Llamaradas y Quirófanos 14 Después #2
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14 Después #2

David le agarró la muñeca y la llevó hasta la erección que tensaba el pantalón. —Mi atención está siendo utilizada en otra parte. Puedes incluirlo en el informe si sobrevives a la noche.

Ryan dejó de reír.

Llegaron al dormitorio todavía besándose, pero la familiaridad evitó cualquier precipitación absurda.

No necesitaban arrancarse la ropa ni demostrar cuánto habían esperado; sabían dónde estaban los preservativos, dónde guardaba David el lubricante y qué cosas prefería cada uno cuando querían ir rápido o cuando disponían de tiempo.

Esa noche tenían tiempo, y Ryan quería utilizarlo.

Le quitó primero la camiseta a David. El cuerpo que apareció debajo seguía afectándolo después de meses de acceso: hombros amplios, pecho cubierto de vello, abdomen fuerte sin la definición artificial de alguien que entrenara para ser visto y una serie de marcas que pertenecían a años de trabajo más que a una imagen cuidadosamente construida.

Ryan recorrió una de las cicatrices del costado con la boca antes de bajar hasta el abdomen, disfrutando de la manera en que David dejaba que lo observara sin intentar posar ni esconder las partes donde la edad aparecía.

David empezó a quitarle su propia camiseta, pero Ryan le sujetó las muñecas antes de que terminara.

—Déjamelo a mí un rato —pidió, sin usar la frase como orden absoluta. El deseo se volvió todavía más evidente cuando David dejó caer las manos a los lados y aceptó—. Quiero saber cómo se siente tenerte dispuesto a no organizar nada durante los próximos diez minutos.

David sonrió con una expresión que contenía suficiente desafío para impedir que la cesión pareciera obediencia automática.

—Diez minutos me parecen una previsión optimista. Pero puedes intentarlo.

Ryan terminó de desnudarlo lentamente, aprovechando la diferencia entre saber ya cómo era su cuerpo y poder elegir el orden con que lo tocaba.

Abrió el pantalón, deslizó la ropa interior junto con él y se arrodilló cuando David quedó desnudo delante.

La erección era firme, ya húmeda en la punta, y Ryan la tomó con una mano mientras pasaba la otra por la cadera, sintiendo cómo el músculo se tensaba cuando lo rozaba.

Había practicado sexo oral con David suficientes veces para conocer qué ritmo podía desmontarlo rápido.

No utilizó ese conocimiento como una rutina.

Empezó lamiendo despacio, prestando atención a la respiración y a la mano que David apoyó sobre su hombro sin empujarlo.

Cuando lo tomó más profundamente, sintió que los dedos se cerraban con mayor fuerza y permitió que David moviera un poco la cadera después de notar que estaba esperando permiso.

Ryan se apartó justo antes de que el ritmo pudiera conducirlos demasiado lejos. David dejó escapar una protesta grave y divertida que se transformó en respiración cuando Ryan besó el interior de su muslo.

—Te avisé de que quería dirigir —recordó Ryan, todavía de rodillas, y dejó que la mano siguiera trabajando despacio mientras añadía—. Eso incluye decidir que todavía no has terminado.

—Estoy empezando a cuestionar la sabiduría de haberte dado ideas.

—Demasiado tarde.

Ryan no convirtió la respuesta en un volley.

Se levantó, besó a David y lo llevó hacia la cama dentro del mismo movimiento, aprovechando que el hombre podía sentir en su propia boca parte de lo que Ryan acababa de hacer.

La reacción fue inmediata: David lo agarró por la nuca, profundizó el beso y, durante unos segundos, la distribución del control dejó de importar porque ambos estaban usando el cuerpo del otro con una familiaridad ya adquirida.

Fue Ryan quien volvió a introducir la intención.

—Quiero verte —dijo, separándose lo suficiente para poder hablar mientras pasaba una mano por la espalda de David—. Boca arriba primero. Si después quieres cambiar, me lo dices.

David se sentó en el borde de la cama y tiró de Ryan hacia él para quitarle los pantalones. —Puedo colaborar con el plan sin infringir tu autoridad temporal.

Ryan se rio mientras terminaba de desnudarse y dejó que David le recorriera el cuerpo con las manos. Estar dirigiendo no significaba permanecer intocable. Precisamente quería eso: que David pudiera ceder una decisión y seguir teniendo iniciativa, deseo y capacidad para afectarlo.

Cuando ambos estuvieron desnudos, Ryan lo hizo tumbarse y se acomodó entre sus piernas.

La diferencia de tamaño cambiaba el aspecto de la postura pero no el sentido.

David ocupaba más cama, sus muslos eran más gruesos y sus manos podían rodear buena parte de la cintura de Ryan cuando lo atraía para besarlo; aun así, Ryan decidió cuándo separarse, cuándo alcanzar el lubricante y cómo empezar a tocarlo.

La primera presión de un dedo hizo que David cerrara los ojos y exhalara contra la almohada.

Ryan había esperado cierta tensión, quizá por el tiempo desde la última vez que David había recibido penetración, y trabajó despacio, utilizando suficiente lubricante y dejando que el cuerpo se adaptara sin transformar cada reacción en pregunta.

—Más lento ahí —pidió David cuando Ryan cambió el ángulo. La mano que tenía apoyada sobre su antebrazo no lo apartó; le indicó una variación concreta—. Dame un poco más de tiempo y después puedes volver a eso.

Ryan obedeció sin sentir que la corrección disminuía su control. Al contrario, la confianza estaba precisamente en que David podía decirle qué necesitaba sin asumir que dirigir significaba adivinar.

Esperó, lo besó mientras mantenía la presión y dejó que fuera David quien moviera primero la cadera cuando la tensión cedió.

Después añadió un segundo dedo y encontró un ritmo más profundo.

La reacción del hombre fue inmediata: la cabeza cayó hacia atrás, la respiración perdió regularidad y una de sus manos se cerró sobre la sábana mientras la otra seguía en la cintura de Ryan.

Ryan observó con una atención muy distinta de la mirada médica que utilizaba en el hospital. No estaba evaluando un cuerpo para localizar un problema. Estaba aprendiendo placer.

—Eso —dijo David, sin intentar esconder la urgencia de la voz—. Si mantienes ese ángulo, no necesito que cambies nada durante un rato.

Ryan repitió el movimiento, sintiendo cómo el cuerpo grande se abría alrededor de sus dedos.

Besó el pecho, después el cuello, y utilizó la otra mano para masturbarlo lentamente.

David dejó de hablar durante varios minutos; no porque Ryan hubiera convertido el silencio en sumisión, sino porque las instrucciones necesarias ya estaban dadas y el placer estaba haciendo el resto.

Cuando Ryan introdujo un tercer dedo, lo hizo con paciencia y comprobó el ritmo mediante el cuerpo antes que con un interrogatorio. David respiró más hondo, mantuvo las piernas abiertas y, después de unos segundos, apretó la nuca de Ryan para acercarlo.

—Quiero más —dijo contra su boca, y la petición salió desarrollada dentro del beso—. Estoy bien así y quiero que me folles. Puedes empezar despacio, pero no necesito que conviertas la entrada en una ceremonia de veinte minutos.

Ryan sintió cómo se le tensaba el abdomen. —Voy a recordar esa frase la próxima vez que me acuses de ser impaciente.

—La próxima vez puedes utilizarla cuando no tengas los dedos dentro de mí.

Ryan tuvo que reírse, y el movimiento de su mano hizo que David maldijera con suficiente convicción para recuperar enseguida el erotismo.

Cogió un preservativo y se lo puso mientras David se reacomodaba.

Ver a aquel hombre abierto para él, con el gris de las sienes húmedo de sudor y la erección todavía firme contra el abdomen, le produjo una excitación que no tenía nada que ver con haberlo «vencido» o invertido jerarquías.

David seguía siendo el mismo hombre cuya competencia lo había atraído desde la primera noche.

Estaba eligiendo recibir placer de otra manera, eso era todo; el hecho de que la elección pareciera tan natural terminó de desmontar cualquier asociación entre rol y edad que pudiera haber quedado flotando.

Ryan se colocó entre sus piernas y pasó la cabeza del pene por la entrada lubricada antes de detenerse. —Quiero entrar ahora. Si necesitas que pare, me lo dices; si quieres más profundidad, también.

David sostuvo su mirada y llevó una mano hasta la cadera de Ryan. —Entra despacio al principio. Cuando esté cómodo, voy a querer que dejes de tratarme con cuidado de porcelana.

Ryan obedeció.

La presión inicial fue intensa para los dos.

Entró con paciencia, sintiendo cómo el cuerpo de David cedía poco a poco, y se detuvo cuando vio que la mandíbula se tensaba.

En vez de retirarse de inmediato, mantuvo la posición y dejó que David eligiera el siguiente movimiento.

La mano grande sobre su cadera lo acercó apenas unos milímetros.

Eso fue suficiente.

Ryan siguió entrando hasta que David lo detuvo con una presión firme.

—Quédate ahí un momento —pidió mientras respiraba hondo, y Ryan se inclinó sobre él para besarlo en vez de convertir la espera en inmovilidad completa—. Estoy bien. Solo necesito acostumbrarme.

El beso se volvió largo y menos coordinado.

Ryan podía sentir la erección de David atrapada entre ambos cuerpos y la fuerza con que lo sujetaba por la espalda, una contradicción física que le resultaba profundamente excitante: David podía mantenerlo pegado con facilidad y, aun así, era Ryan quien estaba dentro de él.

Cuando David empezó a mover las caderas, Ryan entendió que podía continuar.

Entró por completo.

La exhalación que David dejó escapar le recorrió la espalda. Ryan permaneció quieto un segundo más, no por miedo sino para disfrutar la sensación de estar unido a él de esa manera por primera vez. Después retrocedió despacio y volvió a entrar.