Llegaste de imprevisto Capítulo 2
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Capítulo 2

Durante los dos años que estuvimos de novios, y que fue el tiempo necesario para que yo terminara mi carrera, se mostró como un caballero, haciéndome sentir como una diosa, su diosa.

A Sofía no es que le cayera mal, pero siempre me decía que no podía ser tan perfecto, que algo debía tener malo.

—Sofi, te prometo que es así siempre, y me tiene de lo más enamorada.

—No sé, Alexia, llámame desconfiada, pero es que no me lo creo.

—Sí, eso es, eres una desconfiada, porque es el hombre ideal para mí.

Para mis padres era el yerno perfecto, pero no para mi hermana mayor, Valeria, a la que nunca le gustó.

Valeria tenía veinticinco años y trabajaba como abogada en uno de los bufetes más importantes de la ciudad.

Nacho había terminado arquitectura el mismo año en el que nos conocimos y entró a trabajar en el despacho de su padre, compartiendo con él proyectos bastante exclusivos.

Esa misma noche invitó a toda la familia a una cena, pues decía que tenía que decirnos algo importante.

—Estoy nerviosa, mamá, y no sé qué ponerme.

—Hija, con lo que te pongas, estarás preciosa. Además, tu novio solo tiene ojos para ti —me dijo mi madre.

—Sí, lo que tú digas, mamá. A mí no me engaña, y este no es como se está mostrando —contestó mi hermana Valeria.

—No vayas a empezar como Sofía. Nacho es así, en público y en privado, que ya estoy harta de que especuléis sobre cómo es o deja de ser.

—Porque Sofía, al igual que yo, lo ha calado, y no tardará mucho en dar la cara. Acuérdate de lo que te estoy diciendo.

No quise escuchar más y me marché a mi habitación, donde me puse a buscar el atuendo ideal para esa noche.

La cena sería en un restaurante con estrella Michelin, por lo que tenía que ir acorde al lugar.

Al final, me decanté por un vestido azul marino, estrecho y con las mangas de gasa. Me llegaba por encima de la rodilla y tenía el escote en V. Lo combiné con unas sandalias plateadas, pues ya estábamos casi en verano y era lo que apetecía.

Los padres de Nacho, Ignacio y Lucrecia, no me miraban mal, pero tampoco era un derroche de amor el que me daban, y eso era otro de los motivos por los que tanto mi hermana como mi amiga desconfiaban.

—Estás preciosa, mi amor —me dijo Nacho en cuanto llegamos.

—Gracias, tú también estás muy guapo…

—Venga, vamos a dejarnos de piropos, que ya tenemos la mesa lista. Los agasajos los dejamos para más tarde, cuando estéis a solas —dijo Ignacio, en un tono de superioridad al que ya estaba acostumbrada.

Tras los saludos pertinentes, entramos a la cena, que transcurrió sin ningún percance y de manera tranquila, aunque los padres de Nacho tan solo hablaban entre ellos, como también era habitual.

A la hora de entrar los postres, encima de mi porción de tarta había un anillo precioso y de lo más elegante.

Justo cuando iba a preguntar qué significaba eso, al girar el rostro, me encontré a Nacho de rodillas, mirándome a los ojos y con esa sonrisa puesta que tanto me ponía.

—Amor, llevamos dos años juntos y creo que es el momento de dar un paso más en nuestra relación. ¿Quieres casarte conmigo?

—Sí, claro que quiero, lo quiero todo contigo.

Las lágrimas rodaban por mis mejillas, al igual que por las de mis padres. No fue así con el resto de los comensales, que nos miraban como si estuviéramos locos.

Era cierto que yo tenía veintiún años, a punto de cumplir los veintidós, y que tan solo llevaba un mes en mi trabajo, pero no encontré un momento mejor para unir mi vida a la suya.

El resto de la cena tuvo como protagonista esa boda. Nacho decía que no quería esperar ni un año ni dos, que quería que nos casáramos lo antes posible.

Yo, por mi parte, dije que quería una boda íntima, y eso fue el primer enfrentamiento con mis futuros suegros, que apuntaron que no, que ellos tenían muchos compromisos con los que tenían que cumplir.

Ese fue mi mayor error, empezar a ceder, porque pensaba que, por darles el gusto, no pasaba nada, a pesar de que sería el día más bonito de mi vida.

Fijamos la fecha el dos de septiembre, cuatro meses después. Mis suegros llamaron a un hotel para reservar uno de sus salones para la celebración, aunque yo no lo había visto en mi vida.

Pero el primer punto fuerte fue a la hora de elegir mi vestido de novia. Desde bien pequeña tenía en mi mente el estilo de vestido que quería, y ese fue el que iba buscando.

Iba acompañada de mi madre, mi suegra y mi hermana, ya que Sofía no pudo venir conmigo, pues estaba de guardia.

Lo encontré en la tercera tienda y me pareció precioso. Entré en el probador con él, acompañada de la chica de la tienda.

—¿Qué os parece? —les dije cuando salí al salón donde me esperaban todos.

—¿Quieres que sea sincera? —me preguntó mi suegra.

—Claro, para eso os he traído aquí, para que me deis vuestra más sincera opinión.

—Pues, en vez de una novia, pareces una fulana recién salida de un cabaré.

Tanto mi madre como mi hermana voltearon la cara, completamente asombradas por el comentario de mi suegra.

Valeria, como se conocía y sabía que iba a contestarle mal, se levantó y se marchó, mientras que mi madre, con todo el tacto posible, le hizo entender que estaba preciosa y que era mi elección, la de nadie más.

—Yo tan solo digo que ese tipo de vestidos no es el que le gusta a mi hijo para su futura mujer. Lo que vaya a disfrutar él no tiene por qué verlo los demás.

—Nadie va a ver nada, Lucrecia —le dije, algo avergonzada.

El vestido era de corte sirena, con la espalda descubierta, y lucía dos tirantes finos, tipo joya. La parte delantera tenía un escote profundo, pero ambos lados de los pechos estaban sujetos mediante una tela transparente, por lo que no se podían mover.

—¿Qué le falta a ese vestido para que vayas desnuda?

—Está bien, voy a mirar otro modelo…

—Yo tengo echada la vista a uno que a Nacho le encantará, pues es parecido al que llevó su prima en la boda y dijo que estaba preciosa.

Cuando se levantó para ir a buscarlo, mi madre me tomó de las manos, me miró a los ojos y me habló con el corazón en la mano.

—Alexia, si este es el vestido que te gusta, no pienses en lo que dirán los demás. Es tu día y eres tú la que tienes que decidir cómo tienes que ir vestida.

—Lo sé, mamá, pero tampoco quiero que Nacho se sienta incómodo. No solo es mi día, es también el suyo y, al fin y al cabo, tan solo es un vestido.

Mi madre me miró de una manera que me hizo entender que no solo era el hecho de no elegir ese vestido, sino lo que eso representaba, la manipulación a la que me estaba dejando someter.

Al final, elegí uno que, sin ser el que ella había elegido, tampoco correspondía con lo que a mí me gustaba.

El día de la boda había gente allí que no había visto en mi vida, pero no me puse a pensar en eso, sino en que, allí, en el altar, me estaba esperando el amor de mi vida.

—Estás guapísima, pero me esperaba otro tipo de vestido —me dijo mi ya marido al salir de la iglesia.

—Pues es el que tu madre me dijo que te gustaba… —contesté, un poquito avergonzada.

—No, querida, no tiene nada que ver con el que yo te aconsejé, pero no quería ser desagradable en ese momento —respondió mi suegra, de manera muy altanera.

—Pues, para no querer ser desagradable, tampoco la dejó usted que eligiera el que a ella le gustaba —reprochó mi hermana.

—Por supuesto que no, no iba a venir a la boda con mi hijo vestida como una vulgar ramera.

—Señora Lucrecia, yo jamás sería eso. A lo mejor tendría que mirar para el interior de su familia, porque he visto cada modelito…

—Alexia, no te voy a permitir que le hables así a mi madre, mucho menos en este día —me regañó Nacho.

Yo, en vez de enfrentarme a él, en lugar de decirle que la que me había insultado era ella a mí, agaché la cabeza, dándole así el privilegio de que pudiera humillarme cuanto quisiera.

En la celebración, mi marido, aquel que había sido el novio perfecto, prácticamente ni se acercó a mí, y la pena se apoderó de mi ser.