Llamaradas y Quirófanos 19 Epílogo Ryan #4
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19 Epílogo Ryan #4

Cuando David consideró que estaba suficientemente preparado, retiró los dedos y abrió el preservativo. Se bajó los pantalones y la ropa interior sin quitarse la camiseta, y Ryan tuvo que contener una risa al comprobar lo descaradamente específica que resultaba la imagen.

David lo vio.

—¿Hay algún problema, doctor?

El uso del título habría podido acercarse demasiado al terreno profesional, pero Ryan percibió el humor y decidió que dentro de aquella escena no le incomodaba. Aun así, prefirió corregirlo para mantener el juego en los límites que habían trazado.

—El «doctor» sobra. Quiero que esto sea tú y yo, no nuestros trabajos hablando entre sí.

David aceptó la corrección de inmediato. —Entendido. Entonces abre las piernas y dime si quieres que entre.

Ryan lo hizo, llevando las rodillas hacia arriba para darle espacio. —Quiero.

David se colocó entre sus muslos y empezó a penetrarlo despacio.

La diferencia entre la voz autoritaria del juego y el cuidado corporal del movimiento produjo exactamente la tensión que Ryan había imaginado: David podía darle una orden y, al mismo tiempo, no avanzaba un centímetro más de lo que su cuerpo aceptaba.

Cuando la presión aumentó, Ryan le pidió que esperara y David quedó quieto, apoyando una mano sobre su muslo mientras la otra sostenía su propia posición.

—Estoy cómodo —explicó Ryan después de varias respiraciones, evitando cualquier respuesta mínima que dejara a David adivinando—. Necesitaba adaptarme. Puedes seguir igual de despacio hasta entrar del todo.

David continuó según esa indicación y, cuando finalmente estuvo dentro, dejó que Ryan moviera primero las caderas. Solo después de sentir que el cuerpo lo recibía con comodidad volvió al tono del juego.

—Ahora quiero que dejes las manos arriba.

Ryan llevó las manos por encima de la cabeza sin que David necesitara inmovilizarlas.

La orden funcionaba precisamente porque no había fuerza sosteniéndolo en esa posición; cada vez que David entraba con mayor profundidad, Ryan podía bajar los brazos y tocarlo.

Eligió mantenerlos donde le habían dicho y disfrutó de la exposición que ese gesto creaba.

David empezó con un ritmo medido. Los pantalones bajados lo suficiente, la camiseta todavía puesta y la barba gris sobre una expresión demasiado concentrada para parecer una fantasía genérica provocaban en Ryan un deseo muy distinto del que había sentido la primera noche.

Entonces había proyectado sobre un desconocido competente.

Ahora conocía al hombre que había llorado en sus brazos después de la última guardia, al padre que llevaba una linterna a una pijamada, al compañero que guardaba recibos absurdos y al instructor que volvía de Moon Island deseando contarle por qué alguien había entendido mal un ejercicio.

El cliché seguía siendo excitante porque la persona debajo de él tenía mucha más información.

David cambió el ángulo y Ryan perdió por un momento la disciplina de la postura, bajando una mano hasta su brazo. David no la apartó automáticamente. Redujo el ritmo y preguntó si la modificación significaba que quería terminar el juego.

Ryan negó con la cabeza y se corrigió enseguida antes de obligarlo a interpretar un gesto. —Quiero seguir. Se me ha olvidado la orden porque acabas de encontrar un ángulo que está interfiriendo seriamente con mis funciones ejecutivas.

La satisfacción de David se volvió visible. —Entonces vuelve a poner la mano arriba. Voy a intentar que tus funciones ejecutivas empeoren.

Ryan obedeció y David cumplió.

El ritmo se volvió más firme, aunque no brutal.

Ryan sentía cada entrada con suficiente claridad para que el placer se concentrara en el punto exacto donde David había aprendido a llevarlo.

La cama se movía debajo, el tejido de la camiseta rozaba a veces su abdomen y la diferencia de tamaño se volvía parte del espacio, sin traducirse en poder real más allá del que Ryan había concedido.

Cuando estuvo cerca, David disminuyó deliberadamente.

Ryan protestó con una frase incoherente y trató de mover las caderas para recuperar la fricción. David le sujetó la cintura, esta vez sí utilizando fuerza suficiente para impedir el movimiento durante unos segundos, y esperó a que Ryan lo mirara.

—Te dije que no quería que terminaras todavía. ¿Quieres que siga decidiendo eso?

La pregunta estaba dentro del juego, pero ofrecía una salida clara. Ryan estaba tan excitado que contestar con honestidad le costó esfuerzo.

—Sí. Quiero que decidas cuándo durante esta escena. Si te digo «para» o «baja», cambias conmigo; si no, sigue.

David mantuvo el ritmo lento un poco más, disfrutando sin ocultarlo de la frustración consensuada de Ryan. Después volvió a acelerar y permitió que la presión aumentara hasta que Ryan empezó a acercarse otra vez al orgasmo.

—Ahora puedes tocarte —ordenó.

Ryan bajó una mano y empezó a masturbarse.

David siguió penetrándolo con un ritmo estable, inclinándose lo suficiente para poder besarlo sin abandonar la profundidad.

La escena había perdido buena parte del camp inicial; el uniforme limpio, la fantasía y las órdenes seguían presentes, pero el deseo ya se sostenía por lo que ambos conocían del cuerpo del otro.

David cambió una vez más el ángulo y Ryan supo que no iba a tardar.

—Estoy cerca —consiguió decir, manteniendo la mano ajustada al ritmo de las embestidas—. Quiero correrme así. No bajes ahora.

David no utilizó la autoridad ficticia para contradecir una necesidad real. Mantuvo exactamente lo que Ryan había pedido y llevó una mano hasta su muslo para abrirlo un poco más.

—Entonces ven. Quiero verte.