Llamaradas y Quirófanos 13 No llego tarde #4
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13 No llego tarde #4

—Precisamente mis problemas de control me convierten en un excelente archivista. Además, esa etiqueta es una agresión contra cualquier sistema serio de recuperación de información.

—La caja vuelve al armario esta noche tal como estaba.

—Eso es barbarie documental.

La discusión quedó integrada en el acto de guardar los objetos.

Ryan dobló de nuevo la captura y David colocó la pulsera dentro de un sobre para que no siguiera deformándose; cuando llegó el turno del recibo térmico, ambos coincidieron en que debía digitalizarse antes de desaparecer por completo, aunque Ryan le prohibió hacerlo en ese momento porque sabía que David convertiría una sugerencia de treinta segundos en un proyecto nocturno.

Cuando todo estuvo otra vez dentro, David mantuvo las manos sobre la tapa sin cerrarla aún.

—Hay una cosa que necesito preguntarte —dijo. La proximidad no le había devuelto el hábito de asumir—. ¿Quieres quedarte esta noche? No lo planteo como prueba de que estamos bien, y no necesito que durmamos juntos para convencerme de que la conversación ha funcionado.

Ryan miró hacia el salón. Desde allí podía ver la fotografía familiar que había estado presente durante la cena con Olivia.

Seguía exactamente en su sitio, junto a otras imágenes en las que él no aparecía.

La diferencia consistía en que ahora sabía que, en alguna parte de esa misma casa, existía una caja ridícula con una tarjeta de muffins y una captura de una sartén.

La idea de subir al dormitorio ya no le producía la necesidad de escapar.

—Quiero quedarme —respondió, y mantuvo la mano sobre la de David mientras añadía lo que también necesitaba esa noche—.

Prefiero que no tengamos sexo. No porque esté dudando de nosotros ni porque quiera conservar una distancia ritual después de discutir.

Estoy cansado y quiero dormir contigo sin usar el sexo para darle un cierre más convincente a todo esto.

David apretó sus dedos. —A mí me sirve. Y después de enseñarte una tarjeta publicitaria que llevo meses guardando, creo que ya he alcanzado mi límite de exposición por una noche.

Ryan sonrió y se inclinó para besarlo. El contacto empezó despacio, sin la urgencia que solía aparecer cuando ambos sabían que terminarían desnudos; eso le permitió sentir mejor la barba contra la cara, la mano grande que subió hasta su nuca y la comodidad física que no había desaparecido durante los días de distancia.

Cuando se separó, David seguía suficientemente cerca para que Ryan apoyara la frente un momento contra la suya sin convertir el gesto en promesa.

Guardaron la caja juntos. David abrió el armario y Ryan vio que ocupaba un estante entre otras cajas igual de poco elegantes, una con cables reales y otra cuyo contenido parecía consistir en herramientas pequeñas.

Aquello terminó de gustarle. El archivo de su relación no estaba en un altar; estaba metido en la vida doméstica, entre cosas útiles, cosas olvidadas y objetos que David aún no había decidido tirar.

Antes de subir, Ryan recuperó la mochila del recibidor.

David no la tocó hasta que él se la pasó y, cuando llegaron al dormitorio, la dejó en la silla donde Ryan solía vaciarla durante las noches que pasaba allí.

El lugar seguía siendo prestado en un sentido literal: aquella no era su casa, no tenía una llave, no vivía allí y una parte enorme de la habitación había existido mucho antes de conocerlo.

Aun así, ya no le pareció necesario confundir antigüedad con derecho exclusivo.

Se prepararon para dormir hablando de cosas pequeñas, incluida la posibilidad de que Olivia descubriera algún día la existencia de la caja y utilizara la información para destruir lo que quedaba de la reputación de su padre.

Ryan consideró probable que ella exigiera una auditoría completa; David amenazó con negar toda evidencia y, cuando Ryan señaló que había una captura impresa que demostraba premeditación, respondió que eso era exactamente el motivo por el que nunca debía permitirse a un médico organizar documentación privada.

En la cama, David le preguntó si prefería que leyera un rato o apagara ya la luz.

Ryan llevaba suficiente cansancio acumulado para elegir oscuridad y se acomodó en su lado habitual mientras David apagaba la lámpara dentro del mismo movimiento con que volvía a tumbarse.

No hubo una cadena de gestos destinada a fingir intimidad: Ryan simplemente encontró el costado de David bajo las mantas, se acercó porque quería hacerlo y dejó una mano sobre su abdomen.

Habían hablado durante horas sin obtener una sola garantía.

Eso ya no le parecía un fracaso de la conversación.

A la mañana siguiente, David probablemente intentaría escanear el recibo de Charles Street antes del desayuno y Ryan tendría que impedir que empleara una resolución absurda, corregir el nombre del archivo y explicarle por qué «CAFÉ RYAN IMPORTANTE» era una clasificación inaceptable.

La perspectiva le resultó suficientemente irritante para quedarse dormido sonriendo.