Llamaradas y Quirófanos 14 Después
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14 Después

A finales de enero, Ryan había dejado de mirar la fotografía familiar del salón cada vez que entraba en casa de David, lo cual no significaba que hubiera dejado de verla.

Esa noche llegó a South Boston poco después de las ocho, tras una jornada que había empezado demasiado temprano pero que, por una combinación improbable de organización y suerte, había terminado cuando debía.

David estaba libre y había propuesto cenar en casa sin añadir ningún plan posterior.

Ninguno necesitaba ya utilizar la falta de especificación como defensa.

Ryan había guardado un cepillo de dientes en el baño desde hacía semanas, aunque seguía teniendo otro en su mochila por una mezcla de costumbre y desconfianza hacia cualquier sistema que dependiera de recordar dónde había dejado objetos esenciales.

También había una camiseta suya en el dormitorio y un cargador junto a una toma de corriente de la cocina que David había dejado de devolverle a Back Bay cada vez que lo encontraba.

La caja, por el contrario, había vuelto al armario.

Ryan sabía que David había digitalizado el recibo de Charles Street porque recibió una copia titulada CAFÉ PRIMERA CITA , nomenclatura que provocó una discusión de varios mensajes sobre la ausencia de fecha, localización y cualquier criterio razonable de archivo.

El hecho de que aquella pelea completamente estúpida hubiera ocurrido la mañana después de una conversación sobre ser temporal le parecía una representación bastante exacta de cómo estaban funcionando últimamente: podían tocar una inseguridad seria y después seguir teniendo que decidir quién compraba leche.

David abrió la puerta con una camiseta negra de manga corta y pantalones de deporte, claramente recién duchado.

El gris de la barba estaba más marcado por el pelo húmedo y Ryan sintió una respuesta física inmediata que no se había vuelto más sofisticada por llevar meses conociéndolo.

Le gustaba el hombre grande que ocupaba casi todo el marco de la puerta; le gustaban también la camiseta gastada, la pequeña arruga entre las cejas al reconocer cuánto frío traía Ryan de la calle y el modo en que se apartó para dejarlo entrar sin intentar arrebatarle la mochila.

—Hay comida en la cocina y he conseguido no preguntarte por mensaje si habías comido al mediodía —dijo David mientras Ryan se quitaba el abrigo—.

Quiero que conste el esfuerzo porque no ha sido pequeño.

Después de tantos meses, he descubierto que la autonomía ajena exige una cantidad absurda de autocontrol propio.

Ryan le entregó el abrigo y se inclinó para besarlo antes de responder.

Había pretendido que fuera un saludo y lo supo durante aproximadamente dos segundos; luego David le apoyó una mano en la cintura, Ryan sintió el calor del cuerpo recién salido de la ducha y el beso adquirió la profundidad de una conversación aplazada todo el día.

Cuando se separó, ya no tenía ninguna prisa por llegar a la cocina.

—He comido —informó con la boca todavía demasiado cerca de la de David—. A una hora cuestionable y utilizando criterios nutricionales que preferiría no someter a revisión, pero técnicamente cuenta. Ahora puedes decidir qué hacer con toda esa energía preventiva que has acumulado.

David deslizó el pulgar por su costado, justo bajo el borde del jersey.

—Tengo algunas ideas que no incluyen comida.

Ryan sintió la intención en el contacto y se rio mientras recuperaba la mochila del suelo para llevarla al lugar donde solía dejarla.

En diciembre, descubrir que aquel objeto ya tenía sitio en la casa le había provocado una incomodidad difícil de explicar; ahora utilizó el lugar sin pensar demasiado y se quitó el jersey de camino a la cocina porque la calefacción seguía funcionando según criterios que, en su opinión, habrían permitido cultivar especies tropicales.

Cenaron de todas formas. Ryan tenía hambre y David había hecho suficiente comida para que ignorarla fuera absurdo, aunque el deseo se mantuvo como una segunda conversación debajo de la visible.

Hablaron del hospital, de una reorganización menor de turnos en Ladder 15 y de un mensaje de Olivia en el que afirmaba haber localizado la fotografía del periodo «experimental» de la barba de su padre.

David sostuvo que no existía ninguna prueba fiable; Ryan respondió que, después de conocer el sistema de archivo de la familia, consideraba inevitable que apareciera documentación.

La broma habría durado más unas semanas atrás.

Aquella noche Ryan estaba demasiado pendiente de las manos de David cada vez que alcanzaban un vaso o cortaban comida.

Había conocido esas manos primero con guantes de trabajo, después alrededor de una taza, luego en su cuerpo.

Conocía ya la presión exacta con que podían sujetarle las caderas, la paciencia con que se detenían cuando él necesitaba ajustar un movimiento y la manera en que David, pese a su tamaño y a toda la imaginería cultural que venía adherida a ser bombero, había aprendido a preguntar sin convertir cada pregunta en una ceremonia.

Ryan también había aprendido algunas cosas sobre él.

Sabía cuándo David estaba conteniendo fuerza y cuándo quería usar más.

Sabía que le gustaba que le tocaran el cuello, que una boca en determinados puntos de la espalda podía hacerle perder una parte bastante satisfactoria de su autocontrol y que, en las ocasiones en que habían hablado de roles sexuales, David no había tratado nunca penetrar o ser penetrado como extensión de quién tenía más edad, tamaño o autoridad.

Habían sido versátiles antes de conocerse.

Hasta entonces, sin embargo, cuando habían tenido penetración juntos, Ryan había sido quien recibía.

La idea llevaba varias semanas apareciendo con una insistencia cada vez menos discreta.

David la hizo imposible de ignorar cuando terminaron de cenar y empezó a recoger.

Se inclinó para guardar un recipiente en el frigorífico, la camiseta se tensó sobre su espalda y Ryan recordó con demasiada precisión las cicatrices antiguas que había recorrido con las manos y la boca.

No estaba pensando en ellas como heridas ni en David como un hombre que necesitara protección; estaba pensando en ese cuerpo grande debajo del suyo y en la posibilidad de verlo ceder una forma de control que hasta entonces habían explorado al revés.

Ryan llevó los platos al fregadero y se quedó cerca cuando David cerró el frigorífico.

No fingió que necesitaba pasar por el espacio estrecho ni construyó una colisión accidental.

Apoyó una mano en el abdomen de David, dejó que el pulgar encontrara piel bajo la camiseta y esperó hasta que la mirada del hombre descendió hacia él.

—Llevo varias semanas pensando en algo —dijo Ryan, manteniendo la mano donde estaba mientras David se volvía del todo—.

No es una crisis temporal ni una objeción sobre tu archivo doméstico.

Tiene un alcance bastante más inmediato y, según mi experiencia, podría beneficiarse de que subamos al dormitorio.

La sonrisa de David apareció despacio, acompañada por un cambio corporal que Ryan conocía muy bien.

—Tu manera de proponer sexo empieza a parecerse demasiado a una solicitud de procedimiento.

—No he propuesto todavía el procedimiento. Solo el entorno.

David apoyó las manos sobre sus caderas, aunque no tiró de él. —Entonces explícame el resto antes de que empiece a asumir cosas y tengamos que dedicar otra noche a mis defectos de proceso.

Ryan recorrió con la palma el costado de David y sintió cómo el músculo respondía bajo la camiseta. Le gustó que pudiera decirlo directamente sin provocar sorpresa ni convertir el tema en una prueba de masculinidad.

—Quiero follarte esta noche. Quiero que seas tú quien reciba y quiero marcar yo el ritmo durante una parte. Si eso te apetece, subimos. Si tenías otra idea, podemos negociar antes de que mi vocabulario empeore.

David no respondió de inmediato, y esa pausa no tuvo nada de duda defensiva. Ryan vio el deseo asentarse en su cara, la atención bajar un instante hacia la boca y después hacia el cuerpo que tenía delante. Cuando habló, la voz era más grave.

—Me apetece mucho. Y prefiero que seas tú quien lleve el ritmo si vamos a hacerlo así, porque quiero ver qué haces cuando dejas de tratar cada deseo como una hipótesis que necesita revisión por pares.

—David acercó una mano hasta la nuca de Ryan y lo sostuvo allí sin imponerle dirección—.

Solo te pido que no conviertas ser quien penetra en una obligación de demostrar nada.

Si quiero más, menos o distinto, te lo voy a decir.

La respuesta le produjo a Ryan una satisfacción que mezclaba deseo y alivio.

Había una fantasía fácil, casi automática, en invertir la imagen que cualquiera construiría desde fuera: el bombero de cuarenta y siete años, mucho más alto y pesado, recibiendo mientras el médico veinte años más joven dirigía.

Ryan no quería que la escena funcionara únicamente porque contradijera un cliché.

Lo que lo excitaba era algo más específico: David confiaba en él lo suficiente para pedir, ceder, corregirlo y disfrutar sin necesitar que el tamaño resolviera quién hacía qué.

—Eso es exactamente lo que quiero —dijo Ryan, y terminó el movimiento que llevaba conteniendo desde que entró en la cocina: lo agarró por la camiseta y lo besó con suficiente fuerza para que David diera medio paso hacia él.

No hubo necesidad de decidir formalmente cuándo dejaban de estar en la cocina.

El beso se volvió más intenso, David le rodeó la cintura y Ryan terminó empujándolo suavemente hacia el pasillo mientras ambos se reían cuando el hombro de David chocó contra el marco de una puerta que conocía demasiado bien para culpar a la arquitectura.

—Esto invalida gran parte de tu reputación profesional —murmuró Ryan contra su boca mientras seguían avanzando—. Un hombre entrenado en evaluación espacial acaba de perder una discusión con su propia casa.