7 La primera vez #2
—Eso también lo quiero —dijo—. Y ya que estamos eliminando ambigüedades, me interesa bastante la fuerza. La tuya, específicamente.
David arqueó una ceja.
—¿Cuánta investigación has hecho sobre este asunto?
Ryan dejó la copa sobre la mesa.
—Seis semanas de observación directa. Creo que ya podemos pasar a fase experimental.
El silencio posterior duró apenas lo necesario para que ambos supieran que la parte conversacional había terminado por ahora.
David se levantó primero, pero no rodeó la mesa para tomar el control del siguiente movimiento.
Ryan agradeció la espera. Se puso de pie, se acercó y apoyó una mano sobre su pecho, sintiendo bajo la camiseta un cuerpo que conocía ya parcialmente por tacto y que aquella noche podía explorar sin la proximidad de una despedida.
—Quiero empezar aquí —dijo Ryan, y tiró ligeramente de la tela para acercarlo.
David lo besó.
Las semanas anteriores habían eliminado la torpeza de aprender dónde colocar la cabeza o cuánto podía presionar antes de que el otro respondiera.
Ryan sabía que David tendía a empezar despacio cuando había una decisión pendiente y que, si él profundizaba el beso, tardaba muy poco en abandonar esa prudencia.
Lo hizo a propósito. Metió una mano bajo la camiseta, recorrió su costado y lo acercó por la cintura hasta que el cuerpo grande de David quedó alineado con el suyo.
La respuesta fue inmediata. David le rodeó la espalda y devolvió el beso con una fuerza que Ryan llevaba días imaginando, aunque la mano sobre su cintura no lo movió hasta que Ryan aumentó la presión y dejó claro que podía.
Ryan había encontrado atractivo el tamaño de David desde la primera noche.
Aquello nunca había sido una revelación sofisticada: seis pies y tres pulgadas, más de doscientas libras, años de trabajo físico y unas manos capaces de abarcarlo con una facilidad ofensiva.
La diferencia adquiría otro sentido cuando no había uniforme entre ellos.
Ryan podía sentir la amplitud del pecho contra el suyo, la tensión de los músculos bajo las palmas y el modo en que David moderaba una fuerza que, en otras circunstancias, formaba parte del trabajo.
Le gustaba precisamente porque era elegida.
Se separó de su boca solo lo suficiente para hablar.
—Haz una cosa.
David mantuvo las manos en sus costados y lo miró con atención.
—Dime.
—Levántame.
La reacción de David empezó como deseo y terminó contaminada por una sonrisa.
—¿Esto tiene algo que ver con tu interés cultural por los bomberos?
—Si dices «firefighter carry», me voy a ofender profundamente —respondió Ryan mientras pasaba los brazos alrededor de su cuello—. Quiero que me levantes de frente. Sin hombro. Sin representación de rescate. Y preferiría que no fingieras que no has pensado en hacerlo.
David pasó las manos por debajo de sus muslos, pero antes de aplicar fuerza se detuvo el tiempo suficiente para comprobar que Ryan seguía sosteniéndolo.
—¿Así?
Ryan sintió la pregunta en la boca del estómago.
—Así.
David lo levantó con una facilidad que Ryan sabía racionalmente que debía esperar y que, aun así, le arrancó una exhalación sorprendida.
Sus piernas rodearon por instinto la cintura de David, que lo sostuvo pegado al cuerpo sin tambalearse ni necesitar un reajuste visible.
La altura cambió la perspectiva: Ryan pudo mirar hacia abajo por primera vez, ver el gris del pelo desde arriba y sentir las manos grandes sujetándole los muslos.
La fantasía, descubrió, funcionaba bastante mejor sin casco.
—Esto es ridículo —murmuró, sin poder ocultar la excitación que le había alterado la voz.
David sonrió contra su cuello.
—Has sido tú quien lo ha pedido.
—No he dicho que quiera que pares.
David lo besó antes de echar a andar hacia el dormitorio.
No fue una demostración larga ni una recreación absurda de rescate; apenas unos metros por una casa que Ryan conocía ya lo suficiente para saber adónde iban.
Precisamente por eso le resultó erótico.
David podía cargarlo y, sin embargo, era Ryan quien había elegido la escena, el momento y la forma.
Al llegar al dormitorio, David no lo dejó caer sobre la cama. Lo bajó hasta que sus pies tocaron el suelo y esperó, todavía cerca.
Ryan utilizó esa pausa para quitarle la camiseta.
Había visto parte del torso de David durante los besos de las últimas semanas, pero nunca entero bajo buena luz.
El cuerpo no se parecía a la versión pulida de un hombre grande construida para una fotografía.
Había vello en el pecho, marcas pequeñas que no pedían explicación, una cintura más gruesa que la de Ryan y cicatrices que atravesaban parte de la espalda, claras y antiguas.
El tiempo aparecía también de otras maneras: piel que no intentaba parecer la de un hombre de treinta, líneas, pequeñas imperfecciones que a Ryan le produjeron una atracción mucho más intensa que cualquier versión idealizada.
Pasó una mano por el pecho y rodeó el costado hasta llegar a una de las cicatrices.
David siguió el movimiento.
—Viejas —dijo, sin apartarse—. Trabajo.
Ryan no preguntó más. Conocía lo suficiente para saber que un antiguo colapso formaba parte de su historia, pero esa noche no necesitaba convertir cada marca en relato.
Rozó la piel con los labios y sintió que David se quedaba muy quieto, no por rechazo, sino por la atención con que lo estaba dejando hacer.
Cuando Ryan bajó hacia el abdomen y empezó a abrir los vaqueros, David dejó escapar una respiración más áspera.
—Ryan, no tienes que—
Ryan levantó la cabeza.
—Termina esa frase con cuidado.
David cerró los ojos un segundo y rio, derrotado por su propia tendencia.
—No iba a decir que no tienes que hacerme nada. Iba a decir que no necesitas sentir que hay un orden obligatorio.
—Perfecto. Porque el orden lo estoy eligiendo yo.
Se arrodilló.
La erección de David tensaba ya la ropa interior y, al liberarla, Ryan sintió una satisfacción puramente física al comprobar que la escala general del hombre mantenía cierta coherencia. No hizo ningún comentario sobre ello. Había cosas que resultaban más eficaces expresadas con la boca.
David apoyó una mano en su hombro cuando Ryan lo tomó, pero el contacto no lo empujó ni dirigió.
Ryan empezó despacio, disfrutando de la reacción antes de la técnica, de la forma en que la respiración de David cambiaba cuando la lengua recorría el glande y de cómo los dedos sobre su hombro ganaban presión cada vez que Ryan tomaba más profundidad.
Había tenido suficiente sexo para no convertir aquella parte en una prueba de experiencia.
No necesitaba demostrar nada por ser más joven ni impresionar a David con una actuación diseñada para destruir cualquier duda sobre quién tenía más recorrido.
Lo que le excitaba era algo mucho más directo: David quería su boca, y Ryan podía sentirlo en el abdomen que se tensaba, en la cadera que se mantenía deliberadamente inmóvil para no empujar sin permiso y en el sonido bajo que dejó escapar cuando Ryan utilizó una mano en la base mientras aumentaba el ritmo.
Ryan se apartó un momento, con la boca húmeda y la mano todavía alrededor de él.
—Puedes moverte —dijo, mirando hacia arriba—. Si quiero que pares, te lo diré. Estás haciendo tanto esfuerzo por no empujar que parece que estás desactivando una bomba.
La risa de David se convirtió enseguida en una respiración rota cuando Ryan volvió a tomarlo.
Esta vez dejó que la cadera acompañara el ritmo.
No fue brusco. Ryan recibió el movimiento y ajustó la profundidad hasta encontrar una cadencia que ambos podían sostener.
La mano de David abandonó su hombro y se hundió en su cabello sin apretar, suficiente para que Ryan sintiera cuánto autocontrol seguía existiendo incluso cuando el placer empezaba a desmontarlo.
No quiso que David terminara todavía.
Se apartó, besó el interior de su muslo y se levantó antes de que el hombre pudiera recuperar del todo la capacidad de hablar.
—Ven.
David lo miró con una mezcla de deseo y ofensa.
—Eso ha sido cruel.
Ryan empezó a quitarse su propia camiseta.
—Has sobrevivido a cosas peores.
—No recientemente.
La broma terminó cuando David lo vio desnudo de cintura para arriba.
La atención que le dedicó borró cualquier tentación de continuar hablando.
Ryan dejó que lo mirara mientras se desabrochaba los pantalones, consciente de su propio cuerpo de una forma muy distinta a estar desnudo en un vestuario o en una consulta.
No estaba siendo evaluado. Estaba siendo deseado.
David se acercó para ayudar únicamente cuando Ryan le tendió la mano.
La ropa terminó en algún lugar junto a la cama sin que ninguno se molestara en organizarla. David se quitó el resto y, por primera vez, quedaron completamente desnudos frente a frente.
Ryan sintió una punzada de nervios que no tenía nada que ver con arrepentimiento.
Era la realidad de lo que había pedido.
David lo percibió sin dramatizarlo. Apoyó una mano en su cintura y volvió a besarlo, más despacio que antes.
—¿Cómo estás?
Ryan agradeció que no preguntara «¿seguro?», como si todo lo dicho durante la cena pudiera haberse evaporado al quitarse los pantalones.
—Excitado, un poco nervioso y bastante contento de que por fin estemos aquí —respondió mientras recorría con una mano el pecho de David—. Puedes trabajar con esas tres cosas.
—Puedo.
Ryan abrió un cajón de la mesilla donde David le había dicho antes que tenía preservativos y lubricante.
Encontrar ambas cosas preparadas produjo otra oleada de excitación, aunque la normalidad del gesto impidió que pareciera una escena ensayada.
David no había dejado un kit ceremonial encima de la cama.
Había hecho lo que dos adultos que planeaban sexo hacían: tener lo necesario cerca.
Ryan cogió el lubricante y se lo entregó.
—Quiero estar boca arriba primero. Si luego quiero cambiar, te lo digo.
David recibió el bote y su expresión se volvió más concentrada.