Llamaradas y Quirófanos 19 Epílogo Ryan #3
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19 Epílogo Ryan #3

Ryan lo observó con auténtica decepción teatral. Había fantaseado con los turnout pants desde agosto y consideraba personalmente injusto que la higiene industrial tuviera derechos dentro de su vida sexual.

—Entiendo el argumento y quiero dejar constancia de que me perjudica.

David soltó una carcajada y lo atrajo más cerca. —Puedes sobrevivir con ropa limpia y fantasía verbal. Si alguna vez queremos comprar algo que imite esa estética y que no haya estado trabajando, lo hablamos. Lo que está usado en operaciones se queda fuera de la habitación.

—Odio que la seguridad laboral sea tan poco flexible.

—Te enamoraste de un bombero. Esto era un riesgo previsible.

El humor terminó cuando David volvió a besarlo y Ryan sintió la presión de la mano en su nuca. El hombre seguía vistiendo la camiseta y los pantalones limpios con los que había llegado, suficientes para alimentar la imagen sin importar equipo que pertenecía al trabajo real.

Ryan separó la boca antes de que avanzaran más. —Quiero probarlo ahora.

David no respondió todavía como personaje.

Confirmó primero con una pregunta concreta que Ryan quería órdenes, que deseaba ser cargado y que estaba cómodo recibiendo penetración esa noche.

Ryan contestó afirmativamente y precisó que quería preservativo, además de mantener el derecho a cambiar de idea sobre cualquier parte.

Solo después de esa conversación David modificó la postura y la voz.

—Entonces deja el teléfono donde está y ven aquí.

El tono no era el que utilizaba en Ladder 15 ni una imitación grandilocuente de autoridad profesional.

Era David eligiendo una versión más seca y firme de sí mismo porque Ryan acababa de pedirla.

Aun sabiendo exactamente cómo se había construido la escena, Ryan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Se acercó.

David apoyó dos dedos bajo su barbilla y levantó ligeramente su cara. —Quítate la camiseta. Despacio. Quiero verte hacerlo.

Ryan obedeció y descubrió que la sencillez de la instrucción era mucho más eficaz que cualquier discurso explícito.

Sacó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó sobre una silla; al volver a mirar a David, encontró al hombre apoyado contra la encimera, todavía completamente vestido, observándolo con una calma que convertía la diferencia entre ambos cuerpos en parte deliberada del juego.

—Los pantalones también —indicó David, manteniendo la misma voz—. Después te quedas donde estás hasta que yo te toque.

Ryan se desnudó sin precipitarse. La excitación empezó a volverse difícil de ocultar cuando quedó en ropa interior y David siguió sin acercarse. Aquella espera funcionaba precisamente porque Ryan podía romperla en cualquier momento; cada segundo que permanecía allí era una elección renovada.

David dejó que lo comprendiera antes de acortar la distancia.

Le recorrió el torso con ambas manos, primero el pecho y después los costados, sin convertir el tacto en revisión.

Cuando llegó a la cintura de la ropa interior, enganchó los dedos en el elástico y preguntó fuera del personaje si Ryan seguía cómodo.

—Mucho —respondió Ryan, manteniendo la voz suficientemente firme para que la palabra no se confundiera con aguantar por orgullo—. Puedes continuar y puedes volver a dar órdenes.

David recuperó el tono sin dramatizar el cambio.

Le hizo quitarse la última prenda y después le indicó que apoyara las manos en la encimera.

Ryan obedeció, consciente de la exposición, del hombre vestido detrás y de lo absurda que habría parecido toda la escena si cualquiera de los dos fingiera que no conocía el cliché que estaban utilizando.

David se pegó a su espalda sin tocarlo todavía entre las piernas. —¿Sabes qué es lo mejor de esto? —preguntó cerca de su oído, dejando que una mano grande se extendiera por su abdomen—. Que llevas meses burlándote de los estereotipos y al final resulta que querías exactamente el más obvio.

Ryan estuvo a punto de girarse para defender su dignidad, pero David presionó la palma sobre su abdomen y le recordó la postura acordada. La situación era demasiado ridícula y demasiado excitante al mismo tiempo.

—Mi atracción tiene capas —explicó Ryan con dificultad mientras la otra mano de David empezaba a recorrerle el muslo—. Una de ellas es vergonzosamente comercial. Eso no invalida las demás.

—Me alegra que la investigación haya sido tan rigurosa.

David dejó que la ironía muriera allí y empezó a tocarlo de verdad.

Lo masturbó con una mano mientras la otra mantenía una presión firme sobre la cadera, suficiente para recordar el juego de control sin inmovilizarlo.

Ryan podía moverse y eligió no hacerlo. El placer se acumuló rápido porque la espera había hecho gran parte del trabajo, y cuando David disminuyó deliberadamente la velocidad, Ryan entendió que también estaba disfrutando de tener permiso para decidir el ritmo.

—No quiero que te corras todavía —dijo David, ahora sin humor, y la orden produjo una respuesta física tan intensa que Ryan tuvo que apoyar mejor las manos—. Quiero llevarte arriba primero. Si necesitas bajar intensidad, me lo dices.

Ryan asintió y recibió una presión en la nuca, no violenta pero claramente correctiva.

—Con palabras.

La excitación le arrancó una risa corta que no deshizo el juego. —Estoy bien. Quiero seguir.

David lo soltó y dio medio paso atrás. —Date la vuelta.

Ryan obedeció y encontró suficiente satisfacción en la cara de David para saber que el hombre también estaba excitado por la estructura que habían construido.

La fantasía podía haber sido de Ryan al principio, pero David no estaba ejecutándola como servicio.

Le gustaba verlo responder, medir cuánto mando podía usar y sentir el contraste entre un hombre que discutía cada decisión cotidiana y el mismo hombre eligiendo obedecer durante unos minutos.

—Pon los brazos alrededor de mi cuello —ordenó.

Ryan comprendió antes de hacerlo y sintió cómo el deseo cambiaba de intensidad.

Rodeó su cuello y David colocó ambas manos bajo sus muslos antes de levantarlo con un movimiento controlado.

Ryan había experimentado esa fuerza otras veces, incluso durante el primer sexo, cuando quiso explícitamente que lo cargara de frente para separar el gesto de cualquier imagen profesional de rescate.

Aquella noche la fantasía permitía disfrutar de la fuerza sin corregirla tanto.

David lo sostuvo contra el cuerpo y Ryan cerró las piernas alrededor de su cintura.

—Esto es profundamente injusto —murmuró Ryan junto a su oído, excitado por la facilidad con que David podía transportarlo y por la tensión de los brazos bajo sus piernas—.

Mides casi diez centímetros más, pesas bastante más y además tu profesión lleva décadas haciendo propaganda a favor de esta escena.

David empezó a caminar hacia las escaleras con suficiente estabilidad para que la respuesta pudiera esperar hasta que estuvieran seguros. —La propaganda no te obligó a pedírmelo. Aguanta bien y deja de hacer análisis de mercado mientras te estoy cargando.

Ryan obedeció durante el trayecto y decidió que había pocas experiencias más humillantes para su identidad analítica que descubrir cuánto podía excitarlo una orden razonable pronunciada con la voz adecuada.

En el dormitorio, David lo dejó sobre la cama sin arrojarlo ni convertir la fuerza en demostración. Permaneció de pie mientras Ryan se acomodaba y, antes de continuar el juego, abrió el cajón de la mesilla donde guardaban lubricante y preservativos.

—Voy a prepararte y después quiero follarte —dijo, aunque la firmeza volvió a ceder durante la parte que importaba más que el personaje—. Quiero que me confirmes que sigue siendo lo que quieres.

Ryan estaba tumbado desnudo mientras David continuaba vestido, imagen que por sí sola bastaba para mantener la fantasía. —Sí. Quiero que me prepares, quiero que me penetres y quiero que sigas con el juego mientras lo hacemos. Si necesito salir de él, te lo digo.

David se inclinó para besarlo, y ese beso no formó parte de ninguna autoridad imaginaria. Fue largo, conocido y recíproco, una comprobación de la relación que existía debajo del role-play. Después recuperó el tono acordado y le indicó que abriera más las piernas.

Ryan obedeció.

David aplicó lubricante y empezó a prepararlo con los dedos sin apresurarse.

La camiseta seguía rozando la parte interna de sus muslos cuando se inclinaba, detalle sencillo que a Ryan le resultaba obscenamente eficaz precisamente porque la prenda pertenecía al David real: limpio, fuera de servicio operativo, seguro en su propia casa.

El juego no necesitaba casco, botas ni equipo para funcionar.

—Mírame —pidió David cuando Ryan cerró los ojos después de un movimiento especialmente bueno—. Quiero saber cuándo quieres más.

Ryan abrió los ojos y sostuvo su mirada mientras David aumentaba la profundidad. La orden perdió cualquier aire de cliché en cuanto se convirtió en comunicación sexual útil. Ryan podía mostrarle qué estaba sintiendo, David podía ajustar y ambos conservaban la estructura erótica que habían acordado.

—Más —dijo Ryan cuando el cuerpo estuvo preparado para ello—. Puedes usar otro dedo y no necesito que vayas tan despacio.

David siguió la indicación sin abandonar el personaje. —Entonces quédate abierto para mí y deja que lo haga.

La siguiente parte desorganizó rápidamente la capacidad de Ryan para construir frases complejas.

David encontró el ángulo que conocía, repitió la presión y utilizó la otra mano para masturbarlo solo lo suficiente para mantenerlo cerca del límite sin dejarlo llegar.

Ryan se aferró a la sábana, consciente de que podía pedir terminar y excitado precisamente porque no quería hacerlo todavía.