Llamaradas y Quirófanos 8 A las cuatro de la mañana
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8 A las cuatro de la mañana

Ryan se despertó con la impresión de que la habitación había cambiado antes de comprender qué la hacía distinta.

Durante unos segundos permaneció tumbado, todavía atrapado en ese territorio poco fiable entre el sueño y la conciencia, con el cuerpo agradablemente cansado y una sensibilidad nueva que le devolvió de golpe buena parte de la noche anterior.

Recordó el peso de David sobre él, las manos, la risa amortiguada contra su cuello, la conversación absurda sobre las sábanas recién compradas y, finalmente, haberse quedado dormido con la cabeza apoyada en su pecho.

La memoria debería haberle explicado también por qué ahora tenía demasiado espacio en la cama.

La sábana del lado de David estaba revuelta, pero el hombre ya no estaba allí.

Ryan buscó el teléfono en la mesilla y comprobó la hora: las cuatro y siete.

No había dormido lo bastante para que su cerebro manejara la incertidumbre con elegancia.

Primero descartó las explicaciones prácticas que conocía —baño, agua, una llamada— y, cuando vio una franja de luz en el pasillo y no escuchó ninguna conversación, llegó a la explicación que menos quería considerar.

David se había arrepentido.

La conclusión carecía de suficiente evidencia y Ryan lo sabía.

Unas horas antes David había sido claro después del sexo, había preguntado cómo estaba, había permitido que Ryan cuidara también de él y no había mostrado nada parecido a una retirada.

Todo eso seguía siendo cierto. También era cierto que David llevaba desde que se conocieron negociando consigo mismo cada avance y que esa noche habían cruzado la frontera que más tiempo había intentado controlar.

A las cuatro de la mañana, dos verdades podían convivir perfectamente con una interpretación pésima.

Ryan recuperó del suelo los bóxers y la camiseta que se había quitado antes de acostarse, se vistió sin encender la lámpara y salió al pasillo.

El silencio de la casa de David era distinto del de su apartamento en Back Bay.

Allí, los edificios vecinos, el tráfico y las tuberías parecían recordar continuamente que otras personas estaban a pocos metros.

En South Boston la casa conservaba ruidos más pequeños: el sistema de calefacción entrando en funcionamiento, una madera que reaccionaba a la temperatura, el motor bajo del frigorífico.

Ryan todavía no conocía el lugar lo bastante bien para distinguir qué sonidos pertenecían a la noche habitual y cuáles podían significar que David llevaba una hora caminando de una habitación a otra.

Lo encontró en la cocina.

David estaba sentado a la mesa con un vaso de agua delante y llevaba únicamente unos pantalones de dormir.

La luz sobre la encimera era la única encendida; dejaba el resto de la cocina en una penumbra suficiente para que el gris de su barba pareciera más marcado.

No tenía el teléfono, no estaba leyendo y tampoco había iniciado ninguna de las tareas con las que normalmente ocupaba las manos cuando algo lo inquietaba.

Precisamente esa inactividad preocupó más a Ryan que encontrarlo fregando platos a las cuatro de la mañana.

David levantó la cabeza al verlo y una incomodidad inmediata le cruzó la cara.

—Esperaba no despertarte —dijo, apartando el vaso hacia un lado para hacer sitio en la mesa aunque Ryan no había decidido todavía si quería sentarse—.

Y antes de que conviertas encontrar la cama vacía después de nuestra primera noche en una hipótesis que pueda arruinarnos el desayuno, no me he levantado porque me arrepienta de lo que hicimos. De eso estoy bastante seguro.

Ryan detuvo la respuesta que ya estaba preparando.

Había algo irritante en que David supiera exactamente hacia dónde había ido su cabeza, aunque el alivio fue suficientemente fuerte para impedir que lo negara.

—Me alegra que hayas empezado por ahí —respondió mientras ocupaba la silla de enfrente—, porque mi cerebro lleva despierto aproximadamente noventa segundos y ya había construido una explicación bastante eficiente en la que descubres que acostarte conmigo te ha provocado una crisis moral, generacional o ambas.

No era mi mejor trabajo analítico, pero tampoco estaba operando con condiciones ideales.

David dejó escapar una risa breve y cansada. El humor apenas alteró la tensión de su rostro.

—No hay crisis moral. La parte generacional ya estaba aquí antes de que te quitaras la ropa.

Ryan apoyó los brazos sobre la mesa y esperó.

Habría podido preguntar de inmediato qué ocurría, pero conocía suficiente a David para saber que una pregunta demasiado abierta podía recibir una respuesta funcional y falsa: no podía dormir , tenía sed , estoy bien .

El hecho de que siguiera sentado allí sin inventarse una tarea indicaba que ni siquiera él estaba consiguiendo refugiarse en esa clase de explicación.

David pasó el pulgar por la condensación del vaso y pareció darse cuenta de lo que hacía. Retiró la mano.

—He ido al baño —empezó— y he visto tu bolsa en el suelo.

Tu cepillo de dientes junto al lavabo. Una camiseta tuya sobre la silla del dormitorio.

Son cosas normales porque te vas a quedar a dormir, y sé que ninguna significa nada que no hayamos decidido.

El problema es que durante unos segundos no las he visto como cosas de esta noche.

Me ha parecido demasiado fácil imaginarlas allí mañana, otro fin de semana, dentro de seis meses.

Y cuando he vuelto a la cama ya no podía apagar la cabeza.

Ryan sintió que el alivio inicial se transformaba en otra clase de inquietud.

La situación era peor para su capacidad de defensa precisamente porque David no estaba retirando lo ocurrido. Estaba haciendo lo contrario: lo ocurrido había adquirido demasiado peso.

Ryan contempló al hombre al otro lado de la mesa.

Aún podía ver algunas marcas rojizas en su cuello que pertenecían a la noche anterior y sintió un impulso físico, casi automático, de tocarlo.

No lo hizo. Si David había salido de la cama porque necesitaba espacio para comprender algo, usar el contacto para acelerar el final de la conversación habría resultado demasiado parecido a tratar un síntoma.

—Cuando dices que no podías apagar la cabeza —preguntó Ryan después de dejarle tiempo para continuar por sí mismo—, ¿estabas pensando en que no quieres que esas cosas estén aquí dentro de seis meses o en que sí podrías quererlo y eso te asusta?

La pregunta hizo que David bajara los ojos hacia el vaso.

Ryan supo que había acertado por la forma en que tardó en responder.

—La segunda opción es bastante más cercana.

No añadió enseguida una explicación. Durante unos instantes pareció buscar una forma de hablar que no convirtiera la conversación en una declaración para la que ninguno estaba preparado. Ryan resistió el impulso de ayudarlo con categorías.

David terminó levantando de nuevo la vista.

—Cuando tenía veinte años menos, empezar una relación parecía...

no diré sencillo, porque sería mentira. Pero la escala era distinta.

Si quería estar con alguien, pensaba en estar con esa persona.

No pensaba automáticamente en todos los sistemas que se construyen alrededor cuando funciona durante años.

—Se inclinó hacia delante, apoyando ambos antebrazos en la mesa, y la postura lo acercó a Ryan sin que hubiera necesidad de tocarlo—.

Con Jennifer construí una vida entera sin darme cuenta de que la estaba construyendo pieza a pieza.

Trabajo, casa, horarios, Olivia, quién podía recogerla, quién compraba qué, dónde pasábamos un día concreto, qué familia veía a quién.

Había decisiones grandes, claro, pero la mayor parte de un matrimonio termina siendo saber sin preguntar qué falta en el frigorífico y a quién llamar cuando la calefacción deja de funcionar.

Ryan había visto una fotografía de aquella vida.

Jennifer riéndose, Olivia en medio, David a un lado de una mesa llena de comida.

La imagen había servido entonces para materializar los veinte años que los separaban.

Ahora comprendía otra cosa: no eran únicamente años vividos antes de conocerlo.

Eran años durante los que David había pertenecido a una estructura que ya no existía en esa forma.

David se pasó una mano por la barba y continuó antes de que Ryan pudiera convertir la idea en una pregunta.

—Cuando el matrimonio terminó, tampoco hubo una explosión que lo borrara.

Eso habría sido más fácil de explicar. Seguíamos queriendo a Olivia, seguíamos queriendo que al otro le fuera bien y teníamos que separar una vida que llevaba tanto tiempo funcionando en plural que algunas decisiones parecían absurdas cuando intentabas convertirlas otra vez en singular.

Jennifer no desapareció; sigue siendo familia.

Y precisamente por eso sé que una relación puede ser verdadera, importante y tener valor aunque no dure para siempre.

No había amargura cuando pronunció el nombre de su exesposa. Ryan tampoco oyó nostalgia romántica. Lo que había era conocimiento, una clase de experiencia que no podía neutralizarse diciéndole a David que esta vez las cosas serían distintas.

—Eso es lo que me ha despertado de verdad —continuó David—.

No pensar que tú vas a hacerme lo mismo que alguien antes, porque no sería justo para ninguno.

Pensar que podría volver a construir algo que me importe tanto que perderlo cambie otra vez la forma de mi vida.

Y ahora sé lo que cuesta. A los veinticinco uno puede ser lo bastante idiota para creer que querer mucho algo ya es una razón para no tener miedo.

A los cuarenta y siete ya no puedo engañarme así.