20 Christopher Walsh
Por eso, cuando David le propuso que un viernes se encontraran a la salida de la academia para ir directamente a cenar, Ryan aceptó sin pensar que estuviera entrando en territorio ajeno.
Su jornada en Mass General terminó bastante más cerca de la hora prevista de lo que su experiencia aconsejaba esperar y llegó a Moon Island con unos minutos de margen, cansado pero presentable, la mochila sobre un hombro y el teléfono en la mano porque David acababa de escribirle que saldría enseguida.
Ryan se quedó en la zona donde habían acordado encontrarse y respondió un mensaje del hospital mientras esperaba.
La tarde todavía conservaba el calor del verano, aunque el viento alrededor de la isla lo reducía hasta una temperatura soportable.
Desde donde estaba podía ver movimiento de personas terminando la jornada y distinguir a David antes de escuchar su voz, en parte porque seguía siendo absurdamente fácil localizarlo dentro de un grupo.
Incluso vestido con ropa de trabajo corriente, sin equipo operativo y con una carpeta bajo el brazo, su tamaño hacía que las otras figuras parecieran ordenarse alrededor.
Venía acompañado por otro hombre.
Ryan no le concedió importancia hasta que ambos estuvieron lo bastante cerca para que algunas palabras llegaran por encima del ruido ambiente.
El desconocido tenía aproximadamente la generación de David, cabello oscuro mezclado con gris y una forma de caminar a su lado que carecía de la ligera cautela con que la gente que acababa de conocerlo solía calibrar su espacio.
Estaban discutiendo sobre material de una sesión y el otro hombre interrumpió una explicación para recordarle una historia que, al parecer, llevaba muchos años siendo utilizable contra David.
—Sigues haciendo lo mismo con las carpetas —decía mientras golpeaba con un dedo el borde de la que David llevaba—. Cambian los títulos, cambian los participantes y tú continúas convencido de que cualquier problema humano puede reducirse un cuarenta por ciento si alguien etiqueta bien el papel.
David no necesitó preguntar a qué se refería. —Eso lo dice el hombre que una vez llegó a un curso sin bolígrafo, se pasó dos días pidiendo los míos y al final se llevó el mejor.
—Me lo regalaste porque no querías admitir que habías comprado un paquete de doce exactamente iguales.
La conversación contenía años. Ryan lo supo antes de conocer la naturaleza exacta de esos años; no por el contenido, que era ridículo, sino porque ninguno explicaba nada al otro.
Una carpeta podía invocar otro curso, otro edificio y una versión anterior de ambos sin necesidad de colocar coordenadas.
Ryan había oído esa clase de shorthand entre David y Michael, también entre David y Jennifer, e incluso entre David y Olivia cuando una palabra bastaba para reactivar alguna discusión doméstica de hacía diez años.
Hasta aquel momento no había pensado demasiado en que podía existir con otro hombre que hubiera sido pareja de David.
El desconocido fue el primero en verlo esperando. Tocó el brazo de David para cortar la conversación y señaló discretamente hacia Ryan. David siguió la dirección, encontró su mirada y sonrió con la facilidad que todavía conseguía afectar a Ryan incluso después de casi un año.
Se acercaron juntos.
—Has llegado antes que yo, cosa que pienso registrar por si un día vuelves a acusarme de optimismo con los horarios —dijo David mientras rozaba la cintura de Ryan antes de besarlo brevemente.
Después se volvió hacia el otro hombre y la manera en que hizo la presentación impidió cualquier periodo de especulación—.
Ryan, este es Christopher Walsh. Christopher y yo estuvimos juntos hace años.
Hoy ha venido como invitado para una parte de la formación y ha decidido aprovechar la ocasión para difamar mis métodos de organización. Christopher, Ryan Lee, mi pareja.
Ryan había atravesado suficientes conversaciones difíciles durante los últimos meses como para reconocer que David acababa de proporcionarle la información relevante sin teatralizarla.
El problema era que la eficiencia informativa no modificaba la reacción física que ya había empezado a producirse bajo su esternón.
Christopher le tendió la mano y sonrió. Llevaba alianza.
—Encantado de conocerte por fin. Y quiero dejar claro que la difamación exige falsedad. Tengo documentación.
La alianza debería haber bastado. También la frase mi pareja pronunciada por David delante del ex sin vacilación, la ausencia total de tensión sexual entre ambos y la evidencia bastante contundente de que Christopher había llegado allí para trabajar.
Ryan pudo identificar cada dato con una velocidad admirable y siguió sintiéndose irritantemente atento a la proximidad entre los dos.
Le estrechó la mano. —Tengo experiencia reciente con la documentación histórica de David. Si vas a presentar pruebas, agradecería conocer antes los estándares de conservación. Tiene antecedentes preocupantes.
Christopher miró a David, que ya parecía lamentar haber permitido que aquellos dos hombres coincidieran.
—¿Le enseñaste la caja?
La pregunta hizo que Ryan sintiera una clase distinta de incomodidad. —¿Conoces la caja?
—Conozco su tendencia a conservar cosas que cualquier adulto funcional habría tirado. No sabía que seguía existiendo una caja concreta, pero me alegra que los principios fundamentales permanezcan.
David ajustó la carpeta bajo el brazo y empezó a caminar con ellos hacia la salida, obligado a defender una reputación que Ryan sospechaba que llevaba décadas condenada.
La conversación continuó alrededor de asuntos ligeros mientras Christopher explicaba que su marido llegaría algo más tarde de lo previsto y que tenía tiempo antes de reunirse con él.
David, en lugar de convertir esa circunstancia en una invitación automática, miró a Ryan y le preguntó si le apetecía que Christopher se sumara a cenar algo rápido antes de marcharse.
Ryan supo que podía negarse. David no habría interpretado la respuesta como celos probados ni Christopher parecía esperar ser incorporado a sus planes. Precisamente porque podía negarse, decidió que prefería no pasar la noche imaginando una historia que tenía delante a una persona capaz de contar.
—Por mí bien —respondió, explicando además el límite práctico que de verdad le importaba—. Mientras «rápido» signifique que todavía llego a dormir una cantidad mínimamente defendible antes de mañana.
Christopher levantó las manos en un gesto que tenía más que ver con aceptar la condición que con burlarse de ella. —Tengo marido, planes propios y una edad a la que cenar demasiado tarde produce consecuencias que antes creía inventadas por gente aburrida. No voy a secuestrar vuestra noche.
David lo miró con una expresión que Ryan reconoció de inmediato: el esfuerzo visible por no responder a una referencia a la edad que sabía que podía convertirse en material para los dos. Christopher también lo reconoció y sonrió con una satisfacción tranquila.
Aquella familiaridad volvió a pinchar.
No había amenaza. Ryan lo sabía. Christopher no estaba intentando recuperar nada, David no se comportaba como un hombre enfrentado a una tentación y la existencia de un marido esperaba a pocos kilómetros de allí.
Los celos, descubrió con fastidio, no estaban interesados en esas pruebas porque no se dirigían al presente.
Lo que envidiaba era el acceso.
Christopher había conocido a David como novio en un momento que Ryan no podía reconstruir con fotografías familiares ni historias de Olivia.
Jennifer pertenecía a una etapa que Ryan había logrado colocar dentro de una arquitectura distinta: matrimonio, coparentalidad, familia extendida.
Christopher ocupaba un territorio mucho más parecido al suyo.
Otro hombre gay había conocido el cuerpo, el deseo, las inseguridades y las rutinas románticas de David antes de que Ryan terminara siquiera de convertirse en adulto.
La diferencia se volvió más molesta porque Christopher era agradable.
Encontraron un sitio informal de camino hacia South Boston y pidieron comida sin convertir la cena en una reunión.
Christopher recibió un mensaje de su marido nada más sentarse y respondió delante de ellos; incluso giró brevemente la pantalla hacia David porque el mensaje incluía una queja sobre el tráfico que, al parecer, confirmaba una conversación anterior.
Ryan alcanzó a ver una fotografía de ambos como fondo del teléfono.
La imagen era reciente, doméstica y completamente suficiente para demostrar que el matrimonio no era una abstracción introducida para tranquilizarlo.
Su sistema nervioso mantuvo la protesta.
David empezó preguntando a Christopher por la parte formativa del día, lo que permitió a Ryan escuchar al ex hablar desde un objetivo que no tenía ninguna relación con la pareja.
Christopher había sido invitado por experiencia pertinente para una parte concreta de la jornada y tenía opiniones bastante claras sobre qué material servía y qué cosas David estaba intentando abarcar de más.
No utilizaron rangos ni organismos que Ryan no necesitaba conocer; discutieron métodos, participantes y una corrección que David pensaba introducir la semana siguiente.
Ryan descubrió que ver a David aceptar una objeción profesional de Christopher resultaba casi más íntimo que cualquier recuerdo romántico.
David no tenía la paciencia especial que a veces usaba con gente nueva.
Tampoco levantaba defensas. Escuchaba, discutía cuando creía que el otro estaba equivocado y cedía cuando no.
Aquella confianza había sobrevivido a una relación terminada.
Christopher debió de notar en algún momento que Ryan estaba observando más de lo que hablaba, porque dejó el tema de la formación y dirigió la conversación hacia él sin convertirlo en interrogatorio.