Llegaste de imprevisto Capítulo 4
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Capítulo 4

Y nació mi hija, un veintiocho de mayo, a las dos y cuarto de la madrugada. No, mi marido no estaba conmigo. Aun sabiendo que estaba cumplida y que podría dar a luz en cualquier momento, él se marchó a una cena de negocios.

—No seas dramática, Alexia, por favor. ¿Cuántas mujeres dan a luz en medio de una selva y no les ocurre absolutamente nada?

—Ya, pero es que yo no vivo en medio de la selva.

—Pues más a mi favor. Si te empiezas a encontrar mal, me llamas y en media hora estoy aquí.

Y yo, otra vez, le creí. Efectivamente, rompí aguas como una hora después de que se marchara y, por más que lo llamé, no me contestó a ninguna llamada, ni mensaje, ni absolutamente a nada, llegando incluso a apagar el teléfono.

Me moría de pena, pues siempre había imaginado este momento cogida de su mano, sintiendo su apoyo, y no tenía a nadie.

Podía llamar a mi hermana, o incluso a mis padres, pero no quería tener que dar explicaciones y que insistieran en lo mismo una y otra vez. Mucho menos ahora, que estaba a punto de nacer mi hija.

¿Qué hice? Pues llamé a la única persona que sabía que ni me fallaría ni me juzgaría. A mi amiga del alma, a mi sostén en momentos así.

—Sofía, me acabo de poner de parto y no localizo a Nacho…

—Ve cogiendo todo, que voy para allá en un taxi.

Nada más. No hubo preguntas, no hubo reproches. Tan solo mi mejor amiga actuando como mi mejor amiga.

Quince minutos después, estábamos entrando por el hospital. No quise que avisara a nadie, ni a mis padres ni a mis suegros, y ella lo respetó. Ya lo haría yo al día siguiente, cuando me encontrara con las fuerzas suficientes.

Escuchar el llanto de mi hija, porque fue una niña, la más bonita del mundo, hizo que el mío tuviera también rienda suelta para salir.

No fue un parto excesivamente complicado y tan solo me tuvieron que poner un punto, por lo que, al día siguiente, podría estar ya de pie.

Mi niña nació completamente sana y con una fuerza que me decía que llegaba al mundo para pisar fuerte, para no dejarse amilanar por nada ni por nadie.

—Me quedo contigo hasta que al cabrón de tu marido le dé por aparecer, porque supongo que le habrás dejado mil mensajes, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas, pero tenía una cena muy importante a la que no podía faltar.

—Claro que no, por eso tenía el móvil encima de la mesa.

—Será que estaría cerrando un trato o algo así.

—Sabes que no te juzgo ni te digo nada, pero el trato más importante lo tenía que haber hecho aquí, contigo, y viendo cómo nacía vuestra hija.

—Lo sé, pero…

—Haz lo que quieras, pero no lo justifiques más, por favor. Estaré a tu lado siempre, pero me duele lo que estás haciendo con tu vida.

Mi hija había nacido en el mismo hospital en el que ambas trabajábamos, por lo que nos dieron una habitación individual, que era lo que pagaba nuestro seguro privado, ese que teníamos todos los empleados de la clínica.

¿Cuándo se dignó a aparecer mi marido? Pues a las ocho de la mañana, con signos de haber estado de fiesta y con un olor a alcohol que tiraba para detrás.

—¿Se puede saber qué hace ella aquí? —dijo, casi balbuceando.

—Ocupando tu lugar, campeón. Alexia, me marcho, no quiero decir ni hacer algo que te pueda perjudicar. Si me necesitas, no dudes en llamarme.

—Sofía, por favor, no les digas a mis padres ni a mi hermana que he dado a luz sola.

—No lo has hecho, estaba ella, aunque deberías haber llamado a mi madre, que es la que tenía que haber estado —me contestó.

Sofía negó con la cabeza y se marchó de allí, no sin antes darme un beso a mí en la mejilla y otro a la niña en la cabecita, a la que yo tenía en brazos, dándole de mamar.

Esperé a que estuviéramos solos y ahí sí que no me callé. No podía, se lo debía a mi hija.

—El que tendrías que haber estado aquí eres tú. Ni tu madre, ni la mía, ni Sofía.

—No vayas a empezar, Alexia, que me duele la cabeza.

—Claro que te duele. Lo extraño sería que no lo hiciera, si apestas a alcohol que tiras para atrás.

—¿Te atreves a llamarme borracho?

—No te estoy diciendo que seas un borracho, pero sí que esta noche has bebido todo lo que te has encontrado por el camino.

—Mira, será mejor que me marche y vaya a casa a descansar. Ya vendré cuando me despierte.

Y sí, salió de allí como si me hubieran operado de apendicitis, sin ni siquiera mirar a su hija, y eso me dolió en el alma, no lo voy a negar.

Minutos después entraron mis padres junto a mi hermana, cargados de regalitos para la niña.

Eso me hizo pensar en algo. Su padre no le había traído ni un chupete, pero tenía que disimular, pues no tenía la cabeza en esos momentos para más reproches ni consejos.

—¿Cómo se llama mi nieta? Porque no lo habéis dicho hasta ahora, y digo yo que tendrá un nombre —preguntó mi madre.

—Se llama Dara.

—Dara de la Vega, suena muy bien —dijo mi padre.

Si no habíamos dicho todavía el nombre, era porque su padre ni se había dignado a sentarse conmigo a elegirlo.

Cada vez que le sacaba el tema, me decía que ya tendríamos tiempo, y había llegado el momento del parto y no lo habíamos hablado. Por eso, le puse el nombre que me gustó a mí. Si no le gustaba, pues que hubiera estado pendiente.

Mis padres no se atrevieron a preguntar por mi marido, pues sabían que, como sacaran el tema, se iba a armar la marimorena.

Mi hermana no paraba de hacerle carantoñas a su sobrina, al igual que mi padre, que la cogió un par de veces, hasta que se la quitaba mi madre de los brazos.

Estuvieron allí hasta bien entrada la tarde, momento en el que se tuvieron que marchar, pues venían los fontaneros por una avería que tenían en la cocina.

Me quedé sola con mi hija y me senté en la butaca a darle de mamar, pues ya estaba protestando porque tenía hambre.

Estaba en ello cuando llegó mi marido con sus padres, que entraron haciendo aspavientos por haber llamado a mi amiga en vez de a ellos, que, encima, vivían a media hora de mi casa.

—A ver, dame a mi nieta, que voy a darle un abrazo y un beso —dijo mi suegra.

—Lucrecia, está comiendo ahora mismo. En cuanto termine, te dejaré que la cojas —respondí, amablemente.

—Alexia, si mi madre quiere coger a la niña, se deja todo lo que estés haciendo y se la das.

—¿Perdona? ¿Cómo voy a quitar a la niña del pecho para que se quede dormida y no lo vuelva a coger?

—Hija, si se queda dormida, será porque ya no tiene más hambre. Ya pedirá de comer más tarde —dijo Lucrecia, quitándome a la niña de los brazos.

Justo cuando iba a hacer eso, entró una de mis compañeras, pediatra, que corrigió a mi suegra.

—Señora, cuando un bebé está comiendo, no se le interrumpe. ¿Acaso a usted le gustaría que alguien le quitara un langostino de la boca? ¿Verdad que no? Pues, cuando termine, la coge.

Mi marido me miró de una manera que ponía los vellos de punta, como si yo tuviera la culpa de todo, y me hizo agachar la cabeza, mezcla de miedo y vergüenza.

Pero eso no fue todo, porque el momento álgido llegó cuando dije el nombre de la niña.

No os podéis imaginar todo lo que tuve que escuchar, desde que había elegido sin consultar hasta que pensaban que elegiría el nombre de Lucrecia, cuando eso era lo último que se me había pasado por la cabeza.

Al final, no tuvieron más remedio que aguantarse, porque la niña ya estaba registrada con ese nombre, que era el que a mí me gustaba y el que yo había pensado para ella.

Otro motivo de conflicto fue cuando le dije a Nacho que le cambiara el pañal a la niña, que yo necesitaba ir un momento al baño, pues la sangre de la cuarentena la sentía caer por mis piernas.

—Ni se te ocurra pedirle eso a mi hijo. Si tienes que ir al baño, o la cambias antes de entrar, o que se espere a que tú termines.

—No es nada fuera de lo común. Es tanto su hija como la mía, y ambos tenemos que colaborar.

—Mi marido jamás ha cambiado un pañal y también es su padre.

No quise seguir discutiendo. Cambié a mi hija y, a continuación, entré en el baño a darme una ducha y cambiarme de ropa.