14 Después #3
Encontraron un ritmo durante las siguientes embestidas.
Ryan empezó con movimientos largos y medidos; David le fue indicando con la presión de las piernas y las manos cuándo quería más.
La comunicación se volvió menos verbal a medida que el cuerpo acumulaba información.
Cuando algo no funcionaba, lo decían. Cuando funcionaba, no necesitaban detenerlo para certificarlo.
Ryan cambió ligeramente el ángulo y la reacción de David le indicó que había encontrado lo que buscaba. El hombre arqueó la espalda y soltó su nombre con una voz que Ryan no le había oído durante las veces anteriores en que los roles estaban invertidos.
Repitió exactamente el movimiento.
David abrió los ojos y lo agarró por la cadera. —Ahí. Y puedes ir más fuerte ahora; no necesito que sigas conteniéndote.
Ryan aumentó la profundidad.
La nueva intensidad cambió la escena sin convertirla en lucha por el mando.
David lo recibía con el mismo cuerpo con el que podía cargarlo, trabajar durante horas o inmovilizarlo contra una pared si ambos quisieran jugar con esa fantasía.
Ryan utilizó más fuerza porque se la habían pedido y descubrió que le gustaba sentir el peso de David moverse bajo él, las manos grandes sujetándolo por los costados y el placer erosionando poco a poco la compostura práctica que el hombre llevaba a casi todo lo demás.
En algún momento David cambió la posición de una pierna para abrirse más y Ryan aprovechó el nuevo ángulo.
El ritmo se hizo más rápido, pero no perdió legibilidad.
Ryan sabía dónde estaba apoyando el peso, podía leer cuándo David necesitaba respirar y tenía suficiente control para disminuir cuando la tensión amenazaba con convertirse en incomodidad.
—No bajes ahora —pidió David cuando notó uno de esos pequeños ajustes—. Estoy bien y quiero exactamente esto.
Ryan mantuvo la fuerza.
El placer propio empezó a complicarle la precisión.
Podía sentir el calor, la presión del cuerpo de David alrededor y el esfuerzo creciente en los muslos y el abdomen.
Se inclinó para besarle el cuello y encontró la piel húmeda.
David le pasó una mano por la espalda, agarrándolo con una firmeza que parecía pedirle más cercanía en lugar de más dirección.
Ryan sostuvo la cadera con una mano y con la otra tomó la erección de David.
El sonido que obtuvo le confirmó que la combinación funcionaba.
—Quiero que vengas conmigo dentro —dijo David, y la manera directa de formularlo eliminó cualquier posibilidad de convertir el momento en una prueba—. Si puedes mantener esto y tocarme, estoy cerca.
Ryan podía.
Ajustó la mano al ritmo que ya conocía y siguió penetrándolo sin acelerar de manera caótica.
David perdió primero la capacidad de mantener la respiración regular, después la de contener los sonidos.
El cuerpo se tensó debajo de él y Ryan sintió las contracciones alrededor del pene antes de que el orgasmo de David terminara de llegar.
El semen cayó sobre el abdomen y la mano de Ryan; David arqueó la espalda, sostuvo a Ryan por la nuca y lo besó de una forma desordenada mientras todavía temblaba.
La sensación lo llevó al límite.
Ryan disminuyó apenas el ritmo para no sobreestimularlo y David, todavía respirando con dificultad, mantuvo las piernas alrededor de sus caderas.
—Puedes seguir —dijo, tocándole la cara con la mano que había recuperado algo de coordinación—. No estoy incómodo. Quiero sentirte terminar.
Ryan le creyó.
Las últimas embestidas perdieron parte de la medida que había mantenido durante toda la escena.
David lo abrazó por la espalda mientras Ryan llegaba al orgasmo dentro del preservativo, con la cara enterrada junto a su cuello y la fuerza de las piernas fallándole lo bastante para que tuviera que apoyarse con más cuidado.
Permanecieron unidos mientras recuperaban el aire.
Ryan sintió primero el cansancio físico y después una satisfacción mucho más emocional al notar que David no intentaba incorporarse para ocuparse de todo de inmediato.
Seguía debajo de él, sudado, con el pecho todavía subiendo demasiado rápido y una expresión relajada que pocas veces aparecía cuando estaba despierto.
—¿Cómo estás? —preguntó Ryan, manteniendo el peso principalmente sobre los antebrazos.
David abrió los ojos y recorrió con una mano la espalda de Ryan antes de contestar. —Muy bien. Voy a necesitar que salgas con calma porque estoy bastante sensible, pero si estabas esperando una crisis de identidad por haber sido el bombero grande que recibe, lamento decepcionarte.
Ryan rio contra su cuello. —No estaba esperando ninguna. Aunque reconozco que culturalmente hemos producido material suficiente para irritar a varias personas con opiniones muy firmes sobre masculinidad.
—Podemos enviarles una encuesta.
—Jamás convertiría datos tan importantes en investigación de baja calidad.
El humor acompañó la retirada sin atomizarla.
Ryan salió despacio, se ocupó del preservativo y, cuando volvió, David seguía tumbado con una mano sobre el abdomen.
Ryan llevó una toalla húmeda y agua; David aceptó ambos sin hacer una competición sobre quién debía cuidar a quién.
Después, mientras Ryan limpiaba parte del lubricante y el semen, David le indicó dónde seguía sensible y tomó la toalla para terminar él mismo antes de tirar de Ryan hacia la cama.
El aftercare se repartió con la misma naturalidad que el sexo.
Ryan bebió agua mientras David le masajeaba un muslo cargado; David aceptó que Ryan le acercara otra almohada bajo las rodillas porque la posición le resultaba más cómoda.
Ninguno necesitó convertir cada gesto en demostración de igualdad.
La reciprocidad estaba en que ambos podían pedir y ambos podían hacer.
Ryan terminó apoyado de lado contra él, con una pierna entre las de David y la cabeza cerca de su hombro.
La habitación olía a sexo, jabón y el aire seco de la calefacción.
Desde allí podía ver su camiseta tirada cerca de la silla y una parte de la mochila que había dejado abierta al llegar.
La escena tenía una familiaridad que unas semanas antes quizá habría activado otra ronda de preguntas sobre permanencia.
Esa noche solo estaba cansado, satisfecho y muy consciente de que acababa de descubrir una expresión de David que pensaba recordar durante bastante tiempo.
—Quiero dejar constancia de que ha sido una excelente decisión metodológica —murmuró Ryan mientras recorría con los dedos una zona de vello gris junto al pecho—.
También quiero repetirlo, aunque probablemente deberíamos permitir un intervalo de recuperación razonable antes de diseñar el siguiente estudio.
David apoyó la boca sobre su pelo. —Te agradecería al menos veinticuatro horas. Tengo una reputación física que mantener.
Ryan estaba a punto de responder cuando notó que el brazo alrededor de su cintura se había quedado demasiado quieto.
No era agotamiento. David estaba relajado físicamente, pero Ryan conocía ya la diferencia entre reposo y esa concentración silenciosa que aparecía cuando algo llevaba tiempo esperando detrás de una conversación.
La sensación de seguridad de los minutos anteriores no desapareció. Se volvió más atenta.
Ryan levantó un poco la cabeza. —Hay algo que quieres decirme.
David no intentó negarlo.
La admisión le llegó primero en la manera en que respiró y después en la mano que se apartó de la cintura de Ryan para quedarse sobre su propio abdomen. Durante el sexo había cedido control sin dificultad; ahora parecía mucho menos cómodo sin una tarea que organizara las palabras.
—Sí. Y llevo toda la noche intentando decidir si decirlo antes o después de acostarnos contigo era peor.
La frase hizo que Ryan se incorporara ligeramente, todavía desnudo y demasiado cerca para que la conversación pudiera adoptar una distancia formal.
—Después del sexo tiene una reputación complicada como momento para comunicar noticias importantes. Voy a asumir que no has vendido la casa.
David soltó una risa breve que no consiguió esconder la tensión. —La casa sigue aquí. Es trabajo.
Ryan sintió cómo su atención se reorganizaba. No había alarma inmediata, pero el cuerpo perdió parte de la somnolencia posorgásmica.
David se acomodó un poco más alto contra las almohadas y esperó a que Ryan hiciera lo mismo antes de continuar.
—Hace unas semanas me contactaron por una posibilidad en la Captain Leo T.
Sullivan Fire Training Academy, en Moon Island.
Están planteando un puesto estable de instructor y me lo han ofrecido.
Ryan conocía el nombre. Habían hablado de Moon Island de manera general en conversaciones sobre formación y sobre las distintas etapas posibles de una carrera dentro del cuerpo de bomberos, pero nunca como una opción inmediata para David.
La primera pregunta que apareció fue si había aceptado. Ryan no la formuló enseguida porque la segunda llegó detrás y resultó mucho más incómoda.
Hace unas semanas.
David había dicho exactamente eso.
—Quiero entender bien la cronología —dijo Ryan, consciente de que la precisión empezaba a aparecer en su voz de la forma en que siempre lo hacía cuando una emoción necesitaba convertirse primero en datos—. Cuando dices «unas semanas», ¿quieres decir antes o después de la cena con Olivia?
David sostuvo la mirada y respondió sin suavizar la información. —Antes. La primera conversación fue a finales de diciembre. No fue una oferta formal cerrada desde el primer día, pero la posibilidad estaba planteada y después se volvió concreta. Llevo semanas pensándolo.
Ryan sintió cómo el cuerpo, todavía relajado por el sexo, reaccionaba de una manera casi ofensivamente contradictoria: seguía cálido contra David y, al mismo tiempo, una parte de él acababa de retroceder varios pasos.
No se apartó físicamente.
—¿Has aceptado?