Llamaradas y Quirófanos 15 ¿Por mí? #4
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15 ¿Por mí? #4

Ryan notó que el cansancio de la noche anterior empezaba a cobrarle cada frase. A esa altura ya no estaban aclarando posiciones; estaban encontrando las formulaciones más precisas con las que herirse mientras cada uno sostenía una parte de razón.

Miró la hora.

Todavía tenía margen antes de sus obligaciones del día, pero quedarse no iba a producir una solución.

La siguiente conversación necesitaba que David separara su interés profesional de la utilidad romántica sin que Ryan supervisara el proceso, y Ryan necesitaba decidir cuánto de su rechazo a recibir tiempo, dinero o cuidados procedía realmente de autonomía y cuánto del miedo a que cualquier asimetría pudiera utilizarse algún día como factura.

No estaba preparado para hacer ese trabajo delante de David mientras seguía enfadado con él.

—Voy a irme —dijo mientras recogía la taza y la dejaba junto al fregadero, integrando la decisión en la tarea en lugar de convertirla en un portazo emocional—.

No porque crea que hayas aceptado Moon Island ni porque quiera castigarte hasta que rechaces la oferta.

Me voy porque, si seguimos ahora, voy a intentar convencerte de cuál debería ser tu razón correcta para decidir, y eso sería exactamente otra forma de hacer lo que te estoy reprochando.

La reacción de David mezcló frustración y una preocupación que intentó no convertir en intervención.

—Quiero seguir hablando, pero también sé que ahora mismo estamos repitiendo los argumentos con más mala leche.

Si te vas, no voy a perseguirte. Solo necesito saber si esto significa que quieres otro periodo de silencio como después de la cena con Olivia.

Ryan agradeció que preguntara en vez de interpretar. La respuesta, sin embargo, no podía ser cómoda para ninguno.

—No quiero que desaparezcas ni quiero desaparecer yo.

Tengo que trabajar y voy a responderte si me escribes.

Lo que no puedo hacer es seguir hablando de Moon Island hasta que tú sepas distinguir cuánto quieres ese trabajo de cuánto te gusta lo que podría hacer por nosotros.

Y yo necesito pensar por qué me resulta tan insoportable que algo que tú quieres también pueda beneficiarme.

David dejó caer la vista un momento hacia sus manos. —Eso último no te lo dije para ganar la discusión.

—Lo sé. Sigue siendo verdad.

Ryan fue al recibidor y recogió la mochila. Esta vez David no la tomó, no buscó el abrigo antes que él ni empezó a calcular el mejor trayecto hacia Back Bay. Permaneció cerca sin convertir el respeto por la decisión en frialdad.

Mientras Ryan se ponía el abrigo, la cercanía del cuerpo de David le recordó de manera incómoda la noche anterior: las mismas manos que ahora se mantenían quietas habían estado agarradas a su espalda mientras Ryan lo penetraba; la misma boca que acababa de discutir durante una hora había pedido más, había reído y había confiado.

El sexo había sido bueno. La relación podía seguir siendo buena.

Ninguna de esas verdades anulaba el enfado.

David habló cuando Ryan ya tenía la mochila al hombro.

—No voy a aceptar ni rechazar nada hoy. Quiero que eso quede claro porque no quiero que te marches pensando que esta pelea me obliga a decidir deprisa.

Ryan sostuvo su mirada y encontró ahí una condición que sí podía aceptar: el proceso seguía abierto y, por primera vez desde que conocía la oferta, ambos sabían exactamente qué estaba contaminándolo.

—Eso me parece bien. Y no quiero que el resultado sea el que yo prefiera solo para demostrar que me escuchaste. Si haces eso, tendremos esta misma discusión con otro nombre.

David entendió la advertencia; se le notó en la forma en que la frustración cedió apenas, reemplazada por algo menos manejable.

No se besaron.

Ryan tampoco ofreció un abrazo para convertir la salida en una señal de que todo seguía estable. La ausencia de contacto no tenía función punitiva; simplemente no quería utilizar el cuerpo para suavizar una conversación que todavía debía producir consecuencias.

Abrió la puerta y el frío de enero entró al recibidor. Antes de salir, David le pidió que le escribiera cuando llegara al hospital o a casa, según adónde fuera primero, petición habitual que esa mañana adquiría un peso distinto. Ryan pensó en rechazarla por puro principio y se detuvo a tiempo.

—Te aviso cuando llegue —respondió, incorporando la concesión a algo más importante que la logística—. Estar enfadado contigo no significa que tenga que convertir cada cosa que haces por mí en parte del conflicto.

La expresión de David se movió apenas, pero Ryan no esperó a que el momento se volviera sentimental.

Salió, bajó los escalones y empezó a caminar con el abrigo cerrado contra el frío, consciente de que acababa de abandonar una discusión sin resolver por primera vez sin creer que la distancia significaba necesariamente una ruptura.

Seguía enfadado.

También seguía queriendo que David eligiera Moon Island si Moon Island era lo que David quería.

Lo que Ryan no sabía todavía era cómo soportaría descubrir que podía quererlo por razones en las que él estuviera incluido.