18 La última guardia #5
David fue el primero en perder el control del ritmo.
Se corrió entre ambos con la cara contra el hombro de Ryan y un sonido grave que llevaba más cansancio que en otras ocasiones.
Ryan continuó tocándolo solo hasta que David apartó suavemente su mano; después David tomó el pene de Ryan y mantuvo una presión firme, utilizando lo que conocía de él para llevarlo al orgasmo sin apresurarlo.
Ryan se corrió poco después, pegado a su cuerpo, y permaneció allí mientras la tensión desaparecía de ambos.
Durante unos minutos ninguno habló.
La diferencia respecto a otros silencios estaba en que David no necesitaba salir de él con una conclusión.
Ryan fue quien se ocupó primero de la parte práctica.
Se levantó únicamente después de preguntarle si estaba cómodo, llevó una toalla húmeda y agua, y limpió a David antes de ocuparse de sí mismo.
La inversión habría hecho protestar al David de unos meses atrás, que habría encontrado alguna forma de levantarse a mitad para compartir la tarea aunque apenas pudiera mantener los ojos abiertos.
Esa noche aceptó el vaso que Ryan le puso en la mano y dejó que lo cuidara sin intentar convertir la reciprocidad en cincuenta por ciento exacto de cada movimiento.
Cuando Ryan volvió a la cama, David lo recibió pegándolo a su costado. Seguía agotado y la tristeza no había disminuido en proporción al sexo. De hecho, estaba más accesible ahora que había dejado de luchar contra ella.
—Sigo sintiéndome fatal —dijo con una sinceridad que le produjo casi tanta vergüenza como el llanto—. Solo para dejar constancia de que acostarme contigo no ha producido ninguna revelación profesional.
Ryan acomodó la cabeza en su hombro y, por una vez, la respuesta humorística no llegó primero. —Me alegro. Habría sido una responsabilidad excesiva para mi desempeño sexual.
David se rio y el movimiento le dolió agradablemente en músculos cansados. La pequeña ironía permitió que Ryan continuara sin solemnidad. —Puedes sentirte fatal esta noche. Mañana también, si toca. No necesito que llegues a Moon Island agradecido por cada minuto para creer que querías ir.
David miró el techo durante un rato. La frase habría sonado terapéutica si Ryan no hubiera pasado meses demostrando que aplicaba exactamente el mismo principio a sí mismo: podía volver exhausto del hospital, odiar una jornada, quejarse de la residencia y seguir queriendo ser cirujano.
—Cuando salí de la estación —dijo David— pensé en la primera vez que entré allí sabiendo que me iba a quedar.
No recuerdo ninguna escena importante de ese día.
Recuerdo estar pendiente de no parecer perdido, de aprender dónde estaba todo y de no hacer preguntas idiotas.
Después pasaron años y dejó de ser un sitio al que llegaba.
Hoy he vuelto a sentirme como alguien que sale de un lugar y todavía no sabe qué va a ser normal después.
Ryan giró ligeramente para poder verlo. —El lunes puedes llegar a Moon Island y hacer preguntas idiotas. Sería una contribución histórica importante.
La broma funcionó porque no intentaba elevar el momento; David le besó la frente y dejó que la conversación descansara. No necesitaba imaginar ya todo el futuro profesional. El lunes sería el lunes. Aquella noche aún pertenecía, en parte, a la guardia que acababa de terminar.
Bajaron más tarde porque el hambre regresó de forma sorprendentemente ordinaria.
Ryan recalentó la comida mientras David se sentaba a la mesa con el pelo revuelto y una camiseta limpia, y la escena tuvo el tipo de intimidad que no habría parecido significativa meses atrás: Ryan sabía dónde estaban los recipientes, qué plato usar y dónde había dejado David el agua.
Cuando encontró la bolsa de trabajo todavía junto a la entrada, no comentó el desorden.
David sí la vio.
La costumbre le pidió levantarse y ocuparse de ella. Por primera vez desde que llegó, la tarea no le pareció una salida necesaria. Podía dejarla allí hasta la mañana sin que el contenido, la casa ni su identidad sufrieran ninguna consecuencia.
—Mañana voy a guardar eso —dijo, señalando la bolsa con el tenedor mientras Ryan volvía a sentarse—. Hoy no quiero tocarla.
Ryan siguió la dirección de su gesto y luego volvió a la comida. —Perfecto. Yo no iba a ofrecerme. Después de ver tu sistema de archivo emocional, no pienso asumir responsabilidades sobre equipaje profesional.
David soltó una risa más cansada que antes, pero ya no tuvo que defender la bolsa ni levantarse.
Terminaron de cenar y subieron otra vez.
El duelo seguía allí cuando apagaron la luz, instalado en la misma habitación donde había deseo, cansancio y la presencia cálida de Ryan.
David no consiguió dormir enseguida y tampoco intentó aprovechar el insomnio para ordenar su vida.
Permaneció acostado con Ryan medio dormido contra el costado hasta que recordó que aún no había preparado la alarma para el lunes.
Sacó el teléfono, abrió el horario que le habían enviado desde Moon Island y programó la hora que necesitaba. Después dejó el dispositivo cargando y volvió a acomodarse sin abrir ningún otro documento.
La bolsa de Ladder 15 seguiría junto a la puerta cuando amaneciera.
El lunes, en cambio, ya tenía hora.