Capítulo 3
Ese día fue el inicio de una serie de humillaciones públicas por parte de mi marido.
La primera fue a los tres meses de casados, en la primera Navidad que pasamos como matrimonio y que celebramos en casa de sus padres.
Por supuesto, mi familia no estaba invitada a tal evento, aunque sí que acudieron todos los suyos, incluidos primos y tíos. Para los míos ya no había sitio.
Estábamos en la mesa, cenando, cuando alguien de su familia nos preguntó algo, lo típico que suelen preguntar las personas mayores cuando alguien se ha casado hacía poco.
—Bueno, ¿y los niños para cuándo? ¿Cuándo vais a formar una familia juntos? —nos preguntó su tía, sin maldad ninguna.
—¿Yo? ¿Ser padre con ella? ¡Dios me libre! Con lo sentimental y quejumbrosa que es, me saldría el bebé de esos que se pasan el día llorando. ¡Ni loco!
—Primo, di que sí, que te saldrían doña Quejas y don Lloros —dijo su prima, Marta.
Sí, la misma persona que me lo había presentado. Aquella que yo pensaba que era mi amiga se estaba burlando de mí.
Todos en la mesa soltaron una carcajada. Lo que provocó fue que mi marido se hinchara como un pavo y continuara con esa humillación durante mucho más tiempo.
¿Qué hice yo? Agachar la cabeza, tragarme las lágrimas y pintar una sonrisa en mis labios. Ya le diría luego que me había sentado mal.
La cena terminó y, como no me sentía a gusto allí, rodeada de todos los que le reían las gracias a mi marido, decidí retirarme.
—Si me disculpáis, yo me marcho a mi habitación.
—¿Ya vas a empezar con los enfados? Desde luego, hija, qué cierto es eso que ha dicho mi hijo. Te enfadas por nada.
—¿Le parece bonito lo que ha dicho su hijo delante de toda la familia? Porque a mí no.
—Amor, ha sido una broma, no te marches, por favor.
Como siempre hacía, lo tapó con el argumento de que era una broma, de que no quería hacerme daño y de que, por supuesto, no pensaba eso.
Y yo, también como era habitual, en vez de rebelarme y marcharme, no a la habitación, sino a mi casa, lo creí y permanecí allí.
Por un momento pensé que la cosa quedaría ahí, pero nada más lejos de la realidad, porque, al parecer, no tuvo suficiente con lo que había dicho y hecho.
Fue el momento de los regalos y, mientras todos abrían los suyos, mi marido dijo que el mío lo dejaríamos para el final.
Pensé que sería algo tan especial o espectacular que quería que todos lo vieran, así que no dije nada. Me callé y esperé.
Y llegó el momento. Vi cómo Nacho miraba a su madre con una sonrisa, y me llegué a poner hasta nerviosa cuando se acercó a mí con una caja con un papel brillante.
Pensé que serían los billetes de nuestra aplazada luna de miel, pues no nos pudimos ir de viaje de novios, ya que mi marido tenía entre manos un proyecto importante que tenía que presentar en un mes.
¡Qué idiota fui! Abrí el paquete con toda la ilusión del mundo, encontrándome con varias cajas de pañuelos de papel, en diferentes colores y olores.
—¿A que es tu regalo ideal? —dijo Nacho.
Para hacer la broma, de nuevo, y sin pensar en mis sentimientos. No pude evitar que dos lágrimas cubrieran mi rostro, y me levanté, sin decir absolutamente nada.
Nacho vino detrás de mí, pero no arrepentido. No con pesar de haberme dejado en ridículo delante de todos, sino acusándome de tomármelo todo demasiado a pecho.
—Venga, Alexia, no seas tonta, que ha sido una broma.
—¿Una broma? Para ti todo es una broma, Nacho, y a mí no me hace ni puta gracia.
—Anda, entra, con lo que yo te quiero. No me lo tomes a mal, preciosa, que es un día muy señalado para dar un escándalo.
Lo sé, tenía que haber salido de allí cagando leches, pero no lo hice. Volví a bajar mis defensas en cuanto me dio un beso y me tomó por la cintura para que entráramos.
Si os preguntáis si hubo otro regalo para mí, la respuesta fue no, pero en mayúsculas, subrayado y en negrita.
En mi familia no se estilaba dar los regalos en Nochebuena, sino que nosotros los dábamos el día de Reyes, así que quise pensar que me lo darían ese día.
Y llegó el día de Reyes. Ahí sí que no di mi brazo a torcer, y le dije a mi marido que comíamos en casa de mis padres.
Él se buscó una excusa de trabajo y salió de viaje el día cinco por la mañana. No volvería hasta el día siete, así que esos días los pasé con mi familia.
Allí sí que tuve regalos, y a cada cual más bonito. Incluso él tuvo los suyos, que le daría al día siguiente, en cuanto volviera de su viaje de negocios, momento en el que esperaba que me diera también los míos.
Sí, tal y como estáis pensando, para mí no hubo nada, ni por su parte ni por parte de mis suegros.
A mi familia le dije que me habían regalado una experiencia de spa y masaje, a la que acudiría en cuanto tuviera tiempo.
Y llegó de nuevo el cumpleaños de Marta, en el que yo estaba embarazada de doce semanas y ya se me empezaba a notar.
Ese fue otro momento que guardaré para toda mi vida. El instante en el que, con toda la ilusión y la alegría del mundo, le dije que íbamos a ser padres.
—Parece que no te hace ilusión, Nacho.
—Es que, siendo sincero, no me la hace, pero bueno, ya no lo podemos devolver, a no ser que tú quieras…
—No vayas a terminar esa frase si quieres seguir a mi lado. No pienso abortar y, si no quieres a este bebé, su madre lo querrá por los dos.
—Yo no he dicho eso, no empieces a darle la vuelta a la tortilla, que se te da muy bien.
—Ah, ¿no? Me acabas de insinuar que aborte, Nacho. Creo que poca interpretación tienen esas palabras.
—Porque preferiría haber esperado un par de años para ser padres, pero da igual, a su casa viene.
—A su casa viene, como si fuera un cachorrito de perro…
—Venga, no empieces, que no tengo ganas de discutir.
Esas palabras no se me olvidarán en la vida, pero decidí dejarlas a un lado porque, ciertamente, se había preocupado de cómo iba todo. Incluso me había acompañado la primera vez al ginecólogo.
Estábamos en un restaurante, donde se encontraban todos los amigos de Marta, incluida Salma, una compañera de trabajo de lo más exuberante y que hacía que todos los hombres se volvieran a mirar por la manera en la que se vestía. Que no digo que esté mal, que cada uno se viste como le da la gana.
Nacho se empeñó en que nos sentáramos enfrente de ella y no apartaba la vista de su escote, haciéndome sentir incómoda.
Pero no se quedó en eso, en esa mirada de deseo que le estaba mostrando, sino en los comentarios que hizo a continuación.
—Ay, Salma, si te hubiera conocido antes, no dudes que no estaría casado con ella.
—Nacho, no digas esas cosas, por favor, que están muy feas, mucho más delante de tu mujer.
—Hija, ¿qué quieres que te diga, si es lo que siento?
—Vamos, que si Salma te dice ven… —le dijo Marta, siguiéndole el juego.
—Lo dejo todo, como la canción —respondió él.
—Pues tu mujer es preciosa, que lo sepas —insistió Salma, a la que se lo agradecí.
—Ya, pero mírala ahora, con esa barriga que empieza a sobresalir y que la hace parecer un tonel. Nada que ver con esa figura estilizada y ese culazo que te gastas, chica.
No pude más y me levanté para ir al baño, donde lloré lo más grande. Ninguno de los dos fue capaz de venir a ver qué me ocurría. Quien sí lo hizo fue Salma.
—¿Te encuentras bien? Bueno, qué pregunta más tonta, está claro que no.
—No te preocupes, tú no tienes la culpa.
—No, pero no por ello me siento bien. Tu marido no debería haber dicho esas cosas.
—Ya estoy acostumbrada, pierde cuidado.
—Pues una mujer no se debe acostumbrar a eso…
—Él lo hace a modo de broma, no es mal tipo, de verdad.
—Ya, pero eso, en mi tierra, es un tipo de maltrato. No hace falta que te levanten la mano para que te consideren una mujer maltratada.
—No, mujer, tampoco es para tanto.
Salí de allí y, al llegar juntas a la mesa, mi marido lo volvió a hacer. Provocó la risa de todos, menos la nuestra.
—Mira, lo que pides por AliExpress versus lo que te llega.
Quise agachar la cabeza, pero Salma no me dejó, y me dio un abrazo para demostrarme que no estaba de acuerdo con esos comentarios.