16 Te quiero y sigo enfadado #2
—Eso es lo que intentaba decirte —respondió Ryan después de unos segundos; el cansancio había reducido la velocidad de sus palabras, pero no su precisión—.
No me molestaba que vieras ventajas para nosotros.
Me molestaba descubrir que ya habías empezado a asignarte una función dentro de la ventaja.
Tú tendrías el horario previsible, por tanto tú absorberías la parte imprevisible de mi vida.
Y yo me enteraba cuando la solución ya te parecía razonable.
La formulación seguía pinchándolo porque no era del todo injusta. David había imaginado exactamente eso y aún encontraba atractiva parte de la imagen.
—Sí. Lo hice. Y todavía quiero algunas de esas cosas —admitió, manteniendo la incomodidad en lugar de utilizar la confesión para demostrar que ya estaba corregido—.
Quiero poder saber que estaré libre un sábado.
Quiero poder planear una cena contigo sin asumir que uno de los dos va a cancelarla.
Si tú tienes una semana horrible y yo puedo hacer más en casa o verte cuando salgas, probablemente voy a querer hacerlo.
No quiero convertir el hecho de estar contigo en una razón prohibida dentro de mi decisión.
Ryan no respondió enseguida. David oyó un pequeño ruido y después el sonido de agua corriendo unos segundos.
La actividad al otro lado no sirvió de acotación vacía; le recordó que Ryan estaba sosteniendo aquella conversación dentro de una vida que continuaba, probablemente llenando un vaso, quitándose los zapatos o intentando decidir si tenía energía para comer.
La imagen doméstica aumentó en David el deseo de estar allí y, al mismo tiempo, la necesidad de no utilizar ese deseo para cerrar la distancia sin permiso.
—Yo tampoco quiero ser una razón prohibida —dijo Ryan cuando volvió a hablar—.
Eso también lo pensé después de irme. Te pedí que averiguaras qué quieres sin utilizarme a favor ni en contra, pero no sé si eso existe cuando estamos intentando construir algo juntos.
Si te ofrecieran un trabajo que te obligara a pasar tres noches fuera cada semana, yo tendría una opinión. Sería absurdo fingir que no.
David sintió que parte del conflicto encontraba por fin una superficie compartida, aunque quedaba demasiado abierto para llamarlo acuerdo.
—Entonces la pregunta no puede ser si tú influyes —dijo—. Supongo que tiene que ser cuánto y de qué manera.
Ryan soltó una risa breve, agotada. —Me irrita mucho que hayas conseguido resumir una discusión de una hora en una frase aceptable después de que yo me haya pasado todo el día trabajando.
La ironía consiguió que David sonriera sin aliviarle del todo la presión del pecho. —Si te sirve de consuelo, he necesitado el resto del día para llegar a ella y sigo sin saber la respuesta.
Esa vez Ryan rio de verdad, apenas unos segundos, y cuando volvió a hablar había menos filo en la voz pero no menos seriedad.
Le explicó que su propio enfado había cambiado durante el día.
Seguía molesto porque David hubiera retrasado la conversación y porque hubiera imaginado una distribución de responsabilidades antes de preguntarle.
También había tenido que reconocer algo menos cómodo: trataba cualquier sacrificio potencial de David como una amenaza porque aceptar demasiado de otra persona le resultaba peligrosamente parecido a deberle algo.
El argumento de la mañana sobre la residencia como variable fija seguía molestándolo precisamente porque había verdad en él.
—No voy a prometerte que el hospital va a dejar de ocupar el espacio que ocupa —dijo Ryan, y el tono indicaba que llevaba horas intentando encontrar una versión más amable de la frase sin conseguirla—.
Puedo aprender a no regalarle tiempo cuando no me lo está exigiendo.
Eso ya lo estoy intentando. Pero mi formación va a seguir siendo una parte enorme de mi vida durante años.
Si la relación funciona, habrá temporadas en que tú tengas más margen que yo.
Mi problema es que, en cuanto imagino esa asimetría, empiezo a sentir que algún día podrás señalarla como la prueba de que tú hiciste más.
David recibió la confesión con una incomodidad distinta. Ryan rara vez planteaba una inseguridad sin acompañarla de una explicación que limitara cuánto podía hacer el otro con ella.
—No quiero llevar una contabilidad contigo —dijo, y decidió ampliar la frase antes de que sonara a promesa vacía—.
Pero sé que quererlo no garantiza que nunca me vaya a sentir resentido por nada.
Si un día estoy haciendo más en una parte de nuestra vida y me molesta, tendré que decirlo antes de convertirme en un mártir silencioso y utilizarlo después en una pelea.
Tampoco puedo prometerte que jamás me equivocaría con eso.
—Bien. Porque si hubieras prometido perfección emocional a las diez y media de la noche, habría tenido que colgar por motivos científicos.
David sonrió y dejó que la pequeña ironía se agotara sin devolverla con otra.
La conversación había llegado al punto donde ambos podían reconocer el defecto propio sin que esa admisión cancelara el del otro, y por primera vez desde la mañana sintió que una reparación era posible aunque la decisión laboral siguiera intacta.
—Hay otra cosa que necesito decirte —continuó—.
Esperé demasiado para contarte la oferta.
Al principio sí era una posibilidad vaga y no creo que hiciera nada malo por no llamarte al minuto siguiente.
Pero cuando se volvió real seguí esperando porque quería entenderla yo primero y porque sabía que, si te la contaba, ibas a analizarla.
Decidí que era mejor ahorrarte una variable hasta que yo pudiera darte algo más claro.
Esa parte fue exactamente el tipo de decisión que te llevo meses prometiendo que intento dejar de tomar.
Al otro lado quedó un silencio suficiente para que David pensara que Ryan quizá había empezado a ordenar otra objeción. Cuando llegó, fue menos cómoda de lo que esperaba.
—Gracias por decirlo. Sigo bastante cabreado contigo por eso.
La frase no pedía que David se defendiera y no lo hizo.
Ryan continuó, ahora con la voz más baja.
—Me enteré después de acostarnos. Llevábamos semanas hablando de si tengo sitio en tu vida, de cómo tomamos decisiones y de qué hacemos con la diferencia de experiencia.
Mientras tanto tú tenías una oferta capaz de cambiar una parte enorme de tu rutina y habías decidido que todavía no era información para mí.
Puedo entender por qué lo hiciste y seguir pensando que fue una mala decisión.
David se frotó la frente con una mano. La culpa no le resultaba especialmente útil si se limitaba a asentir a cada crítica, así que buscó qué consecuencia concreta podía sacar de ella.
—La próxima vez que exista algo real que pueda cambiar mi vida de esa manera, te lo cuento aunque todavía no sepa qué quiero hacer. No para pedirte que decidas conmigo desde el principio, sino para que sepas qué estoy pensando. Después puedo pedirte espacio para procesarlo si lo necesito.
Ryan tardó unos segundos en responder y, cuando lo hizo, la irritación había cedido lo suficiente para dejar otra emoción más difícil de manejar. —Eso se parece bastante a lo que quería pedirte sin convertirlo en una política de comunicación de siete páginas.
David dejó escapar una risa y apoyó la cabeza contra el sofá. —Podemos redactarla si te hace ilusión. Tengo una caja donde guardar documentos absurdos.
La referencia a la caja consiguió otra risa al otro lado, aunque Ryan la cortó enseguida con una protesta sobre la calidad del sistema de archivo de David.
Por un momento hablaron de algo que llevaba semanas siendo suyo: un objeto ridículo, una vergüenza compartida, la facilidad con que el humor podía existir sin negar la conversación que lo rodeaba.
Luego Ryan se quedó callado.
David esperó.
Esta vez el silencio cambió. No podía verlo, pero conocía ya suficientes versiones de Ryan para detectar cuándo estaba formulando una objeción y cuándo parecía resistirse a decir algo que no podía controlar una vez pronunciado.
David tuvo el impulso de preguntarle si seguía allí y lo dejó pasar.
La llamada seguía conectada; podía oír la respiración y, a lo lejos, el ruido amortiguado de la ciudad entrando por alguna parte del apartamento.
—Hay algo especialmente irritante en todo esto —dijo Ryan finalmente—.
Si no me importaras tanto, Moon Island sería un problema bastante más sencillo.
Podría decirte que hicieras lo que quisieras, decidir si el resultado me conviene y marcharme si no.
Lo que me tiene furioso es que no quiero tratar esta relación como algo que pueda evaluar después de que tú tomes la decisión, porque quiero estar aquí cuando la tomes aunque no me corresponda tomarla contigo.
David sintió el efecto de la frase antes de saber hacia dónde iba.
Ryan siguió hablando, y aquella vez la precisión no parecía protección sino una forma de obligarse a terminar.
—Y estoy cansado de construir toda la frase alrededor de la palabra que no digo.
Te quiero, David. Ese es parte del problema.
Te quiero y sigo enfadado contigo, y las dos cosas están ocurriendo al mismo tiempo aunque preferiría muchísimo que mis emociones tuvieran algún criterio de organización.
Durante varios segundos David fue incapaz de responder de la manera que normalmente habría elegido.
Ninguna observación seca servía. Tampoco una explicación sobre cuánto tiempo llevaba sintiéndolo o el momento exacto en que lo había sabido.
Pensó en la cocina a las cuatro de la mañana, en Ryan dormido en su casa, en Thanksgiving, en la tarjeta de una pastelería que había guardado sin admitir por qué y en la discusión de aquella mañana.
Todo pertenecía a la misma relación, incluida la voz cansada que acababa de decirle que lo amaba sin retirar una sola acusación.