8 A las cuatro de la mañana #3
—Ya no eres exactamente ese hombre —dijo.
Vio la protesta formarse y la cortó antes de que David pudiera acusarlo de idealizarlo—.
No he dicho que estés curado de nada ni que de pronto seas perfecto.
La semana pasada casi cancelas nuestra cena porque ser la solución fácil en la estación te parecía más soportable que dejar que otro resolviera el turno.
Pero lo hablamos y cambiaste una decisión porque viste que estabas haciendo lo mismo. Eso cuenta. No lo arregla todo. Cuenta.
David contempló la mesa mientras absorbía la diferencia.
—Eres muy malo reconfortando.
Ryan sintió que la risa le salía antes de poder contenerla.
—Estoy haciendo un esfuerzo extraordinario por no reconfortarte con mentiras. Aprecia la inversión.
David sonrió de verdad por primera vez desde que Ryan había entrado en la cocina.
La calidez que produjo aquella sonrisa no eliminó lo que seguía abierto.
Ryan podía sentirlo en su propio cuerpo: seguía existiendo la posibilidad de que David decidiera dentro de una semana que todo aquello era demasiado; seguía existiendo la posibilidad de que Ryan reprodujera su patrón con el hospital; seguían existiendo veinte años, una hija adulta, una exesposa, una casa construida antes de que él apareciera y un futuro que ninguno podía calcular.
Pero ya no interpretaba la presencia de esas cosas como una señal de retirada inmediata.
David dejó el vaso en la mesa y se quedó mirando sus propias manos.
—Hay una parte que todavía me da vergüenza admitir.
Ryan esperó sin hacer una pregunta.
—Cuando te vi dormido antes de levantarme, pensé que sería mucho más sencillo si esto solo me importara hasta cierto punto.
Podría disfrutarlo, tener sexo contigo, vernos cuando pudiéramos y aceptar que nuestras vidas siguieran bastante separadas.
Hay una versión de mí que todavía cree que eso sería lo responsable.
Ryan notó cómo se le tensaba el abdomen.
La frase tenía una salida evidente: preguntarle si eso era lo que quería. Sin embargo, David ya había respondido antes y hacerle repetirlo habría convertido la vulnerabilidad en una prueba.
David levantó la vista.
—El problema es que no quiero eso.
Ryan sintió que la respuesta le llegaba al cuerpo antes de poder intelectualizarla.
No era una declaración de amor. Ni una promesa. Era algo más útil en aquella fase: David acababa de decir que no quería mantenerlo en un compartimento fácil.
Ryan tuvo que mirar un momento hacia la encimera porque la alternativa era permitir que su cara comunicara demasiado.
—Eso es bastante inconveniente —dijo cuando recuperó una voz razonable—. Yo estaba empezando a disfrutar mucho de la parte en que fingíamos que todo esto podía administrarse con calendarios.
—Tú nunca has fingido eso de manera convincente.
—He usado hojas de cálculo para problemas sentimentales anteriores. No subestimes mi capacidad.
David se rio, y esta vez la risa modificó por fin la postura rígida con que llevaba sentado desde que Ryan llegó. No se volvió de pronto ligero; simplemente dejó de parecer un hombre preparándose para tomar una decisión defensiva.
Ryan consultó la hora. Eran casi las cinco.
La observación le recordó que su cuerpo seguía necesitando sueño y que continuar aquella conversación hasta el amanecer no necesariamente produciría una verdad mejor.
Una de sus costumbres profesionales más difíciles de abandonar consistía en creer que más tiempo y más análisis siempre terminarían revelando la respuesta correcta.
Allí no existía una.
—Voy a volver a la cama —dijo mientras se levantaba, y mantuvo la frase dentro de una explicación suficiente para que no sonara a ultimátum ni invitación disfrazada—.
No porque crea que hemos resuelto esto, porque claramente no.
Voy porque he dormido unas tres horas y mañana voy a odiar a toda la humanidad si seguimos hasta que salga el sol.
Tú puedes quedarte aquí si necesitas más tiempo.
Pero prefiero que vuelvas cuando te apetezca a que te quedes sentado en esta cocina hasta que hayas fabricado una conclusión perfecta.
David lo observó desde la mesa.
—¿No quieres que te diga nada más?
Ryan pensó antes de responder.
—Quiero muchas cosas. No necesito todas esta noche. Hay diferencia.
La expresión de David cambió de una manera que Ryan no intentó traducir.
Regresó al dormitorio sin esperar a comprobar si lo seguía.
La decisión le costó más de lo que parecía: una parte de él quería quedarse en la cocina hasta conseguir una confirmación definitiva de que David no iba a cambiar de opinión, que aquella confesión significaba avance y no antesala de una retirada.
Pero pedir seguridad después de haberle dicho que ninguno podía ofrecer garantías habría sido una forma particularmente eficiente de contradecirse.
Se metió en la cama y encontró todavía algo de calor acumulado bajo las mantas.
La casa seguía igual de silenciosa. Desde el dormitorio podía ver una parte del pasillo, pero se colocó de lado, dando la espalda a la puerta, porque vigilar si David aparecía cada treinta segundos no iba a convertirlo en una persona más tolerante con la incertidumbre.
No supo cuánto tiempo pasó. Probablemente menos del que le pareció.
El colchón cedió finalmente cuando David regresó. No hubo explicación desde el umbral ni otra conversación preparada. Se acomodó a su lado con cuidado de no asumir que Ryan quería retomar automáticamente la posición en la que se habían dormido antes.
Ryan notó la distancia pequeña entre ambos y decidió que esa sí era una incertidumbre que podía resolver sin análisis. Se giró hacia David, encontró su antebrazo bajo la manta y apoyó la mano allí. No lo arrastró hacia él ni convirtió el gesto en una recompensa por haber vuelto.
David giró la muñeca y entrelazó sus dedos.
Permanecieron de esa manera, lo bastante cerca para sentir el calor del otro y sin necesidad de fingir que una conversación a las cuatro de la mañana había eliminado el miedo que la había provocado.
—Por si mañana intentas alegar privación de sueño —murmuró Ryan cuando notó que la respiración de David empezaba a desacelerarse—, quiero dejar constancia de que tú has iniciado esta conversación y yo he sido una víctima involuntaria.
David soltó una risa baja contra la almohada y respondió dentro del mismo tono cansado:
—Mañana pienso negar que haya ocurrido. Tú tendrás que decidir si quieres presentar pruebas.
Ryan sonrió en la oscuridad.
—No me provoques. Tengo experiencia documental.
La risa de David se apagó poco a poco, y esa vez no necesitaron seguir hablando para llenar el espacio. Ryan continuó despierto un rato, consciente de la mano unida a la suya y de que David todavía podía cambiar de opinión sobre mil cosas durante los meses siguientes. Él también.
La certeza que finalmente le permitió dormirse era mucho más pequeña.
David había tenido miedo y no había decidido por los dos qué hacer con ese miedo.
A las cuatro de la mañana, era suficiente.