas con sus amigas y su padre le dijo que no, caí en la tentación.

Tan solo fueron un par de besos los que me di con David, y no sé si lo que me llevó a ello fue el despecho, la rabia o que realmente me gustaba, pero decidimos que se quedaría para nosotros dos.

Esa tarde era la fiesta de cumpleaños de nuestra hija, y la celebraríamos en el jardín de nuestra casa, una que habíamos comprado hacía un año y que había diseñado Nacho junto a su equipo.

—Mamá, ¿por qué dice papá que Salma es mejor que tú?

Cuando escuché eso, os prometo que el alma se me cayó a los pies. ¿Cómo había sido capaz de hacer esos comentarios delante de la niña?

La carita de mi hija, esperando una respuesta, me rompió por dentro. No me había dado cuenta de que estaba sufriendo, y eso no me lo iba a perdonar en la vida.

—Cariño, es una broma de papá, nada tiene que ver conmigo, te lo prometo.

—Pues esas bromas no me gustan, porque tú eres la mejor madre del mundo.

—Eso intento, mi vida, y lo seguiré intentando mientras tenga un hilito de aliento.

Terminé de arreglarme y le coloqué bien el lazo de la trenza a mi hija, antes de salir al jardín, donde ya estaban todos, incluida Salma, que me miraba un tanto incómoda.

—¡Padrino! —exclamó mi hija, en cuanto vio a David.

—Hola, preciosa. Cada día estás más grande y guapa. Crece rápido, que te voy a esperar para que seas mi novia —bromeó él.

—Ya quisieras, chaval, pero mi niña se echará un novio de dinero y de su edad, no un viejo como tú.

David lo ignoró, como hacía cada vez que soltaba un comentario de ese tipo, y se vino hasta donde me encontraba yo, junto a Sofía.

—¿Qué te ocurre? Tienes la cara como descompuesta. ¿Otro comentario de los suyos?

—No, mucho peor.

—¿Entonces? ¿Qué ha ocurrido? Porque, como me digas que te ha puesto la mano encima, no respondo, te lo juro.

—No, ha hecho un comentario delante de mi hija, uno de esos en los que me humilla, aunque no sé a quién ha sido, y Dara ha venido a preguntarme.

—No puedes seguir así, Alexia, la niña ya va creciendo y puede pensar cosas que no son.

—Lo sé, estoy siendo una mala madre, una que antepone a un hombre a la felicidad y la tranquilidad de su hija.

—No digas tonterías, eres la mejor madre del mundo, pero te estás haciendo mucho daño a ti misma.

Tuve que dejar la conversación con David, pues los invitados fueron llegando.

Hacía una semana que lo celebró con sus amigas en casa de su madrina, en esa fiesta de pijamas tan deseada por ella, y hoy tocaba hacerlo con la familia.

Haríamos una barbacoa, de la que se encargaría mi padre, junto a mi cuñado Alberto, la pareja de Valeria, que era encantador, sin aparentar algo que no era.

—Hombre, pero si está aquí la mejor mujer del mundo. ¿Cuándo me vas a dejar que aumente la familia? Quiero otro hijo, pero tiene que ser contigo —le dijo Nacho a Salma, que se mordió la lengua.

—Pues, si tú tienes un hijo con ella, yo tendré otro con David —contesté, como quien lava y no enjuaga.

—¿Se puede saber qué coño estás diciendo, Alexia?

—Ni más ni menos que lo que has dicho tú.

—Me estás humillando delante de la familia, delante de nuestra hija.

Y ahí fue donde terminé de espabilar. Estaba haciéndole entender a mi hija que esto era lo normal, que, en una pareja, las humillaciones a la mujer no tenían consecuencias.

—Mi madre es la mejor del mundo, y tú no paras de hacerla chiquitita. No quiero verla llorar más —dijo Dara, dejando a todo el mundo boquiabierto.

—Tú te callas, mocosa, que tienes mucho que agradecerme a mí, no a tu madre.

—¿Perdona? Por ahí sí que no, Nacho, eso sí que no te lo voy a consentir.

—Estás haciendo un drama de una tontería, como siempre.

—¿Una tontería? Llevo años aguantando tus humillaciones, tus infidelidades, tus juergas, y ya no pienso aguantar nada más.

Miré a mi hija, que se escondía detrás de mi madre, y mi madre supo lo que tenía que hacer. Por supuesto, lo lógico hubiera sido echarlo de la casa, a él y a todos sus familiares, que le reían las gracias.

Pero no podía, porque la casa era suya, y así lo puso en las escrituras, ya que decía que la había diseñado y construido él, con su dinero, y que no veía justo que me tuviera que incluir en la propiedad.

Como siempre, no protesté, y lo volví a justificar, así que entré en la casa, donde iba a recoger mis cosas para marcharme.

—Vamos, Alexia, que no ha sido para tanto, ya sabes cómo es mi primo.

—Por eso, porque lo sé, aunque he tardado en darme cuenta de lo que eso afecta a mi hija, no pienso aguantar más. Además, tú más vale que te calles, que eres su cómplice en todo.

—Mira, no te negaré que he visto muchas cosas y me he callado, pero, en vez de enfadarte conmigo, más vale que te enfades con Sofía, tu amiga del alma, que es la que se acuesta con él.

Os prometo que, si en ese momento me pinchan, no me sacan una gota de sangre. ¿Era eso cierto? No me podía quedar con la duda, así que dejé todo encima de la cama y volví a salir al jardín.

—Dime que lo que me acabo de enterar no es cierto —le dije, delante de todos.

—Tiene una explicación, Alexia. Tan solo ha pasado una vez, y fue un día en el que ambos estábamos pasados de copas.

—Ni aunque estuviera borracha como una cuba me acostaría yo con el marido de mi mejor amiga.

—Puestos a decir la verdad, eso no es cierto. Nacho y Sofía se han acostado muchas veces. Es más, tienen una relación a escondidas y ella está embarazada —reveló Marta, y vi cómo la cara de Sofía se volvía blanca.

Cuando ponía mala cara ante los comentarios de mi marido hacia Salma, no era por mí, sino por ella, porque estaba celosa.

—Ya le he dicho que no pienso ejercer de padre, que yo tan solo tengo una hija, mi niña Dara —respondió Nacho, con toda la poca vergüenza del mundo.

—Una niña a la que no le haces ni puto caso, dicho sea de paso —le dijo Sofía, rabiosa.

—Esto es para mear y no echar ni gota. No me puedo creer que haya estado tan ciega como para no darme cuenta.

—Alexia, mi amor, todo ha sido un error, te prometo que no volverá a suceder…

—Por supuesto que no pasará de nuevo, porque hasta aquí hemos llegado.

Entré a coger mis cosas, que ya estaban en la maleta, al igual que las de mi niña, que, ayudada por mi hermana, también había recogido las suyas.

Nacho se vino detrás de mí. Primero lo intentó con palabras bonitas y zalamería, con esa sonrisa tan característica suya, pero que a mí ya no me provocaba nada más que asco.

—Venga, mi amor, no puedes tirar por tierra tantos años por una tontería.

—¿Te parece una tontería que te hayas liado con mi mejor amiga, dejándola embarazada? ¿Te parece una tontería haber tenido que aguantar humillación tras humillación durante todos los años que llevamos juntos?

—¿Otra vez vas a dramatizar? Eso ocurre en todos los matrimonios. Mi padre también le ha sido infiel a mi madre muchas veces y ella siempre lo ha perdonado. ¿Acaso piensas que tu padre no lo ha hecho?

—Pues no, pondría las dos manos en el fuego por él, y no me quemaría.

—Claro, porque ahora tu padre es un ángel y yo soy un demonio.

—Aparta, Nacho, no hagas más el ridículo, que ya lo has hecho bastante.

Al pasar por el jardín, ya nadie reía las gracias. Mis padres me estaban esperando en la puerta, pero algo que no pensaba dejar ahí era mi coche, ese que había pagado yo con mi trabajo y mi esfuerzo.

Metí las maletas en mi coche y senté a mi hija en su silla de seguridad. Subí al asiento del conductor y arranqué.