16 Te quiero y sigo enfadado
He llegado .
Nada más. Era exactamente lo que Ryan había prometido antes de marcharse de South Boston y, teniendo en cuenta la discusión de aquella mañana, también era una forma bastante precisa de decir que seguía enfadado pero no pensaba utilizar el enfado para romper acuerdos pequeños.
David leyó las dos palabras junto a una mesa llena de equipo pendiente de volver a su sitio y respondió que se alegraba, sin añadir una pregunta sobre el trayecto, el frío o si Ryan había comido.
Durante los meses anteriores había aprendido que una pregunta podía ser solo una pregunta; aquella mañana, sin embargo, cualquier cuidado adicional corría el riesgo de parecer una demostración de que seguía sin entender lo que acababan de discutir durante más de una hora.
Guardó el teléfono y regresó al trabajo, aunque la concentración no volvió con él.
Había defendido Moon Island mejor de lo que había esperado.
Ese era parte del problema. Cuando Ryan le exigió que explicara por qué le interesaba la formación sin utilizar la relación como argumento, David había tenido respuestas inmediatas: sus rodillas, la recuperación más lenta, el número de años acumulados en primera línea, el interés real por enseñar, la satisfacción que siempre le había producido ver a alguien nuevo dejar de ejecutar instrucciones y empezar a entender por qué funcionaban.
No había tenido que inventar una sola razón.
La posibilidad profesional llevaba tiempo encontrando sitio en su cabeza por méritos propios.
Después había hablado de Ryan.
Y, al hacerlo, había descubierto cuánto trabajo previo llevaba hecho también en esa dirección.
Había imaginado cenas que dejarían de depender de dos turnos incompatibles, fines de semana que podrían conocerse con antelación y noches en que Ryan llegaría reventado de Mass General mientras él estaría disponible para ocuparse de la parte doméstica.
Había pensado en Olivia, en viajes que aún no habían planeado y hasta en la facilidad de saber, con bastante margen, cuándo podría pasar tiempo en Back Bay o cuándo Ryan podría quedarse en South Boston.
Ninguna de esas imágenes le parecía indigna.
El error estaba en que las había desarrollado sin preguntarle a la otra persona implicada si esa era la vida que quería construir.
Ryan había detectado el problema antes que él.
David tardó gran parte de la mañana en admitirlo sin añadir inmediatamente una defensa.
Cuando terminó una revisión rutinaria y empezó a colocar lo utilizado donde correspondía, Sarah apareció buscando otra cosa y le pidió que se apartara porque llevaba demasiado tiempo ocupando el espacio exacto que ella necesitaba.
David obedeció con una disculpa y fue entonces cuando ella lo miró con más atención.
—Llevas desde que has llegado con cara de estar discutiendo con alguien que no está aquí —comentó mientras recuperaba lo que buscaba.
No parecía interesada en obtener detalles sentimentales; tenía una tarea y una cantidad limitada de paciencia para un compañero que se interponía entre ella y esa tarea—.
Si es conmigo, avísame para poder participar.
Si no, intenta por lo menos no bloquear los armarios.
David se movió otro paso.
—No es contigo.
Sarah encontró lo que necesitaba y cerró el espacio antes de mirarlo otra vez. —Perfecto. En ese caso, mi intervención emocional ha terminado. Si Johnson pregunta, dile que he demostrado una sensibilidad extraordinaria.
David sonrió a pesar suyo. Sarah se marchó sin pedir un nombre, una explicación ni un informe de daños.
El intercambio le resultó útil precisamente porque no intentaba ayudarlo.
Durante años había trabajado rodeado de personas que podían reconocer que algo ocurría sin considerar que eso les concediera acceso automático a ello.
La ironía le pareció bastante clara.
A media tarde, cuando tuvo unos minutos libres y volvió a abrir en el teléfono la información que había recibido sobre la academia, intentó leerla como habría leído una propuesta laboral antes de conocer a Ryan.
No consiguió borrar al hombre de veintisiete años de su vida y tampoco quería hacerlo.
Ryan había tenido razón en una cosa y se había equivocado, o quizá había exigido algo imposible, en otra: David necesitaba separar sus motivos, pero separarlos no significaba fingir que la relación carecía de consecuencias.
Podía querer enseñar y querer cenar con su novio en la misma vida.
Lo que no podía hacer era convertir la segunda cosa en una justificación para la primera antes de decidir cuánto deseaba realmente dejar la primera línea.
Esa distinción se volvió más molesta cuanto más sencilla parecía.
Al acabar el turno, volvió a South Boston en lugar de buscar una razón para pasar por Back Bay.
Ryan había pedido espacio para pensar sin desaparecer; aparecer en su puerta con la excusa de que ya habían intercambiado un mensaje habría sido técnicamente compatible con la letra del acuerdo y completamente contrario a su intención.
La casa estaba igual que la había dejado aquella mañana.
Los restos del desayuno seguían recogidos a medias y, al entrar en el dormitorio para cambiarse, David encontró la cama todavía revuelta.
La memoria de la noche anterior llegó con una nitidez que habría resultado agradable en cualquier otro contexto: Ryan sobre él, la seguridad con que había pedido lo que quería, la facilidad con que David había cedido iniciativa sin sentir que estaba entregando ninguna parte esencial de sí mismo.
Unas horas después habían discutido precisamente porque, fuera de la cama, seguían teniendo problemas para distinguir entre ceder espacio y decidir por el otro.
David se puso ropa cómoda y bajó a la cocina, donde abrió el portátil con la intención de volver a leer la propuesta en una pantalla más grande.
La información no cambiaba. La academia seguía ofreciéndole una salida profesional plausible y atractiva; la posibilidad de horarios más previsibles seguía siendo real; las rodillas seguían teniendo cuarenta y siete años aunque él pudiera realizar su trabajo; enseñar continuaba interesándole.
Lo que había cambiado era su confianza en la manera en que había juntado todas esas razones.
Al lado del portátil estaba el cargador que Ryan dejaba ya casi siempre en su casa.
David lo miró y tuvo que reírse de sí mismo.
Podía hacer aquello durante horas: encontrar un objeto de Ryan, convertirlo en prueba de una vida futura y empezar a diseñar cómo proteger esa vida antes de que el hombre que había dejado el cargador supiera siquiera que estaba siendo protegido.
Cogió el teléfono.
No llamó.
En su lugar escribió: Hay una parte de esta mañana en la que tenías razón y me está molestando bastante admitirlo. Cuando tengas tiempo, me gustaría hablar. No hace falta que sea hoy si estás agotado.
Leyó el mensaje una vez y estuvo a punto de añadir que tampoco necesitaban verse. Lo borró antes de enviarlo porque era precisamente el tipo de decisión innecesaria que podía dejar en manos de Ryan.
La respuesta tardó casi dos horas.
Para entonces David había comido, limpiado la cocina y conseguido avanzar muy poco en cualquier reflexión que no regresara al mismo sitio.
Ryan escribió desde el hospital que terminaba más tarde y que probablemente estaría en casa sobre las nueve y media.
Podía llamarlo después de las diez, pero advirtió que tendría energía suficiente para una conversación y no para otra batalla de una hora.
David respondió que le servía.
A las diez y siete el teléfono sonó.
Ryan había llamado primero.
David contestó desde el sofá y oyó al otro lado ruido de movimiento, una puerta que se cerraba y después la acústica más contenida del apartamento de Back Bay.
Se imaginó a Ryan todavía con la ropa de la jornada, dejando la mochila en alguna parte y haciendo lo que hacía cada vez que intentaba seguir funcionando después de muchas horas: reducir el cansancio a una variable molesta que podía administrar.
—Antes de que empieces —dijo Ryan, y su voz estaba más cansada que agresiva—, sigo enfadado. Te lo aviso porque tu mensaje tenía un tono preocupantemente parecido al de alguien que ha encontrado una respuesta correcta y no tengo energía para una presentación.
David apoyó un codo en el brazo del sofá y miró hacia la cocina vacía.
—No he encontrado una respuesta. Si la hubiera encontrado en unas horas después de llevar semanas sin conseguirlo, asumiría que es mala.
Lo que sí he entendido es una parte de lo que estabas diciendo esta mañana, y prefería reconocértelo antes de empezar a construir otra defensa alrededor.
La ausencia de respuesta inmediata le indicó que Ryan estaba escuchando, no que la tensión hubiera desaparecido.
David continuó sin intentar mejorar demasiado la frase.
—No he separado completamente lo que quiero de Moon Island de lo que creo que nos haría la vida más fácil.
Cuando me preguntaste por qué me interesaba sin contar contigo, tenía respuestas reales.
Las sigo teniendo. Pero después, al hablar de horarios, me di cuenta de que llevo semanas imaginando cómo usaría esa disponibilidad dentro de nuestra relación.
No solo he pensado que tendría más tiempo; he pensado qué haría con ese tiempo para compensar las semanas en que tú no lo tienes.
Ryan dejó escapar una respiración larga al otro lado. David pudo imaginarlo cerrando los ojos, aunque no tenía manera de saberlo y se negó a completar la imagen.