Llamaradas y Quirófanos 7 La primera vez
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7 La primera vez

La primera noche que Ryan consiguió reservar para acostarse con David tuvo que protegerla con la misma disciplina con que protegía una intervención importante de cualquier tarea que pudiera esperar.

El sábado apareció en su calendario casi tres semanas después de que ambos admitieran, en la Esplanade, que estaban cansados de detenerse siempre en el mismo punto.

Ryan no estaba de guardia, no había aceptado cambios con nadie y había evitado cuidadosamente mencionar que tenía la tarde libre cuando surgieron dos oportunidades distintas de cubrir trabajo adicional.

David, por su parte, había confirmado dos veces que terminaba con margen suficiente y, después de la discusión sobre el turno extra del mes anterior, había añadido que cualquier problema de cobertura capaz de resolverse sin él tendría que aprender a hacerlo.

No llamaron a aquello una reserva sexual.

Ryan había utilizado esa expresión una vez por mensaje únicamente para provocar a David y recibió como respuesta que, si aparecía con un formulario de admisión, iba a obligarlo a rellenarlo él mismo.

Sin embargo, los dos sabían qué clase de noche estaban intentando crear: una en la que ningún teléfono pudiera reclamar prioridad automática, nadie tuviera que vigilar la hora y el deseo no terminara interrumpido únicamente porque llevaban semanas acostumbrándose a interrumpirlo.

Ryan llegó a South Boston con una pequeña bolsa de viaje y descubrió que transportar un cepillo de dientes podía hacerle sentir más expuesto que haber dicho en voz alta que quería sexo.

David abrió la puerta vestido con vaqueros y una camiseta oscura, todavía con el pelo húmedo de la ducha.

Había gris en las sienes y en la barba, más visible bajo la luz cálida del recibidor, y Ryan sintió la misma respuesta física de siempre, aunque aquella noche no tuvo ninguna necesidad de rebajarla a observación estética.

Había ido allí para acostarse con ese hombre. Podía concederse el lujo de mirarlo.

La atención de David cayó sobre la bolsa.

—Eso parece bastante más optimista que tu mochila habitual —comentó mientras se apartaba para dejarlo entrar.

En vez de convertir la observación en una broma sobre expectativas sexuales, miró a Ryan de nuevo y añadió—: Me alegra que la hayas traído.

Tenía pensado preguntarte si querías quedarte, pero prefiero saber que ya habías considerado la posibilidad.

Ryan dejó la bolsa junto al mueble de la entrada y se quitó la chaqueta.

—La he considerado con una profundidad metodológica que me avergonzaría describir. Llegué incluso a la conclusión revolucionaria de que volver a Back Bay a medianoche después de tener sexo contigo sería una utilización estúpida de mi tiempo.

David cerró la puerta y cogió la chaqueta que Ryan le ofrecía.

—Siempre es bueno saber que he superado un análisis coste-beneficio.

—No he dicho que lo hayas superado. He dicho que tengo un cepillo de dientes.

La sonrisa de David hizo que la tensión de la llegada se volviera más soportable.

Aun así, cuando cruzaron hacia la cocina, Ryan notó que ambos estaban demasiado pendientes el uno del otro para fingir que aquello era una cena cualquiera.

Habían estado en esa casa antes, habían comido allí y se habían besado contra una encimera sin que cada movimiento pareciera cargar con una segunda intención.

Esa noche, en cambio, David rozó su espalda al pasar y el contacto fue suficiente para que Ryan sintiera un avance de lo que llevaba semanas esperando.

David había preparado pasta, una ensalada y suficiente comida para que Ryan pudiera acusarlo de sobrecompensar la cena frustrada de la vez anterior.

La mesa ya estaba puesta. Había una botella de vino cerrada, dos copas y, junto a una de las sillas, un vaso grande de agua que Ryan sospechó que estaba allí porque David había decidido de antemano que un residente quirúrgico necesitaba hidratarse.

Señaló el vaso.

—Quiero saber si eso es hospitalidad o supervisión.

David siguió la dirección de su dedo y soltó una risa mientras retiraba una sartén del fuego.

—Es agua. Puedes beberla, ignorarla o utilizarla para regar algo si encuentras una planta. He aprendido que ofrecerte una cosa no incluye automáticamente permiso para decidir qué haces con ella.

Ryan se apoyó contra el borde de la mesa y lo estudió.

David había formulado la frase con humor, pero el aprendizaje debajo era real.

Llevaban unas seis semanas poniendo a prueba esa frontera en formas grandes y pequeñas, y Ryan empezaba a notar cuántas veces David se detenía ahora antes de anticiparse.

—Voy a beberla —dijo mientras se sentaba—. Pero quiero que conste que lo hago libremente y no bajo coacción de un bombero enorme.

David sirvió la comida y ocupó la silla de enfrente.

—Espero que sigas recordando esa distinción dentro de una hora.

Ryan sintió cómo el comentario le bajaba por el cuerpo mucho antes de elaborar una respuesta.

David tampoco intentó disimular lo que había dicho.

Sostuvo su mirada un momento antes de empezar a comer, y aquella franqueza terminó de eliminar cualquier pretensión de que debían dedicar la cena entera a evitar el tema.

Hablaron primero del día. Ryan había conseguido una jornada inusualmente normal y David había tenido suficiente tiempo después del turno para ducharse, hacer la compra y cambiar las sábanas, detalle que no mencionó hasta que Ryan encontró el embalaje vacío de un juego nuevo junto al cubo de reciclaje y lo miró con suficiente intención.

—¿Has comprado sábanas?

David continuó cortando la comida antes de responder.

—Necesitaba otras y hoy me ha parecido un buen día. Si quieres interpretar eso como una crisis de preparación sexual a los cuarenta y siete, no tengo manera de impedirlo.

Ryan tuvo que dejar el tenedor porque estaba riéndose demasiado para utilizarlo.

—Llevamos semanas organizando horarios, hemos hablado explícitamente de acostarnos y esta tarde has comprado ropa de cama. Me niego a fingir que la coincidencia no tiene valor estadístico.

—No es una crisis si el resultado es útil.

—Esa frase te define demasiado bien.

El humor hizo más fácil la conversación que necesitaban tener, pero no la sustituyó.

Cuando terminaron de comer, David no se levantó enseguida para recoger los platos.

Apoyó los antebrazos sobre la mesa y miró a Ryan con una concentración que él reconoció de las veces en que decidía dejar de rodear un asunto.

—Quiero hablar de esta noche antes de que empecemos a hacer algo que nos vuelva menos elocuentes —dijo.

La formulación habría podido sonar excesivamente responsable en otra persona; en David, que llevaba casi un mes conteniéndose precisamente porque sabía cuánto deseaba avanzar, tenía una claridad distinta—.

Sé que quieres tener sexo. Yo también. Lo que no quiero es asumir qué significa eso para ti en la práctica solo porque ya hemos hablado de hacerlo.

Ryan había esperado la conversación. De hecho, una parte de él habría considerado preocupante que David no la iniciara.

—Bien. Entonces voy a ahorrar tiempo en una cuestión —respondió mientras recogía su copa y la giraba suavemente entre los dedos—.

Esta noche quiero que me folles. No porque seas mayor, ni porque midas más, ni porque seas bombero y yo tenga una colección de problemas culturales con tu profesión.

Quiero hacerlo así porque me apetece ser yo quien reciba esta vez.

David no reaccionó con la autosatisfacción que Ryan había visto en otros hombres cuando interpretaban ser top como confirmación de algún estatus. Su deseo sí se hizo más visible; la mandíbula se le tensó y la mirada descendió durante un instante antes de regresar a la cara de Ryan.

—Me parece muy bien —dijo, y acompañó la aceptación con una pregunta que evitaba convertirla en plan cerrado—. ¿Hay algo que no quieras? ¿Algo que te guste especialmente y quieras decirme ahora en vez de esperar a que lo adivine?

Ryan pensó antes de responder. Le gustó que David preguntara de esa manera: no qué podía soportar , ni qué le habían hecho otros, sino qué quería.

—Quiero que me preguntes si vas a cambiar algo importante, pero no necesito una autorización verbal para cada movimiento —explicó—.

Si quiero que pares, voy a decírtelo. Si te digo más despacio, significa más despacio, no que estés haciendo algo mal.

Y quiero condón esta primera vez. Más adelante podemos hablar de otra cosa si nos interesa.

David asintió y dejó que la conversación continuara sin convertirla en una lista clínica.

—De acuerdo. Yo quiero lo mismo con lo de hablar si algo cambia. Y prefiero que no interpretes que preguntar significa que estoy preocupado por tu capacidad de decidir. Si pregunto es porque no puedo leer tu cabeza, no porque tenga veinte años más y crea que eso me concede poderes.

Ryan sonrió.

—Te prometo que intentaré no denunciar cada pregunta como una crisis de autonomía.

—Eso es lo más generoso que me has ofrecido desde que nos conocemos.

—No te emociones. También quiero saber qué quieres tú. Hasta ahora esta conversación está excesivamente centrada en mis preferencias.

David se reclinó un poco en la silla. Había algo casi divertido en la manera en que pareció sorprenderle que la pregunta regresara hacia él.

—Quiero poder tocarte sin pensar cada cinco segundos si estoy yendo demasiado lejos solo porque soy más grande.

Quiero que me digas si quieres más fuerza o menos, y quiero creerte cuando lo hagas.

También quiero que, si en algún momento cambias de idea sobre que te penetre, sigamos pasándolo bien sin convertirlo en un fracaso de la noche.

Ryan sintió que aquella última frase desmontaba una tensión que no sabía que conservaba. Habían esperado mucho, habían protegido horarios y habían verbalizado tanto el deseo que habría sido fácil tratar la penetración como una meta que debía alcanzarse para justificar todo lo anterior.