Llamaradas y Quirófanos 7 La primera vez #3
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7 La primera vez #3

—De acuerdo. Y voy a empezar con las manos. Me dices lo que necesites.

Ryan se tumbó y atrajo a David encima antes de que la situación pudiera adoptar la forma absurda de un procedimiento.

Lo besó mientras la mano de David bajaba por su abdomen y rodeaba la erección, arrancándole una reacción que le hizo cerrar los ojos unos segundos.

Habían pasado semanas tocándose por encima o debajo de la ropa, deteniéndose siempre antes de cruzar cierta frontera; aquella falta de prohibición alteraba cada contacto.

David masturbó a Ryan despacio mientras lo besaba, pero no utilizó el placer para distraerlo de lo que hacía con la otra mano. Cuando el primer dedo lubricado rozó su entrada, David redujo el movimiento y le dio tiempo para ajustar el cuerpo.

Ryan abrió más las piernas.

—Sigue —dijo, y mantuvo una mano en su nuca mientras David empezó a prepararlo.

La primera presión fue familiar y, aun así, distinta porque Ryan estaba demasiado pendiente de quién la producía.

David trabajaba con paciencia, atento a los cambios de su cuerpo sin convertirlos todos en preguntas.

Cuando Ryan necesitó más tiempo, lo pidió y David frenó; cuando la tensión cedió, Ryan movió la cadera para recibirlo con mayor profundidad.

La segunda vez que David preguntó cómo iba, Ryan estaba ya demasiado excitado para responder con la precisión habitual.

—Mejor si haces exactamente lo que estabas haciendo.

David sonrió contra su hombro y obedeció.

Ryan dejó de intentar anticipar cada paso.

Había imaginado que ser penetrado por un hombre del tamaño de David lo obligaría a mantener un control especial sobre el proceso; en cambio, descubrió que podía soltar parte de esa vigilancia precisamente porque David escuchaba.

La tercera presión de los dedos le hizo arquearse y agarrarse al hombro del hombre.

David encontró de nuevo el mismo ángulo, y Ryan soltó su nombre sin haber pensado en hacerlo.

Eso cambió la expresión de David más que cualquier comentario sexual.

Ryan lo vio y tiró de él hacia un beso.

—Quiero que me folles —dijo contra su boca, sin adornar la petición—. Ya.

David lo miró directamente.

—¿Condón y boca arriba siguen siendo lo que quieres?

—Sí. Y quiero sentir tu peso, pero no todo encima. Si necesito más espacio te lo digo.

David cogió un preservativo de la mesilla, lo abrió y se lo puso.

Ryan observó sus manos durante el proceso y sintió una excitación casi absurda al reconocer las mismas manos que había visto trabajar, sostener una taza, preparar una cena o revisar una cocina.

Era esa continuidad la que volvía el momento más íntimo.

David no se convertía en otra persona al desnudarse.

Cuando se colocó entre sus piernas, Ryan apoyó una mano sobre su cadera.

David se detuvo antes de entrar.

La espera no era teatral. Le estaba dando el último control del movimiento.

Ryan fue quien acercó la cadera.

—Ahora.

La presión inicial le cerró la garganta.

David entró despacio, deteniéndose cuando el cuerpo de Ryan se tensó y avanzando solo cuando sintió que volvía a relajarse.

El tamaño importaba; Ryan había querido que importara.

Había diferencia entre fantasía y dolor, y no tenía ningún interés en demostrar resistencia.

Mantuvo una mano sobre el brazo de David y la otra agarrada a la sábana mientras respiraba, dejando que su cuerpo se acostumbrara.

—Espera un poco ahí —pidió.

David se quedó completamente quieto, inclinado sobre él sin cargar todo el peso.

Ryan sintió el esfuerzo del hombre por no moverse y casi se rio.

—No tienes que parecer una estatua. Puedes besarme.

David bajó hacia él y lo hizo.

El beso le dio algo que seguir mientras la tensión se convertía poco a poco en otra cosa. Ryan movió las caderas primero, probando el ángulo, y cuando el cuerpo respondió con placer en vez de resistencia supo que ya no quería esperar.

—Más.

David avanzó hasta quedar completamente dentro.

Ryan dejó escapar una exhalación larga. La sensación era intensa, llena, y durante unos segundos permaneció así, con David sosteniéndose sobre los antebrazos y sus cuerpos unidos sin necesidad de moverse.

David lo observaba con el deseo todavía atravesado por atención.

—¿Bien?

Ryan pasó las manos por su espalda, sintiendo bajo los dedos las cicatrices antiguas y el músculo tenso.

—Muy bien. Empieza despacio y deja de mirarme como si fueras a rellenar un parte si hago un ruido extraño.

David rio contra su cuello y empezó a moverse.

El primer ritmo fue deliberado, suficiente para que Ryan pudiera seguir cada embestida y ajustar las piernas alrededor de la cintura de David.

La cama crujió una vez bajo el peso combinado y el sonido introdujo una normalidad inesperada que le quitó a Ryan cualquier resto de solemnidad.

Habían dedicado semanas a pensar en aquel momento y, al final, seguía implicando dos hombres desnudos intentando encontrar un ángulo cómodo en una cama recién vestida.

David aumentó la profundidad poco a poco.

Ryan encontró el movimiento que lo hizo gemir con una claridad que ninguno pudo fingir no entender. Tiró de David hacia él y cambió ligeramente la posición de una pierna para conservar el ángulo.

—Ahí —dijo, y su voz salió más baja—. No cambies eso.

David mantuvo el ritmo.

Ryan empezó a perder la capacidad de organizar el placer en componentes.

Sentía el peso controlado del cuerpo sobre él, las manos de David sujetándolo por la cintura cuando el ritmo se volvió más fuerte, la fricción de la barba contra su cuello y la penetración repetida alcanzando el punto que le hacía tensar el abdomen.

Había querido fuerza y la recibió sin que David transformara esa fuerza en dominio automático.

Cuando Ryan apretó las piernas y tiró de él, David respondió con una embestida más profunda; cuando Ryan le pidió un momento para respirar, disminuyó sin convertir la pausa en preocupación.

Esa capacidad de cambiar juntos resultó más excitante que cualquier fantasía anterior.

Ryan hundió los dedos en la espalda de David y sintió cómo el hombre perdía parte de su control. El ritmo se volvió menos perfecto, más urgente. David levantó la cabeza y Ryan vio el placer en un rostro que conocía sobre todo compuesto, práctico, difícil de leer cuando no quería ofrecer demasiado.

—Quiero verte venir —dijo David, manteniendo una mano cerca de la cadera de Ryan—. ¿Quieres que te toque o prefieres hacerlo tú?

La pregunta llegó sin cambiar el ritmo.

Ryan tomó la mano de David y la llevó hacia su erección.

—Tú. Pero no vayas demasiado rápido.

David cerró los dedos alrededor y empezó a masturbarlo siguiendo la velocidad que Ryan había pedido.

Coordinar ambos movimientos exigía menos perfección de la que habrían permitido las fantasías y más atención real: a veces la mano perdía el ritmo cuando David cambiaba de ángulo; una vez Ryan tuvo que reacomodarse porque la pierna empezaba a cansarse.

Aquellos pequeños ajustes no estropeaban nada. Hacían que la escena les perteneciera.

El placer creció hasta que Ryan dejó de poder sostener la conversación. Las manos se aferraron a David, la respiración se volvió irregular y el cuerpo entero empezó a tensarse alrededor de la penetración.

David lo notó.

No aceleró sin preguntar; mantuvo lo que funcionaba.

Ryan llegó al orgasmo con un sonido que habría preferido no analizar después, arqueándose contra él mientras el semen le caía sobre el abdomen y la contracción interna arrancaba una maldición a David.

El hombre dejó de moverse durante unos segundos, permitiéndole atravesar el final sin añadir estimulación que ya no necesitaba.

Ryan seguía respirando demasiado fuerte cuando abrió los ojos.

David estaba mirándolo con una expresión tan abiertamente afectada que la satisfacción atravesó incluso la sensibilidad posterior.

—No pares por mí —dijo Ryan, tocándole el costado—. Si quieres seguir, quiero que sigas.

David le dio un beso en la sien, pero antes de retomar el movimiento volvió a comprobar el cuerpo de Ryan.

—¿Seguro que estás cómodo?

Ryan ajustó las piernas y encontró todavía placer debajo de la sensibilidad.

—Sí. Solo un poco más despacio al principio.

David obedeció.

Ryan descubrió que observarlo acercarse a su propio orgasmo tenía una intimidad distinta.

David se apoyó más cerca, la respiración perdiendo regularidad mientras las embestidas se volvían menos medidas.

Ryan lo abrazó por la espalda, sintiendo el esfuerzo en los músculos y el momento en que el control desapareció por fin.

David hundió la cara junto a su cuello y llegó con un gemido grave, quedándose quieto mientras el cuerpo entero temblaba contra él.

Durante unos segundos ninguno intentó hablar.

La primera necesidad práctica llegó cuando David empezó a retirar el peso.

—Voy a salir —advirtió, con la voz todavía alterada—. Dime si necesitas que vaya más despacio.

Ryan agradeció la advertencia y mantuvo una mano sobre su brazo mientras se separaban.

La sensibilidad hizo que frunciera el ceño, pero no había dolor preocupante.

David se ocupó del preservativo y regresó a la cama con una toalla húmeda después de lavarse las manos, aunque antes de utilizarla levantó una ceja hacia Ryan.

—¿Quieres que te ayude o prefieres hacerlo tú?

Ryan sonrió al reconocer el esfuerzo consciente.

—Puedes ayudar. Te prometo no presentar una queja por exceso de cuidados en las próximas cinco horas, salvo reincidencia grave.

David se sentó junto a él y limpió con cuidado su abdomen.

La escena habría podido resultar ridícula después de tanto deseo, pero Ryan sintió que la ternura física funcionaba precisamente porque no intentaba embellecer nada.

Había sudor, lubricante, una sábana que ya no parecía especialmente nueva y músculos que empezaban a recordarles que habían trabajado.

Cuando David terminó, Ryan le quitó la toalla de la mano.

—Ahora tú.