Llegaste de imprevisto Capítulo 6
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Capítulo 6

Me marché con Salma, que me llevó hasta la mesa donde estaba el picoteo y de donde ambas cogimos un par de canapés de salmón con caviar.

—Chica, no hay quien te vea. El pasado martes, cuando fuimos a cenar todos, le pregunté a tu marido por ti y me dijo que no te apetecía venir, que estabas demasiado cansada con la niña.

—Sí, ya sabes, es demasiado pequeña y requiere toda mi atención.

Disimulé todo lo que pude, porque esa noche fue la misma en la que me dijo que había estado en una reunión que se había alargado demasiado. La misma en la que traía la mancha de carmín en la camisa y me dijo que fue de un tropiezo de su compañera.

Nada era cierto, y me estaba mintiendo con una facilidad tan pasmosa que no sabía si me provocaba más dolor que miedo o viceversa.

Salma, que se percató de que me había ido a la luna de Valencia, me dijo que nos fuéramos a bailar y, aunque no me apetecía nada, hice de tripas corazón.

Justo cuando íbamos hacia la barra, después de bailar un par de canciones, Nacho se acercó con otro hombre, demasiado guapo, con unos ojos grises impresionantes, y que me miraba con una dulzura que hizo que se me saltaran las lágrimas.

—Alexia, él es David, mi mejor amigo y el que será el padrino de Dara.

—Hola, David, encantada de conocerte.

—Igualmente, Alexia, y siento no haber podido asistir a la boda, pero me cogió en un congreso fuera de España y me resultó imposible.

Cuando miré a mi alrededor, Nacho ya había desaparecido y estaba incordiando a Salma, que lo miraba como el que mira a un bicho.

David notó mi tristeza en la mirada y me invitó a que lo acompañara a uno de los reservados, donde podríamos hablar más tranquilamente.

—¿A qué te dedicas, Alexia? Aparte de ser madre a tiempo completo, me refiero, porque creo que todas las mujeres que tienen hijos tienen ese oficio como el principal.

—Pues soy enfermera de pediatría en el Hospital General. Y sí, mucho más cuando es tan pequeñita como mi niña, que tan solo tiene tres meses, pero es lo que toca.

—¿En serio trabajas en ese hospital?

—Sí, ¿por qué lo dices?

—Porque yo soy el nuevo pediatra del hospital y empiezo en dos semanas. Durante todo este tiempo he estado haciendo un máster de oncología infantil en el extranjero, pero ya estaba cansado de estar lejos de mi tierra.

David me resultó de lo más educado y cariñoso, pues no dudó ni un segundo en mostrarme su apoyo y su cariño, sobre todo ante los gestos de mi marido, que iba detrás de todas las mujeres que estaban en la fiesta.

Cuando se cansó de dar bandazos e incluso de perderse durante un buen rato en el baño del local, vino hasta donde estábamos sentados.

—Veo que te lo pasas muy bien con mi mujer. Pues, si quieres, te la presto durante unos meses y así yo descanso de ella.

—Tu mujer no es ningún objeto para que se la puedas prestar a nadie. Por si no te has dado cuenta, sigo teniendo corazón —le contesté, enfadada.

—No vayas a hacer dramas, por favor, que era una broma. ¿Ves lo que tengo que aguantar a diario?

—¿Tú, aguantar? Venga ya, no me hagas reír, Nacho. Aquí la única que aguanta es ella —dijo David, porque yo, después de eso, volví a agachar la cabeza.

—Cómo se nota que no la conoces bien, chaval. A mí, si me dicen que ella iba a ser de esta manera, no me caso.

Giré la cabeza como si me hubieran puesto un resorte, pues no me podía creer lo que le estaba diciendo a David, aunque su amigo no estaba menos sorprendido que yo.

—¿Ves? Otra vez que no sabe encajar una broma.

—Eso no es una broma, Nacho, eso son maldades disfrazadas de humor.

—Anda ya, chaval… Cómo se nota que sois los dos iguales.

Nacho, en cuanto vio pasar a una de las amigas de su prima, volvió a levantarse para ir tras ella, dejándome allí como si fuera un juguete viejo con el que ya estás cansado de jugar.

—Creo que me voy a marchar. Iré a casa de mi madre y, así, cuando amanezca, podré estar con mi niña.

—Vamos, te acompaño.

—No creo que le haga mucha gracia que lo hagas, la verdad.

—Me importa un carajo lo que le haga gracia o no, al igual que él tampoco tiene en cuenta tus sentimientos.

—Ya, pero es que luego la que lo tiene que aguantar soy yo.

—Espera aquí un momento, que ahora mismo vuelvo.

David se marchó a hablar con Nacho, que le hizo un gesto de indiferencia, ya que estaba demasiado ocupado en manosear a esa rubia que estaba bailando con él.

—Listo, le he dicho que te marchabas porque la niña estaba llorando y que, para que no lo hicieras sola, te iba a llevar yo.

—¿Tienes aquí el coche?

—Claro, ¿por qué iba a estar bebiendo toda la noche refrescos, si no?

—Chico, pues no lo sé, lo mismo no te gusta el alcohol.

—Sí que me gusta, pero con moderación y siempre que no tenga que coger el coche.

Me llevó hasta donde lo tenía aparcado y me abrió la puerta en cuanto llegamos, para que me subiera al asiento del copiloto.

—Gracias, David.

—De nada, preciosa.

—No me digas algo que no piensas, de verdad que no hace falta.

—Por supuesto que lo pienso. Eres preciosa y, si tu marido no se da cuenta, es que es un idiota.

—Mi marido dejó de verme en cuanto cruzamos el umbral de la iglesia, te lo aseguro. Y, con la llegada de Dara, la cosa empeoró, hasta el punto de que me dijo que me fuera con la niña a la habitación de invitados.

—¿No es verdad esto que me cuentas?

—Te lo aseguro. No tengo en la habitación de matrimonio ni unas míseras bragas, porque el señorito se molestaba cuando entraba a por ropa.

—¿Qué haces con él, Alexia?

—Sinceramente, no lo sé, David. Supongo que lo amo tanto que no sé si seré capaz de vivir sin él.

—Ya estás viviendo sin él, bonita.

Esa última frase de David se me quedó clavada en el alma, pues no me la esperaba. No pude imaginar que fuera a ser así de sincero conmigo, pero, aun así, y como era habitual, intenté justificarlo.

David me miraba con lástima, como si supiera que había entrado en una espiral de la que no sabía si iba a ser capaz de salir, pero no añadió nada más.

Le indiqué la dirección de la casa de mi madre. Total, Nacho no se daría cuenta de si había vuelto a casa o no hasta que se levantara al día siguiente y, para entonces, ya estaríamos allí.

Me dejó en la puerta y no se marchó hasta que me vio entrar en el ascensor.

Desde ese instante supe que David se convertiría en uno de mis mejores amigos, un hombro en el que llorar y unos brazos en los que encontrar el consuelo que necesitaba.

Cuando entré en casa de mi madre, ella tenía a la niña en brazos, que no dejaba de llorar, y fui directamente hasta las dos.

—¿Qué le ocurre, mamá?

—No lo sé, hija, lleva llorando como un par de horas y ya lo he intentado todo.

—A ver, dámela.

Cogí a mi hija en brazos y noté que tenía la temperatura muy elevada, por lo que saqué el termómetro de su bolsa y se lo puse en la frente. Marcó treinta y ocho y medio.

—Mamá, llama a un taxi, que me la llevo al hospital.

—No, hija, ya me he vestido y pensaba llevarla yo. No te había escuchado llegar —dijo mi padre, que ya venía con las llaves del coche en la mano.

—Vamos, yo también estoy vestida —contestó mi madre, que se levantó a cambiarse los zapatos.

Intenté llamar a Nacho, pero, como era costumbre, ni siquiera me contestó y, a la segunda llamada, apagó el teléfono.

Entonces lo intenté con Salma, que me contestó a la primera.

—Salma, necesito que me localices a Nacho, es urgente.

—Lo siento, Alexia, pero no lo veo. No sé si estará en el baño o se habrá marchado ya.

—Pues entonces, localiza a Marta, ella tiene que saber dónde está.

Salma guardó silencio durante unos segundos. Ese silencio me indicó que ella sabía el lugar exacto en el que estaba mi marido y también con qué compañía, aunque no sabía o no quería decírmelo.

—Déjalo, si lo ves, dile que me llevo a la niña al hospital, está ardiendo de fiebre.

—¿Necesitas que te acompañe?

—No, necesito que me localices el teléfono de David Montero, el amigo de Nacho que será el padrino de mi hija. Es pediatra y me puede ayudar.

—En cuanto lo encuentre, te lo envío por mensaje.

Envolví a mi hija en su toquita y salimos rumbo al hospital. Nada más salir, recibí un mensaje de Salma en el que aparecía el teléfono de David, y supe que había sido mi propio marido el que se lo había dado.

No lo podía haber encontrado tan rápido de no ser así. Si no me cogía el teléfono era porque le importábamos una mierda, tanto la niña como yo.

—¿Sí? ¿Quién es?

—David, soy Alexia, y voy de camino al hospital con Dara. Está ardiendo de fiebre.

—Voy para allá, no entres hasta que yo no llegue.

—Gracias.

Esto último lo dije en un susurro y para mí, puesto que David ya había cortado la llamada.

No sabía dónde vivía, pero, cuando llegamos al hospital, ya nos estaba esperando en la puerta, con su bata de médico puesta y hablando con el equipo de pediatría.

—Dámela, Alexia, que la llevamos a un box.

—¿Puedo entrar con ella?

—Por supuesto, eres su madre y, además, eres enfermera pediátrica. Que tus padres vayan dando los datos de la niña en la recepción.

Entramos y la desnudó, dejándola tan solo con el pañal para que no le subiera más la fiebre, y empezó a explorarla.

—Vamos a hacerle una analítica de orina y otra de sangre, pero, para eso, tendremos que ponerle una sonda pequeñita, ya que es imposible cogerle la muestra.

—Espera, déjame a mí. Si no se la puedo coger, la sondamos.

—Vale, y perdona, no me había acordado de que tienes mucha experiencia en esto.

Efectivamente, le quité el pañal a mi hija y, al ponerle la bolsita para recoger la muestra, mi niña se hizo pipí, con lo que no tuvimos que sondarla.

El tema de la extracción de sangre se lo dejé a otra de mis compañeras, pues, con el temblor que tenía en las manos, no podría hacerlo bien y terminaría haciéndole daño.

Dos horas después, durante las que David no se movió de nuestro lado, teníamos los resultados.

Al parecer, la niña era alérgica a uno de los componentes de esa marca de pañales, y eso le había provocado una infección de orina, por lo que, aparte de ponerle antibiótico, me aconsejaron cambiar de marca.

No dudé en enviar a mi padre a una farmacia de guardia para que me comprara una caja de los nuevos que me habían recomendado. A todo esto, de su padre no había ni rastro, ni cogía el teléfono.

Amanecía cuando salimos de ese box, con la niña sin fiebre y con los nervios ya más calmados.

—Gracias, David. Por una vez en su vida, mi marido ha hecho algo bueno, y es elegirte como padrino.

—Ha hecho bien muchas más cosas, como casarte contigo y engendrar a mi ahijada.

—Creo que eso es lo único bueno que tengo de este matrimonio.