Llamaradas y Quirófanos 18 La última guardia #4
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18 La última guardia #4

El acuerdo no produjo una coreografía nueva; les permitió recuperar la que ya conocían sin exigir que terminara donde habían imaginado antes.

David se tumbó con Ryan, besándolo mientras recorría su torso con las manos y dejaba que el deseo volviera a ocupar sitio junto al duelo.

Cuando Ryan le tocó el pene, David cerró los ojos por placer esta vez y pidió más presión en lugar de esperar a que lo adivinara.

Él respondió deslizando la mano entre las piernas de Ryan y lo masturbó con un ritmo lento, disfrutando de las reacciones conocidas: el cambio de respiración, la tensión en el abdomen, la forma en que Ryan abría las piernas cuando quería más.

Esa familiaridad le resultó profundamente erótica.

No tenía que demostrar nada; podía concentrarse en un cuerpo que había aprendido porque ambos habían tenido tiempo de enseñárselo.

Ryan tomó lubricante y un preservativo de la mesilla cuando el contacto empezó a dirigirlos hacia algo más. No los abrió de inmediato. Los dejó cerca y miró a David con una pregunta que no necesitaba convertirse en interrogatorio.

David sabía qué quería.

—Quiero estar dentro de ti —dijo, y el deseo de penetrarlo no llevaba ninguna relación con recuperar masculinidad, trabajo o control.

Quería la proximidad concreta de una postura en la que pudiera verlo y besarlo, donde Ryan pudiera sostenerlo si la emoción volvía a atravesarlo—.

Boca arriba. Quiero ir despacio y verte.

Ryan abrió las piernas para dejarle espacio, pero antes de colocarse buscó la mano de David y la llevó entre ambos. —Entonces prepárame tú. Me gusta cuando haces eso y hoy no tengo ninguna prisa.

David aplicó lubricante y empezó con los dedos, recordando cuánto había cambiado su manera de tocar a Ryan desde la primera vez.

Ya no preguntaba por cada movimiento ni asumía que conocerlo le daba permiso para todo.

Observaba, escuchaba y ajustaba. Ryan dejó caer una pierna más abierta, guio su muñeca una vez para modificar el ángulo y explicó qué necesitaba cuando David aumentó la presión.

La conversación permaneció dentro del contacto, sin transformarse en una lista de instrucciones.

Cuando Ryan estuvo preparado, David se colocó el preservativo y volvió sobre él.

Entró poco a poco, deteniéndose cuando la resistencia lo pedía y aprovechando cada pausa para besarle la boca o el cuello.

Ryan lo rodeó por la espalda, acercándolo, y David sintió el contraste entre la fuerza que seguía teniendo en los brazos y la facilidad con que esa noche necesitaba que alguien lo sostuviera también.

La penetración fue lenta. Habían tenido sexo más enérgico y más juguetón; esa vez el ritmo se organizó alrededor de permanecer cerca.

David retrocedía lo suficiente para volver a entrar con profundidad, cuidando el ángulo porque conocía qué hacía que Ryan apretara las piernas alrededor de sus caderas y qué lo obligaba a respirar por la boca.

Ryan no estaba pasivo bajo él. Movía las caderas, tiraba de David cuando quería más profundidad y utilizaba una mano en la nuca para mantener los besos cuando la concentración de David tendía a llevárselo hacia dentro.

Durante varios minutos, la emoción de la guardia se retiró a una distancia soportable. No desapareció; simplemente dejó de ser el único contenido del cuerpo.

David empezó a aumentar el ritmo y Ryan respondió con un gemido contra su boca, pero una contracción inesperada en el pecho le avisó antes de que llegaran las lágrimas. Esta vez no tuvo que esperar a romperse para detenerse.

Redujo el movimiento y quedó quieto dentro de Ryan.

—Necesito parar otra vez —dijo, respirando contra su mejilla—. Estoy bien físicamente. Solo... dame un segundo.

Ryan aflojó las piernas inmediatamente y le acarició la espalda mientras David permanecía apoyado sobre los antebrazos.

La cercanía de la penetración, el sudor y la emoción habría podido resultar insoportable; en cambio, David sintió una intimidad que no había experimentado de esa forma antes.

No tenía que retirarse para ocultarse y tampoco estaba obligado a continuar porque su cuerpo aún pudiera hacerlo.

Las lágrimas volvieron, menos violentas.

—Podemos terminar aquí —dijo Ryan después de dejarle tiempo suficiente, y la frase contenía una oferta, no una recomendación—. No necesito un orgasmo para que esto haya sido sexo ni para quedarme contigo.

David lo miró. El deseo seguía presente, pero había perdido cualquier interés en llegar al final mediante penetración. —Quiero salir. No porque me duela. Quiero tenerte cerca sin estar pendiente de mantener un ritmo.

Ryan asintió y lo ayudó a hacerlo con comodidad.

David retiró el preservativo y lo dejó donde correspondía, después volvió a la cama sin intentar limpiar inmediatamente cada rastro de la escena.

Se acomodaron de lado, frente a frente, y Ryan acercó una pierna entre las suyas hasta que los cuerpos desnudos volvieron a tocarse desde el pecho hasta los muslos.

El deseo encontró otra forma.

David pasó una mano entre ambos y tomó el pene de Ryan; Ryan hizo lo mismo con él.

No hubo necesidad de convertir la masturbación mutua en una alternativa menor a la penetración.

Después de tantos meses, sabían demasiado bien cómo tocarse para que aquello tuviera algo de concesión.

David ajustó el ritmo según la respuesta de Ryan y permitió que el otro hiciera lo mismo, besándose de manera intermitente mientras la excitación crecía de nuevo sin obligarlo a dejar atrás lo que acababa de llorar.

—Más despacio —pidió David cuando notó que Ryan aceleraba cerca del límite, explicando enseguida la razón mientras guiaba su mano—. Quiero quedarme aquí un poco. No necesito terminar rápido.

Ryan modificó el movimiento y enterró la cara junto a su cuello. —Me parece bien. Yo tampoco.

Permanecieron así durante un tiempo que David no intentó medir.

La sensualidad de la escena estaba en la ausencia de rendimiento: podían acercarse al orgasmo, bajar el ritmo, besarse, volver a tocar.

Ryan utilizó lubricante sobre ambos para facilitar el contacto y, en un momento, los sostuvo juntos en una misma mano mientras David le acariciaba la espalda y la cadera.

El placer se fue acumulando despacio hasta que ya no tenía sentido retrasarlo.