Llegaste de imprevisto Capítulo 1
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Llegaste de imprevisto

Llegaste de imprevisto

Por Jenny Del

© inepub.com

Capítulo 1

Hace diez años…

Estábamos en la universidad y Marta, una de nuestras compañeras de piso, nos avisó de que haría una fiesta en un local de moda para celebrar su cumpleaños.

No es que me apeteciera especialmente ir, mucho menos sabiendo que Sofía, mi mejor amiga desde la infancia, no podía asistir, pues volvía a casa para una boda.

—No seas tonta, Alexia, que te lo pasarás bien. Además, así me quedo más tranquila de que no estás sola en el piso.

—Está bien, pero que sepas que te echaré mucho de menos. Iré porque va gente a la que no conozco; ya sabes que no me gusta estar rodeada de desconocidos.

—Hija, que vas a una fiesta, no a un examen médico…

Mi amiga era así, de esas que, ante cualquier situación complicada, no dudaba en buscarle el lado positivo.

Espera, llevo un rato aquí contándoos mi historia y no me he presentado. ¡Vaya cabeza la mía!

Me llamo Alexia, tengo diecinueve años y soy estudiante de segundo curso de enfermería.

Mi sueño siempre había sido ser matrona o enfermera pediátrica, y no dudaré en conseguirlo, aunque me tenga que dejar las pestañas en ello.

Sofía era mi mejor amiga desde siempre. No recuerdo un solo momento de mi vida en el que no estuviera ella presente.

Nos conocimos en la guardería y, desde ese momento, fuimos inseparables, hasta el punto de que mi amiga renunció a una universidad prestigiosa para que pudiéramos vivir esta experiencia juntas.

Ella era mucho más inteligente que yo y era de las que sacaban sobresalientes sin esfuerzo, mientras que yo, para sacar un siete, me tenía que pasar muchas horas estudiando.

En mi vida, todo lo que había logrado fue a base de esfuerzo y constancia, y eso me lo recordaba siempre todas las mañanas, en cuanto me miraba al espejo.

Bueno, a lo que iba, al final sí que asistí a esa fiesta con Marta y, para ello, Sofía me ayudó a elegir la ropa que me iba a poner.

—No quiero nada llamativo.

—Pero tampoco queremos que parezcas una monja.

—Mujer, ni calva ni seis pelucas.

—Hija mía, tienes un cuerpazo y deberías sacarle partido, que siempre vas con esos vaqueros que han visto mejores tiempos.

—¿Qué quieres que me ponga para ir a clase, un vestido de fiesta?

—No, pero ahora no estamos eligiendo ropa para ir a clase, sino para ir de cumpleaños, y tengo justo lo que necesitas.

Sofía abrió su armario y sacó de su interior un vestido negro, estrecho y con un gran escote que me dejó con la boca abierta, así como unas botas altas en color camel y un abrigo del mismo color.

Como habéis supuesto, estábamos en invierno y en Salamanca, así que todo lo que nos pusiéramos encima sería bienvenido.

—¿No pretenderás que me ponga eso con el frío que hace?

—Por supuesto que te lo pondrás, hija. Te pones unas medias tupidas y listo.

—No habrá medias tupidas que puedan con este frío. Te recuerdo que esta noche estaremos a un grado de temperatura.

—Sí, pero no van a celebrar la fiesta en medio de la plaza y luego, en el interior de los locales, entre el baile y las copas, se termina sudando.

—Mira, da igual lo que te diga, siempre tendrás un argumento preparado para tirar por tierra lo que yo piense.

—Entonces, ¿para qué discutes conmigo si sabes que no vas a ganar nunca?

—También es verdad. Será mejor que me lo pruebe y le pida al cielo que no me sirva la talla.

—Eso no va a suceder, porque ambas tenemos la misma talla, chavala.

La miré con una cara que, si me hubiera valido, habría caído fulminada en ese mismo instante, mientras que ella soltaba una carcajada.

Me quité el pijama que me había puesto al salir de la ducha, busqué unas medias gorditas en mi cajón y me probé el vestido.

No me podía quedar mejor, tengo que reconocerlo y, por primera vez en mucho tiempo, me sentía guapa y, por qué no, sexi y empoderada.

—No se puede estar más guapa que tú, y eso que todavía no te has maquillado ni peinado.

—Ahí sí que no tengo nada que negociar: maquillaje minimalista y el pelo recogido, que luego me da mucho coraje que se me pegue a la frente cuando bailo.

—¿Piensas bailar y todo?

—Claro que sí, aunque no tenga a mi pareja de baile habitual, a la que echaré de menos.

Puse un puchero con la boca que a Sofía le hizo muchísima gracia. Era cierto, nosotras, cuando salíamos porque no teníamos ningún examen a la vista, nos la pasábamos bailando toda la noche.

—Anda, tonta, que yo también te echaré de menos, pero sabes que no puedo faltar a la boda de mi prima, me mataría.

—Lo sé, y tú también te lo tienes que pasar bien, a pesar de los pesares.

Sofía y su prima no es que se llevaran bien, precisamente, pero era la niña bonita de toda la familia. Si a mi amiga le hubiera dado por decir que no podía ir, a su propia madre le habría dado un infarto.

Terminé de arreglarme y cogí un taxi, a la vez que mi amiga se montaba en su coche para ir hasta el pueblo en el que habíamos nacido y que estaba a veinte minutos en coche de la ciudad.

Marta me estaba esperando allí, en la puerta del local, porque sabía que era capaz de volverme a casa si no conocía a nadie al llegar.

—Vamos, que te presentaré a la gente que no conoces.

—Verás, que tampoco hace falta. He visto que están allí algunas chicas de la universidad y me puedo ir con ellas.

—Ah, no, de eso nada. Venga, vamos a entrar, que nos están esperando.

Al entrar en el local, que los padres de Marta habían alquilado para este evento y en el que no entraría nadie más que los invitados a la fiesta, vi que estaba repleto de gente.

Estaba dividido en dos partes. En la de la derecha había una mesa enorme con todo tipo de viandas para cenar, además de una mesa de chucherías.

En la parte contraria estaba la barra para pedir las copas y la pista de baile. Lo que no sabía era dónde apagaría Marta las velas de la tarta, aunque, viendo el sillón que había al fondo de la pista, en el que había un globo con el número veinte, supuse que sería ahí.

De repente, al levantar la vista, lo vi. Era un chico guapísimo, algo mayor que nosotros y con unos ojos negros que me miraban con adoración.

—Ese es Nacho, mi primo. Ven, que te lo presento.

—No, no, de verdad que no hace falta.

—Pero si no os quitáis el ojo de encima el uno al otro, chica.

Sin darme cuenta, ya estaba ese chico a nuestro lado, con una sonrisa de esas que hacen que se te caigan las bragas.

—Hola, Martita, ¿no me presentas a tu amiga? —dijo Nacho, escaneándome de arriba abajo.

—Eso mismo le estaba diciendo a ella. Mira, es mi compañera de piso y de universidad, Alexia. Y él es mi primo favorito, Nacho.

—Encantada.

—No, encantada vas a estar más tarde —dijo Marta, riendo.

Mis mejillas debían estar rojas como un tomate, pero, gracias a las luces, no se tenía que notar mucho.

Nos dimos dos besos y sentir su mano apoyada en mi cintura me estremeció, poniéndome la piel de gallina.

Desde ese momento, no se separó de mí. Era un chico simpático, buen bailarín y que me hizo reír muchísimo.

Yo, a mis diecinueve años, no es que fuera virgen, pero casi, pues tan solo había salido con un chico en el último año de bachillerato, con el que perdí mi virginidad, pero tan solo lo hicimos un par de veces antes de cortar la relación.

Durante una de las canciones que bailamos, en el instante en el que me pegó a él, me besó y, ¡madre mía, qué beso!

Esa noche, entre nosotros, no pasó nada más, pero tuve claro que no me quería separar de él, que quería pasar el resto de mi vida a su lado, y pensé que él también quería lo mismo.

Nos estuvimos viendo casi todos los días, hasta que llegó un momento en el que me invitó a pasar el fin de semana con él en una casita que tenían sus padres en la sierra.

No me lo pensé y preparé la mochila, en la que metí una caja de preservativos, porque de ese fin de semana no iba a pasar que me acostara con él.

Y lo hicimos, haciendo que tocara el cielo con las manos. Era lo que me faltaba para saber que estaba hecho para mí.