9 Hijos, dinero, fuego y guardias
A principios de noviembre, Ryan había empezado a dejar de pensar en la casa de David como un lugar al que iba de visita y ese descubrimiento le resultaba bastante más inquietante que cualquiera de las conversaciones que habían mantenido sobre enamorarse.
No tenía una llave. Tampoco había dejado ropa de manera deliberada ni ocupaba ningún espacio que pudiera confundirse con convivencia.
Seguía llegando con una mochila cuando iba a pasar la noche y regresaba a Back Bay después, a un apartamento cuyo alquiler consumía una cantidad ofensiva de dinero a cambio de muy pocos metros cuadrados y una cocina con historial de movilización de recursos públicos.
Sin embargo, ya sabía dónde estaban las tazas, qué cajón se atascaba si se abría demasiado deprisa y cuál de las tablas de cortar David utilizaba para cualquier cosa antes que buscar una de tamaño apropiado.
La familiaridad había aparecido sin ceremonia, acumulada en noches, desayunos y esa intimidad menos fotogénica que consistía en saber que David dejaba la cafetera preparada antes de acostarse cuando debía madrugar.
Una semana después de la conversación de las cuatro de la mañana, Ryan despertó allí un sábado con David todavía dormido a su lado y tardó unos segundos en entender por qué la escena le parecía distinta.
No era que hubieran tenido sexo otra vez —lo habían tenido, sin la carga inaugural de la primera vez y con bastante menos planificación—, sino que David no había desaparecido durante la noche para intentar resolver su vida en la cocina.
Dormía de lado, ocupando una cantidad de colchón acorde con su tamaño, con una mano abierta sobre la almohada entre ambos y el pelo todavía más gris en las sienes bajo la luz fría de la mañana.
Ryan podía ver parte de una cicatriz antigua en la espalda, allí donde la sábana había bajado, y recordó la conversación con Nicholas sobre un futuro en el que el cuerpo de David empezaría a exigir decisiones antes que el suyo.
La idea duró poco. David abrió los ojos y, después de unos segundos de orientación, encontró a Ryan mirándolo.
—Si eso es una evaluación clínica, quiero una segunda opinión —murmuró con la voz áspera del sueño, acercando la mano hasta la cintura de Ryan sin tirar de él—. Y si no lo es, estás aprovechando de forma poco ética que todavía no tengo café.
Ryan se dejó acercar lo suficiente para besarle la mandíbula.
—Estaba comprobando si habías sobrevivido a otra noche conmigo. Los datos empiezan a ser estadísticamente tranquilizadores, aunque sigues necesitando vigilancia.
David abrió más los ojos, ahora claramente despierto, y le pasó la mano por la espalda.
—¿La vigilancia requiere que te quedes hasta el desayuno?
—Por desgracia, sí. Es un protocolo muy exigente.
Aquello habría podido terminar fácilmente en otra hora de cama, pero Ryan tenía hambre y David había prometido caminar después antes de que el frío de noviembre se volviera una razón convincente para no salir.
Bajaron a desayunar sin prisa y, para cuando abandonaron la casa, la mañana había adquirido esa claridad dura de Boston que hacía parecer más cercana cualquier superficie iluminada y convertía el viento procedente del agua en una corrección bastante rápida de la temperatura prevista.
David propuso Castle Island porque podían llegar sin convertir el paseo en un proyecto.
Ryan aceptó con la condición de que el café no procediera de ninguna institución relacionada con el cuerpo de bomberos.
David, que consideraba sus quejas sobre café una afectación de médico con demasiado entrenamiento sensorial selectivo, le permitió elegir.
Caminaron con los vasos calientes entre las manos y sin una conversación pendiente.
Después de la madrugada de la semana anterior, Ryan había esperado cierta cautela por parte de David, alguna señal de que la confesión sobre la posibilidad de enamorarse iba a contaminar cada encuentro posterior.
No ocurrió. David no había retirado nada ni aumentado la intensidad para compensar.
Le había escrito como siempre, habían discutido una noche sobre una película y, cuando se vieron dos días más tarde, el hombre lo besó en la entrada de su casa antes de preguntarle si quería cenar.
La normalidad era, Ryan empezaba a sospechar, una forma bastante eficaz de hacer que una relación avanzara sin permiso de su capacidad analítica.
Cerca del agua, una pareja joven intentaba colocar a un bebé en un cochecito mientras un niño de quizá tres años reclamaba atención con la convicción de que cualquier necesidad ajena constituía una injusticia personal.
Uno de los adultos sujetaba una bolsa, una manta y algo que parecía haber sido diseñado específicamente para no caber en ningún compartimento del cochecito; el otro trataba de abrochar el arnés mientras el bebé protestaba.
David observó la maniobra apenas unos segundos antes de seguir caminando.
—Había olvidado cuánto equipo necesita una persona que pesa menos que una de mis botas.
Ryan miró de nuevo al grupo.
—¿Olivia era así?
David soltó una risa, no la nostalgia inmediata que Ryan habría esperado.
—Olivia era peor, porque durante una temporada desarrolló la teoría de que dormir era una actividad que hacían otras familias.
Jennifer y yo teníamos un sistema bastante sofisticado para decidir a quién le tocaba levantarse que consistía, básicamente, en fingir que uno no había oído nada hasta que el otro cedía.
La imagen de David veintitantos años antes, medio dormido y cargando a una bebé por una casa que quizá ni siquiera fuera aquella, apareció en la cabeza de Ryan con una facilidad extraña.
Sabía que existía esa versión del hombre, pero hasta entonces la paternidad de David había funcionado principalmente como cronología: Olivia tenía veintitrés, cuatro menos que Ryan, por tanto los veinte años entre ellos tenían un peso concreto.
Escucharlo hablar de noches sin dormir convertía la cifra en una experiencia.
—¿Lo echas de menos? —preguntó.
David se tomó tiempo para entender que Ryan no preguntaba por Olivia.
—Algunas partes —respondió mientras avanzaban por el camino, protegiendo el café del viento con la palma—.
Que fuera pequeña, sí, a veces. Que necesitara que yo supiera resolverlo todo, bastante menos de lo que habría imaginado entonces.
Lo que no echo de menos es empezar desde cero con un bebé. No volvería a hacerlo.
Ryan tardó un par de pasos en percibir el alcance de aquella última frase.
David lo notó.
—No lo he dicho para abrir una negociación en mitad del paseo —añadió, sin apresurarse a retirar lo que acababa de afirmar—. Solo es verdad. Tengo cuarenta y siete años. Ya crié a una hija desde recién nacida hasta adulta y no quiero empezar otra vez esa etapa.
Ryan miró el café y descubrió que su cerebro estaba intentando responder una pregunta que nadie le había formulado todavía.
¿Quería hijos?
La reacción automática fue quizá algún día .
Llevaba años utilizando esa respuesta cuando el tema aparecía de forma tangencial, una manera eficaz de evitar tanto el sí como el no mientras terminaba estudios, se trasladaba, entraba en residencia y acumulaba razones para posponer cualquier decisión que no tuviera fecha institucional.
Algún día había funcionado como una carpeta donde almacenar posibilidades futuras sin necesidad de comprobar si realmente las deseaba.
David había eliminado la comodidad de esa carpeta con una sola frase.
—Yo siempre he dicho que probablemente sí —admitió Ryan después de unos segundos—.
El problema es que no estoy seguro de haber pensado alguna vez qué significa «probablemente».
Puede que solo haya asumido que era una de esas cosas que se deciden más adelante cuando tienes una carrera, una pareja y una vida menos absurda.
David no utilizó la incertidumbre para convencerlo de que en realidad no quería. Tampoco ofreció una versión alternativa de familia para hacer que su negativa sonara más negociable.
—Tienes veintisiete. No me parece raro que no lo sepas.
Ryan sintió el pequeño pinchazo de irritación que le producía cualquier frase donde su edad podía esconder una jerarquía, pero esta vez se disipó cuando David continuó antes de que él tuviera que defenderse.
—Y tampoco te lo digo en el sentido de que ya lo descubrirás cuando seas mayor. Puede que lo sepas el mes que viene o que tardes años. Puede que la respuesta sea no. Lo único que sí sé es la mía y preferiría no fingir que está abierta porque me gustas.
Esa última parte fue la que cambió la temperatura de la conversación.
Ryan podía discutir contra una preocupación hipotética. Una decisión real era otra cosa.
—¿Cero margen?
David sostuvo la pregunta sin ofenderse.
—Para volver a empezar con un bebé, sí. No quiero tener cincuenta y tantos persiguiendo a un niño de cinco años mientras intento convencerme de que el hecho de poder hacerlo significa que quiero hacerlo. Y no sería justo decirte ahora «ya veremos» para mantener esto fácil.
Ryan entendía la lógica y no encontraba ningún consuelo en ella.
Siguieron andando, pero el paseo ya no tenía la misma ligereza. La familia del cochecito había quedado atrás y el viento arrastraba el ruido del agua y conversaciones ajenas sin que nada ofreciera a Ryan una manera limpia de cerrar el tema.
—No sé si eso sería un problema para mí —dijo finalmente—. Y me fastidia muchísimo no saberlo, porque ahora que has dicho que tu respuesta es definitiva parece que debería poder producir la mía para evaluar compatibilidad.
David lo miró con una mezcla de paciencia y cansancio que Ryan reconoció como la expresión que utilizaba cuando quería evitar hacer precisamente lo que el otro esperaba de él.
—No necesito una respuesta hoy. De hecho, preferiría que no fabricaras una solo porque te incomoda dejar una variable abierta. Si dentro de un año descubres que quieres criar hijos, tendremos un problema real. Hoy solo tenemos información.