19 Epílogo Ryan #5
Ryan llegó al orgasmo con la vista puesta en él, semen caliente sobre el abdomen y una contracción que hizo que David perdiera el ritmo durante un instante.
El placer siguió mientras Ryan disminuía la mano y el cuerpo respondía alrededor del pene, y David necesitó varias embestidas más antes de correrse dentro del preservativo, inclinándose sobre él cuando la tensión terminó por desordenarle también la respiración.
Durante unos segundos permanecieron cerca sin hablar, todavía dentro de la escena por pura inercia corporal.
Fue David quien la cerró de manera deliberada.
Salió con cuidado, se quitó el preservativo y después se deshizo de la camiseta y de los pantalones que habían sostenido parte de la fantasía. Cuando volvió a la cama estaba completamente desnudo, sin ningún resto visual del rol, y preguntó a Ryan cómo se sentía mientras le acercaba agua.
Ryan bebió antes de responder porque la garganta estaba seca y la cabeza todavía no funcionaba a velocidad habitual.
—Muy bien. Quiero repetirlo otro día, aunque quiero que algunas veces seas tú quien pida el juego.
Me ha gustado que dirigieras, pero no quiero que esto se convierta en un servicio que tú ejecutas porque descubrimos que me excita.
David se acomodó a su lado y recibió la observación sin tomársela como crítica.
—A mí también me ha excitado. Sobre todo porque sé exactamente cuánto te cuesta obedecer cuando nadie te está pagando por ello.
Pero quiero variar. Otro día puedo pedirte algo yo, o podemos usar la fantasía de otra manera.
No tengo intención de convertirme en una personalidad de internet con reglas permanentes.
Ryan soltó una risa cansada y apoyó la cabeza sobre su hombro.
La vuelta a la igualdad cotidiana resultaba casi tan importante como el juego: David acababa de tener permiso para darle órdenes, controlar parte del ritmo y utilizar fuerza; ahora podía escuchar una preferencia de Ryan sin que ninguna autoridad sobreviviera a la escena.
—También confirmo que tu política contra el equipo usado es sensata —admitió Ryan mientras recorría con un dedo una de las cicatrices del pecho—. No me hace feliz, pero la ropa limpia ha demostrado eficacia suficiente para mantener el protocolo.
David le besó el pelo. —Aprecio muchísimo esta aprobación regulatoria.
Permanecieron en la cama hasta que el calor y la necesidad de limpiar terminaron imponiendo obligaciones ordinarias.
Se ducharon sin convertir la intimidad posterior en otra secuencia sexual y bajaron después porque la cena seguía sin hacerse.
Ryan llevaba de nuevo la camiseta que había sacado del cajón; David se había puesto unos pantalones cómodos y, después de encontrar la ropa utilizada en el juego, la separó para lavarla como cualquier otra prenda.
La imagen provocó en Ryan una satisfacción ridícula. Había pasado meses intentando distinguir entre el hombre y el uniforme, y ahora podía disfrutar conscientemente de la fantasía sin volver a confundirlos.
Mientras David preparaba algo rápido para cenar, Ryan recogió las llaves que había dejado junto al teléfono.
La copia nueva ya estaba mezclada con las demás y necesitó un segundo para identificarla, lo que le pareció una mejora considerable respecto al primer día, cuando su presencia en el aro había ocupado demasiado espacio mental.
—Por cierto —dijo mientras guardaba el manojo en el bolsillo y se acercaba a ayudar con la comida—, si vas a empezar a llegar a casa con ese aspecto de instructor competente varias veces por semana, tendremos que establecer algún criterio para distinguir cuándo es solo ropa y cuándo estoy autorizado a empezar a elaborar escenarios.
David siguió cortando lo que tenía delante antes de responder, evitando convertir la conversación en otra tanda de remates.
—Puedes elaborar todos los escenarios que quieras.
Para ejecutarlos me preguntas. Yo haré lo mismo contigo.
Me parece un sistema bastante sostenible, incluso para alguien que ha requerido nueve meses de entrenamiento para aprender a usar una llave sin redactar términos y condiciones.
Ryan lo empujó suavemente con la cadera, suficiente para protestar sin interrumpir la cena.
La casa ya no le parecía un lugar al que tuviera que llegar en el momento exacto para justificar su presencia; esa tarde había entrado solo, había usado el cajón y había esperado a David sin pedir permiso adicional.
Ninguno de esos actos equivalía a vivir allí, y por primera vez la distinción resultaba fácil de mantener.
Terminaron de preparar la comida con el horario del día siguiente sobre la mesa.
David sabía cuándo debía estar en Moon Island; Ryan, como de costumbre, solo podía ofrecer una estimación bastante menos fiable de cuándo saldría del hospital.
Acordaron verse si la jornada lo permitía y, si Ryan llegaba primero, ya no necesitaban inventar dónde esperaría.
La llave se quedó en su bolsillo cuando salieron de la cocina para cenar.