Llamaradas y Quirófanos 8 A las cuatro de la mañana #2
30%

8 A las cuatro de la mañana #2

Ryan sintió la primera punzada de irritación al escuchar la comparación de edades, pero no era la misma discusión que habían tenido al principio.

David no estaba utilizando sus años para declarar que entendía mejor a Ryan.

Hablaba de lo que esos años habían hecho con su propia capacidad para entrar en una relación.

Aun así, Ryan necesitó formular una objeción antes de que el miedo terminara convirtiéndose en una decisión disfrazada.

—Hay una parte de eso que entiendo —dijo, procurando no acelerar las palabras como hacía cuando tenía ya preparado un argumento—.

La que no quiero aceptar sin más es que saber cuánto puede doler perder algo te obligue a tratar como peligro cualquier señal de que empieza a importarte.

Porque llevas desde la estación intentando prevenir consecuencias que todavía no existen, y hasta ahora cada vez que has aflojado ese control lo has hecho porque tú querías, no porque yo consiguiera demostrarte que nada malo podía pasar.

David recibió la frase sin interrumpir. Ryan vio el momento en que reconoció la crítica, no como ataque, sino como una parte del problema que había estado intentando explicar.

—Lo sé. Y por eso estoy sentado aquí en vez de haberte despertado para decirte que esto es una mala idea.

La respuesta produjo un alivio que Ryan se negó a convertir en victoria.

David continuó, ahora más despacio.

—Mi primera reacción ha sido pensar que quizá estábamos avanzando demasiado deprisa.

Que después de anoche debería poner un poco de distancia, espaciar las noches aquí, no dejar que las cosas se vuelvan demasiado domésticas.

Lo he pensado todo durante unos quince minutos y después me he dado cuenta de que estaba organizando una retirada antes de que tú supieras que había un problema. Otra vez.

Esa admisión afectó a Ryan más que cualquier disculpa.

David no estaba presentando su impulso de protección como una virtud. Había reconocido el mecanismo mientras ocurría y, en lugar de actuar, se había quedado en una cocina a oscuras sin saber qué hacer con él.

Ryan miró el vaso de agua, casi intacto.

—¿Y ahora qué quieres?

David apoyó las manos alrededor del vaso, pero no lo levantó. Ryan observó cómo la pregunta cambiaba el centro de la conversación: ya no se trataba de lo que temía, sino de qué estaba dispuesto a elegir mientras seguía teniendo miedo.

—Quiero que sigas aquí por la mañana —respondió—.

Quiero volver a verte después. Quiero que esta noche no se convierta en una excepción que luego intentamos mantener a distancia porque me ha impresionado demasiado.

Y, al mismo tiempo, estoy sentado delante de ti a las cuatro y media porque imaginar que podría enamorarme de ti me da más miedo ahora que cuando era joven.

La palabra quedó entre ellos sin convertirse en declaración.

Enamorarme.

No estoy enamorado .

Ryan entendió la diferencia con una precisión casi dolorosa.

Durante varias semanas había podido mantener el vínculo dentro de categorías relativamente manejables: atracción, citas, compatibilidad, deseo, sexo. Aquella noche David acababa de introducir otra posibilidad y lo había hecho precisamente para admitir que no sabía cómo vivir con ella.

Ryan podría haberle respondido de muchas maneras útiles para cerrar la escena.

Podía asegurarle que no tenía intención de marcharse.

Podía prometer que no esperaba una convivencia, ni una casa, ni una versión acelerada de la vida que David había tenido antes.

Podía decirle que estarían bien, afirmación que en el hospital habría considerado irresponsable sin suficiente información y que, en una cocina a las cuatro de la mañana, resultaba todavía menos defendible.

Decidió no ofrecer ninguna de esas cosas.

—No tengo una garantía para ti —dijo. La sinceridad hizo que la frase sonara más áspera de lo que habría querido, de modo que continuó antes de que David pudiera interpretarla como retirada—.

Ni siquiera tengo una predicción especialmente fiable.

Sé que quiero seguir viéndote. Sé que esta noche quería acostarme contigo y que ahora mismo sigo queriendo estar aquí aunque esta conversación sea bastante peor que dormir.

Sé también que he arruinado relaciones porque el trabajo siempre parecía tener una justificación más sólida que cualquier persona.

Puedo intentar no repetirlo, pero sería una mentira decirte que ya sé exactamente cómo hacerlo.

David permaneció atento, sin buscar consuelo en la mesa ni en el cuerpo de Ryan.

—Eso es más útil que prometerme que nunca va a pasar nada malo.

Ryan se permitió una sonrisa pequeña.

—Menos romántico, probablemente.

—A estas horas estoy dispuesto a aceptar precisión en lugar de romance.

El humor duró poco y no necesitó otra réplica. Había cumplido su función: permitirles respirar sin desmontar lo que acababan de decir.

Ryan se reclinó en la silla, tratando de encontrar una posición menos propia de una conversación seria sin conseguirlo del todo. El cuerpo empezaba a recordarle que llevaba pocas horas de sueño y que la noche anterior no había sido precisamente sedentaria.

—Hay otra cosa que no quiero hacer —dijo—.

No quiero convertir esto en una situación donde tú me cuentas que tienes miedo y yo tengo que convencerte de que soy una apuesta segura.

No puedo serlo. Ninguna persona puede. Y si empezamos a funcionar así, cada vez que yo llegue tarde, cancele algo o tome una decisión que no te guste vas a preguntarte si es la prueba de que tenías razón en no empezar.

David frunció el ceño, no por desacuerdo inmediato, sino porque Ryan había tocado un riesgo que todavía no había formulado.

—Eso sería agotador para los dos.

—Muchísimo. Y yo acabaría intentando demostrarte constantemente que no soy Matthew en versión inversa, que no voy a hacerte lo mismo que alguna relación anterior, que puedo superar algún examen que ni siquiera hemos definido.

No quiero una relación donde uno de los dos tenga que pasar una auditoría para que el otro pueda relajarse.

David bajó la cabeza un instante y soltó una risa sin demasiado humor.

—Has conseguido utilizar «auditoría» durante una conversación sobre enamorarse. Tu compromiso con el oficio es admirable.

Ryan aceptó la acusación.

—Son las cuatro y treinta y tantos. Mi vocabulario emocional está operando con personal reducido.

La sonrisa de David se mantuvo esta vez unos segundos más. Después miró hacia el pasillo, en dirección al dormitorio, y la expresión volvió a volverse seria.

—No necesito que demuestres nada esta noche.

Creo que eso es parte de lo que estaba intentando entender antes de que te levantaras.

Llevo mucho tiempo convencido de que mi manera de cuidar a la gente es prever qué puede salir mal y ocuparme antes de que llegue.

Con Olivia esa forma de funcionar fue útil muchas veces.

En el trabajo también. En una relación...

ya sé que puede convertirse en otra cosa.

Ryan no necesitó preguntar a qué se refería.

Habían discutido suficiente sobre su tendencia a decidir antes de consultar.

El nombre de Christopher no apareció y Ryan agradeció que David no utilizara aquella madrugada para desplegar toda su historia romántica como evidencia.

La confesión funcionaba mejor sin explicaciones exhaustivas.

—Entonces quizá esta noche no tengas que ocuparte de nada —dijo Ryan—. Puedes estar asustado y seguir teniendo una persona en tu casa. No necesito que conviertas el miedo en un plan antes del desayuno.

David levantó una ceja.

—Eso ha sonado peligrosamente sensato.

—No se lo cuentes a Nicholas. Tiene una reputación mía que proteger.

La referencia al amigo alivió otro poco el ambiente. David tomó por fin el vaso y bebió, y Ryan advirtió que llevaba probablemente más de media hora utilizando el agua como accesorio mientras intentaba ordenar su cabeza.

El impulso de preguntarle si ya estaba mejor apareció y Ryan lo descartó. Aquello implicaría que la conversación tenía una meta clínica: reducir el miedo hasta un nivel aceptable y volver a la cama cuando el síntoma estuviera controlado.

En lugar de eso, preguntó algo que realmente quería saber.

—¿Te asusta más perder una relación o convertirte otra vez en la persona que eras dentro de una?

David permaneció unos segundos con el vaso entre las manos.

—No quiero volver a ser exactamente la persona que era dentro de mi matrimonio —respondió finalmente—.

No porque estuviera fingiendo o porque Jennifer y yo viviéramos una mentira.

Éramos muy jóvenes cuando empezamos a construir todo aquello y yo daba por hecho demasiadas cosas sobre cómo tenía que funcionar una familia, qué problemas me correspondía resolver y cuánto de mí debía consistir en ser útil.

—Hizo una pausa, suficiente para elegir el resto sin transformar a Jennifer en culpable de un patrón que reconocía como propio—.

Lo que me preocupa de empezar de nuevo es descubrir que, cuando algo me importa de verdad, vuelvo a esa versión de mí que decide que amar a alguien significa quitarle problemas de delante aunque no haya pedido que los quite.

Ryan pensó en la comida repartida por David, en horarios casi resueltos por él, en la tendencia a ofrecer transporte, descanso, instrucciones, soluciones.

También pensó en todas las veces recientes en que había visto a David detener la mano, formular una pregunta y tolerar que Ryan eligiera otra cosa.