Llamaradas y Quirófanos 18 La última guardia #3
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18 La última guardia #3

El humor apenas duró, pero permitió que se separaran sin que David sintiera que estaba abandonando el único punto estable de la mañana.

Se sentaron a comer porque el olor había empezado a recordarle que llevaba demasiadas horas sin hacerlo.

Ryan sirvió únicamente cuando David le indicó que sí quería y no intentó convertir el plato en tratamiento.

Hablaron de la última guardia con interrupciones largas en las que seguían comiendo.

David contó lo del café de Sarah, el amago de apretón de manos de Michael y la forma en que había tardado demasiado en cerrar el lugar donde guardaba sus cosas.

Ryan escuchó, algunas veces sonriendo y otras sin hacer nada para aliviar lo que no era divertido.

—Me alegra haber aceptado Moon Island —dijo David cuando el plato estaba casi vacío.

Necesitaba pronunciar la frase porque la tristeza había empezado a parecer, incluso para él, demasiado parecida a duda—.

Hoy no ha cambiado eso. Si alguien me ofreciera volver atrás y borrar la decisión, no lo haría.

Lo que me está costando es haber querido una cosa y descubrir que conseguirla incluye perder otra que también quería.

Ryan apoyó los antebrazos sobre la mesa y evitó la respuesta fácil.

—Cuando me quejo de una rotación que elegí o llego a casa odiando el hospital durante seis horas, no significa que quiera dejar cirugía.

Sería bastante injusto exigirte una emoción más ordenada con tu trabajo que la que yo tengo con el mío.

David había esperado comprensión. No esperaba que la comparación lo afectara tanto. Ryan nunca pedía permiso para amar cirugía y detestar lo que le cobraba algunos días; David llevaba semanas intentando decidir si su duelo invalidaba la transición.

—No sé qué hacer con esta noche —admitió.

La frase le molestó por su literalidad, pero era mejor que otra tarea inventada—.

No quiero salir. No quiero llamar a más gente.

No quiero revisar nada de Moon Island. Tampoco quiero acostarme a las siete como si estuviera enfermo.

Llevo desde que salí de Boylston pensando que debería tener alguna cosa que hacer y no la encuentro.

Ryan se reclinó en la silla. La respuesta tardó lo suficiente para que David supiera que no estaba eligiendo una actividad por él.

—Entonces podemos no hacer nada útil. La comida ya ha cumplido su función y yo no tengo que estar en otro sitio esta noche.

Podemos quedarnos aquí, subir, ver algo que no recordaremos mañana o simplemente dejar que el día termine sin convertirlo en un proyecto.

La ausencia de proyecto fue precisamente lo que terminó de cansarlo.

David se levantó, recogió su plato por costumbre y llegó hasta el fregadero antes de darse cuenta de que estaba volviendo a esconderse dentro de una tarea.

Dejó el plato y se apoyó un momento contra la encimera.

Ryan no se lo quitó de las manos ni le dijo que se sentara; se acercó cuando David volvió hacia él y esperó.

—Quiero subir —dijo David, y el deseo apareció junto a la frase con suficiente claridad para sorprenderlo.

No era euforia ni un intento de borrar la guardia.

Llevaba horas necesitando dejar de sentirse separado de su propio cuerpo y Ryan era la persona con quien había aprendido que el contacto podía ser una elección en lugar de una función—.

Quiero estar contigo. Creo que también quiero sexo, pero no sé cuánto de mí va a funcionar como siempre.

Ryan sostuvo su cara entre las manos y lo besó antes de responder, un beso lento que le dio a David tiempo para notar si quería retirarse. No quiso.

—No necesito que funcione de ninguna manera concreta —dijo Ryan cuando se separó, manteniendo una mano junto a su mandíbula—. Si empezamos y quieres parar, paramos. Si cambias de idea antes de llegar arriba, la cambias. Yo te deseo; eso no te obliga a hacer nada con el dato.

David apoyó la frente contra la suya unos segundos y sintió que el cuerpo empezaba a salir del estado rígido en que llevaba desde Boylston.

—Sí quiero.

Subieron sin prisa. La intimidad conocida evitó que el trayecto se convirtiera en una sucesión de gestos ceremoniales.

David cerró la puerta del dormitorio, Ryan dejó el teléfono junto a sus cosas y ambos se acercaron a la cama todavía vestidos, besándose con la familiaridad suficiente para que la lentitud no pareciera duda.

Ryan llevó las manos bajo la camiseta de David y recorrió su espalda desde la cintura hacia arriba, sin buscar cicatrices concretas ni tratar el cuerpo como reliquia de la carrera que acababa de cambiar.

David le quitó el jersey y después la camiseta, disfrutando de la piel que aparecía porque era Ryan y porque lo conocía, no porque necesitara demostrar que seguía siendo capaz de desear.

Le besó el pecho, la clavícula, la cicatriz pequeña de la ceja cuando volvió a subir hasta su boca.

Ryan respondió con una intensidad contenida, permitiendo que fuera David quien acelerara o redujera sin desaparecer dentro de la pasividad.

Cuando quedaron desnudos, David experimentó un alivio inesperado al ver su propio cuerpo junto al de Ryan sin ningún uniforme, ningún equipo y ninguna señal externa de qué trabajo iba a realizar el lunes.

Seguían estando allí las cicatrices del derrumbe, el desgaste, la fuerza y el gris; ninguna transición administrativa podía quitarle los años que los habían producido.

Ryan pasó la palma por uno de sus costados y David se inclinó para besarlo, pero el contacto se volvió demasiado preciso cuando los dedos llegaron a la espalda.

El recuerdo de la última vez que se había puesto el equipo esa mañana apareció sin aviso.

David perdió el ritmo del beso.

Ryan lo notó y detuvo las manos sin separarse. No preguntó de inmediato qué ocurría; permaneció cerca hasta que David pudo decidir si necesitaba distancia.

—Espera —dijo David, apoyando una mano en su hombro mientras intentaba recuperar una respiración que ya no tenía relación con la excitación—. No has hecho nada. Solo necesito parar un momento.

Ryan se sentó con él en la cama y dejó suficiente espacio para que el contacto siguiera disponible sin imponerse.

La erección de ambos hizo que la escena conservara una vulnerabilidad corporal casi absurda: podían estar excitados y, a la vez, David podía sentir la presión detrás de los ojos aumentando hasta que ya no tuvo sentido fingir que iba a controlarla.

Se tapó la cara con una mano.

Las primeras lágrimas le dieron rabia.

—Joder —murmuró, y la voz quebrada consiguió que la palabra sonara menos como insulto que como agotamiento—. He pasado toda la guardia sin hacer esto. Michael me abrazó y conseguí salir. Sarah me abrazó y conseguí salir. Llego aquí, me desnudas y resulta que esta es la parte que rompe el sistema.

Ryan no sonrió, aunque David detectó que había entendido la ironía. Se acercó solo lo suficiente para apoyar una mano en su nuca y esperó a que David inclinara el cuerpo hacia él antes de rodearlo con ambos brazos.

David dejó de intentar contenerlo.

Llorar no se pareció en nada a la versión limpia que habría preferido.

Le dolió la garganta, tuvo que apartarse una vez para respirar mejor y acabó con la cara contra el hombro desnudo de Ryan, irritado por su propio cuerpo y agradecido de que nadie estuviera intentando convertir aquello en una lección.

Ryan no le dijo que había hecho lo correcto ni que seguiría siendo bombero.

Tampoco aseguró que Moon Island llenaría el hueco.

Lo sostuvo y, cuando David necesitó cambiar de postura, se movió con él.

—Lo voy a echar muchísimo de menos —consiguió decir David después de un rato.

Hablar así, sin convertir la frase en una evaluación de la decisión, le costó más que cualquiera de las discusiones anteriores—.

El ruido, saber dónde estoy sin pensar, salir con la misma gente, volver y reconocer por cómo se mueve todo si la jornada ha sido una mierda antes de que alguien diga una palabra.

Me gusta la academia. Quiero ir. Y aun así ahora mismo daría cualquier cosa por saber que dentro de dos días tengo otra guardia normal.

Ryan mantuvo una mano en su espalda y la otra en su brazo. —No puedo conseguirte esa guardia, y no voy a fingir que hay una frase que haga que deje de importarte. Puedo quedarme mientras la echas de menos.

La respuesta le sirvió precisamente porque no intentaba mejorar el sentimiento.

David permaneció un poco más contra él hasta que el llanto disminuyó y la excitación, que había desaparecido solo en parte, volvió de una manera lenta y extrañamente íntima.

Notó primero el cuerpo de Ryan contra el suyo, la piel caliente y el peso de una pierna cerca de la suya.

La vergüenza por haber llorado desnudo frente a él intentó aparecer y murió rápido; después de la caja de recuerdos, la llamada en que se habían declarado amor todavía enfadados y todas las conversaciones donde se habían visto en versiones menos controladas, aquello ya no tenía suficiente novedad para asustarlo.

Besó a Ryan.

El otro respondió con cuidado al principio, no por tratarlo como frágil sino porque no sabía todavía qué quería David que ocurriera. David resolvió la ambigüedad profundizando el beso y colocando una mano en su cadera.

—Sigo queriendo tocarte —dijo, manteniendo la boca cerca de la de Ryan mientras la mano descendía por el muslo—.

No quiero usar esto para dejar de sentir lo de hoy, porque claramente no funciona así.

Pero sí quiero estar contigo de esta manera.

Si en algún momento vuelvo a parar, no significa que hayas hecho algo mal.

Ryan pasó el pulgar por la barba húmeda de David y la expresión que le dedicó mezclaba deseo con una atención que no necesitaba volverse clínica. —Entonces hagámoslo despacio. Y tú me dices qué quieres a medida que lleguemos.