Llegaste de imprevisto Capítulo 5
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Capítulo 5

Llegó el momento del bautizo de Dara y, tal y como sucedió en la boda, había gente que no había visto más de una vez en mi vida.

Para mis suegros, cualquier acontecimiento era el momento idóneo para presumir de familia perfecta, cuando la nuestra quedaba muy lejos de serlo.

Yo tenía muy claro quién sería la madrina de mi hija, y no era otra que mi amiga Sofía, aunque eso me costara un enfado con mi hermana Valeria.

—No te preocupes, Alexia, lo tenía claro desde el primer momento.

—Gracias, Valeria, por entenderme, pero tenía que ser ella, no podía ser otra.

—¿Crees que yo no sé que fue ella la que estuvo contigo en el paritorio?

—¿Cómo sabes eso?

—No ha sido ella, es que el ginecólogo que te atendió es cliente de mi oficina, al que hemos llevado su divorcio, y fue quien me lo contó, como algo anecdótico.

—Es que Nacho tenía una cena de negocios y se dejó el teléfono en casa…

—Mira, que no le haya dicho nada no significa que vaya a permitir que tú lo justifiques.

—Vale, pero dejemos el tema. Por favor, te lo pido, que todavía me queda decirle que la madrina de Dara será Sofía, y me espera otra bronca.

—Está bien, pero, si algún día necesitas algo, sabes que las puertas de mi casa las tienes abiertas.

—Te quiero, hermanita.

Nos dimos un abrazo y nos despedimos, pues yo tenía que volver y estar en casa antes de que Nacho llegara del trabajo.

Ese fue el requisito que me puso para cuando quisiera salir y él no pudiera acompañarme. Que, cuando volviera, ya estuviéramos allí, con la mesa puesta y la cena preparada, y todavía tenía que bañar a Dara.

Mi marido no había cogido a la niña en brazos todavía. Según él, era demasiado pequeña y se le podía caer. Como mucho, se asomaba a la cuna o al coche para mirarla. Ni siquiera un beso le había dado.

Llegó justo cuando estaba terminando de darle el pecho a nuestra hija, pero ya tenía la cena lista y la mesa puesta.

Hoy, precisamente, no quería que hubiera una discusión por eso, ya que teníamos que hablar del tema de los padrinos, a los que tendríamos que avisar, porque el bautizo de Dara era la siguiente semana.

Entre los dos decidimos que el padrino lo elegía él y la madrina la elegiría yo, pero que no podía ser nadie de la familia, para no hacer sentir mal a ninguno.

—Nacho, ¿has pensado ya quién será el padrino de Dara?

—Por supuesto, será David, mi amigo de la infancia.

—¿Quién es ese? Que no es que esté en contra de que sea o no, es que no lo conozco. En la vida te he oído hablar de él, la verdad.

—No empieces con tus paranoias, te lo pido por favor. ¿Quieres conocerlo antes del bautizo? Pues muy bien, el sábado dejas a Dara con alguien y salimos, que mi prima hace una fiesta de cumpleaños a su novio y allí te lo presento.

—¿Desde cuándo sabes lo de la fiesta? Porque no creo que te lo haya dicho esta mañana.

—No, lo sé desde hace un mes, pero, como la niña era pequeña, iba a acudir yo solo.

No me podía creer lo que estaba escuchando. Yo, si salía, tenía que ser con la niña y con toque de queda, mientras que él seguía haciendo vida de soltero, sin consultar conmigo.

¿Pero qué volví a hacer? Pues, callarme. Seguir tragando con todo lo que él decidía, ya que no quería que me tachara otra vez de dramática o de quejumbrosa.

—¿Y tú, quién será la madrina? Aunque supongo que será Sofía, me gustaría que fuera mi prima Marta. Al fin y al cabo, si no llega a ser por ella, nunca nos hubiéramos cruzado.

—Pues no te equivocas, será Sofía, y esta vez no pienso ceder. Se lo merece de sobra y, además, dijimos que nadie de la familia…

—Vale, vale, haz lo que quieras, no tengo ganas de discutir, que vengo muy cansado.

—¿Vas a cenar antes?

—No, me daré una ducha y me iré a la cama. El cansancio y el sueño me pueden.

Como para que no le pudieran, cuando anoche llegó a casa pasadas las dos de la madrugada. Según él, venía de una reunión que se había alargado, pero olía a todo menos a eso.

Quité la mesa, pues, para mí sola, no necesitaba tanta parafernalia. Dejé la lasaña que había preparado para el almuerzo del día siguiente, y me preparé un sándwich, que me comí sentada en el sofá, con la única compañía de la televisión, que sonaba de fondo.

Una vez que me terminé el sándwich, que me comí sin ganas, porque tenía que alimentarme para que a mi hija, al tomar el pecho, no le faltara ninguna vitamina esencial, apagué la televisión y me fui a la cama.

Antes de entrar en nuestra habitación, pasé por el baño, porque él no tenía el detalle de recoger la ropa sucia y meterla en la canasta. La dejaba tirada por el suelo.

Fue al coger una de sus camisas cuando algo me llamó la atención. Era una mancha de labial rojo que tenía en el hombro, y os prometo que me descompuse.

¿Qué hacía? ¿Le pedía explicaciones o lo dejaba pasar? No, esto último no podía hacerlo, o me estaría comiendo la cabeza hasta que lo soltara.

Por eso, entré en la habitación, donde estaba Nacho con su móvil en la mano, mirando no sé qué, y me planté delante de él con la camisa colgada del brazo, de manera que se viera claramente la mancha.

—¿Me puedes explicar esto?

No grité, no armé ningún escándalo. Lo pregunté aparentando mucha tranquilidad y queriendo escuchar cuál era el motivo por el que tenía esa mancha.

—No le busques tres pies al gato, que no es nada de lo que estás pensando.

—No pretendo armar un escándalo ni me estoy imaginando nada. Tan solo quiero que me expliques.

—¿Y tiene que ser ahora? Porque estoy muy cansado.

—Sí, tiene que ser ahora. Además, muy cansado no estarás cuando estás con el móvil todavía.

—Está bien, no me apetece discutir. Ha sido mi compañera, que ha tropezado y se ha chocado conmigo, manchando mi camisa. Como verás, no tiene ninguna otra mancha. Ahora, déjame dormir y, si la niña está revuelta esta noche, será mejor que duermas con ella en la otra habitación.

No sabía si era cierto o no, pero su segundo comentario, ese en el que nos echaba de la habitación, me resultó todavía más doloroso que esa mancha de la camisa.

¿Cómo iba a saber yo si la niña estaría revuelta o no? Era un bebé, por el amor de Dios, y su única manera de comunicarse era a través del llanto.

Cogí el moisés de mi niña y lo llevé hasta la habitación de invitados, donde iba a dormir esa noche, al igual que todo lo que iba a necesitar para cambiarla y demás.

Allí no tenía mi butaca de lactancia y me resultaría un poquito más incómodo hacerlo. Por eso, no me lo pensé, entré en mi habitación y la cogí, llevándola hasta el otro dormitorio.

Podríais pensar que me ayudó a sacarla, pero no se movió de la cama. Lo único que me dijo fue que cerrara la puerta al salir, para no escuchar el ruido que hacía al darle de mamar a la niña.

Dara no tenía su propia habitación. Su padre decía que era demasiado pequeña para hacer un desembolso de ese tipo y que, cuando fuera más mayor y tuviera que dormir fuera de nuestro dormitorio, lo miraríamos.

Esa noche lloré por todo. No solo por haberme tenido que marchar del cuarto, sino por la indiferencia que sentía de Nacho, por el desprecio con el que hablaba de nuestra hija y por todo lo que estaba aguantando por amor. O al menos eso pensaba.

Llegó el momento de la fiesta, y le dejé la niña a mi madre, pues a mi suegra no se la dejaría en la vida, que capaz era de quitármela y no devolvérmela.

No tenía nada que ponerme, pues, con el embarazo y después de dar a luz, todavía no había recuperado del todo mi figura y, aunque la ropa anterior me quedaba bien, me sentía de lo más insegura.

—Sofía, te necesito, pero no quiero nada extravagante ni llamativo, por favor.

—Ven, que te busco algo en mi armario, pero no irás vestida como si te hubieras puesto un saco de patatas por encima, que es como te veo últimamente.

—Gracias, no sé qué haría sin ti, te lo prometo.

—Pues lo mismo, pero con menos estilo, chavala.

Mientras Sofía rebuscaba en su armario, le conté que ella sería la madrina de Dara, y no pudo hacer otra cosa que abrazarme y darme un beso en la mejilla. Uno que necesitaba, aunque no lo supiera.

Al final, me vestí en su casa, pues iba con el tiempo justo. Nacho me dijo que nos veríamos en la puerta del local, que fue el mismo en el que nos conocimos.

Me había puesto un pantalón de talle alto, tipo palazzo , en color camel, y lo combiné con un top en beige , de punto, con tirante ancho y escote en V, bastante pronunciado, pero sin resultar vulgar.

Como ambas teníamos el mismo número de pie, me dejó unas cuñas de esparto de tiras en los dos colores y el bolso a conjunto.

Recogí mi pelo en un moño bajo, informal, y me puse un poquito de maquillaje, que me hacía falta para tapar mis ojeras. Por primera vez en mucho tiempo, me vi realmente guapa.

—Estás preciosa, amiga. Si tu marido no lo ve, es porque tendrá que operarse de la vista.

—O porque tiene la visión puesta en otro lado, que también puede ser.

—Pues, si eso es verdad, ya sabes lo que tienes que hacer. Lo mandas de excursión a tomar por culo, pero con billete de ida y no de vuelta.

Solté una carcajada ligera, como hacía mucho tiempo que no soltaba, y me gustó cómo me sentí, pero también sabía que sería algo transitorio, hasta que llegara allí y mi marido soltara alguna de sus gracias por esa boquita.

Había pedido un taxi y ya me habían avisado de que me esperaba en la puerta, por lo que me apresuré a despedirme de Sofía y salir a la calle. Me subí y le indiqué al conductor la dirección a la que me tenía que llevar.

Me bajé del taxi temblando, pues no sabía lo que me iba a encontrar ahí dentro. Esa fobia de estar entre desconocidos y sentirme fuera de lugar no se había marchado de mi cuerpo.

—Menos mal que llegas, siempre tienes que ser la última en todo.

—He tenido que arreglar a la niña antes de venir.

—Sí, y pintarte como una puerta, porque vaya la hechurita que me traes.

Sí, ese fue el recibimiento de mi marido. Nada de «te estaba esperando, cariño» o «qué guapa te has puesto hoy», y eso, por mucho que no quisieras, le minaba la moral a cualquiera.

Entramos y allí estaban todos, incluida Salma, que no dudó en venir y darme un abrazo para preguntarme cómo estaba.

—Chica, a ver cuándo me das un recibimiento así, que sentir ese pecho contra el mío tiene que ser una gozada —le dijo Nacho, humillándome de nuevo.

—Pues tu mujer tampoco se queda atrás en delantera, chico —contestó ella.

—Sí, pero lo de mi mujer no es natural. Eso es una central lechera, ¿o no ves que parecen dos ubres?

Respiré hondo, porque, si soltaba por mi boca todo lo que pasaba por mi cabeza, aquello acababa con alguien en la morgue y otra persona en comisaría. Y no sabría decir muy bien quién iría a cada lugar.