Llamaradas y Quirófanos 6 Citas imposibles y la aritmética incómoda #4
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6 Citas imposibles y la aritmética incómoda #4

Caminaron junto al río sin un objetivo concreto.

El aire había enfriado lo suficiente para que Ryan metiera las manos en los bolsillos cuando no estaba tocando a David, y la luz del final de la tarde hacía que el agua pareciera más plana de lo que realmente estaba.

Hablaron primero de las últimas jornadas, de Sarah y Michael, de un caso que Ryan podía describir únicamente en términos generales y de la próxima semana, que ya amenazaba con ser difícil para ambos.

La pregunta de Nicholas continuaba esperando debajo de todo aquello.

Ryan no quiso convertirla en una entrevista.

Esperó hasta que David mencionó de pasada que una rodilla llevaba varios días protestando después de un esfuerzo y que probablemente desaparecería con descanso. El comentario habría sido fácil de ignorar o medicalizar. Ryan decidió hacer otra cosa.

—Nicholas me preguntó por ti —dijo mientras seguían caminando—. Todavía no os conocéis, pero aparentemente considera que eso no limita su derecho a plantear cuestiones desagradables.

David sonrió con curiosidad.

—Me cae bien de momento.

—Espera. Ha hecho la aritmética.

La sonrisa cambió. David entendió sin que Ryan tuviera que explicar qué aritmética.

—¿Y qué resultado ha obtenido?

Ryan sacó una mano del bolsillo y la mantuvo cerca de la de David hasta que sus dedos se rozaron. David aceptó el gesto entrelazándolos.

—Que dentro de tres años yo tendré treinta y tú cincuenta. Que Olivia está mucho más cerca de mi edad que yo de la tuya. Que tu trabajo va a obligarte a pensar en tu cuerpo y en cuánto tiempo quieres seguir haciendo ciertas cosas antes de que el mío me obligue a la misma conversación.

David no respondió enseguida. Siguieron caminando cogidos de la mano mientras otras personas pasaban en ambas direcciones. Ryan agradeció que la respuesta no llegara formulada como una negación rápida.

—Todo eso es verdad —dijo David finalmente—.

No sé qué decisiones voy a tomar dentro de tres años, pero la diferencia no va a reducirse porque nos vaya bien ahora.

Tampoco puedo prometerte que mi cuerpo vaya a acompañar cada plan durante el mismo tiempo que el tuyo.

Puedo cuidarme y tomar decisiones razonables; no puedo ofrecerte garantías.

Ryan sintió una incomodidad que no procedía de la respuesta, sino de que David se negara a darle una solución reconfortante.

—Una parte de mí quería que me dijeras que Nicholas está exagerando.

David apretó ligeramente sus dedos.

—Podría decírtelo si pensara eso. Por lo que cuentas, solo ha señalado cosas que ya existen. La pregunta es qué hacemos con ellas cuando empiecen a importar.

Ryan miró hacia el río y dejó que el aire frío le despejara una parte de la cabeza.

Durante años había aprendido a vivir pendiente de trayectorias: el siguiente año de residencia, la próxima rotación, el siguiente requisito.

El futuro profesional podía dividirse en etapas, cada una con una lógica reconocible. Con David no existía esa clase de mapa.

—Eso es lo que me molesta —admitió—. No poder calcularlo. Si esto estuviera saliendo mal, tendría una decisión fácil. Pero está saliendo bien y, cuanto mejor sale, más material hay para perder si dentro de unos años descubrimos que queríamos vidas incompatibles.

David redujo el paso hasta detenerse cerca del borde del camino, fuera del flujo principal. No soltó su mano.

—No voy a decirte que querer a alguien resuelve esas cosas —dijo, sin utilizar una palabra más grande para definir lo que existía entre ellos—.

He vivido suficiente para saber que dos personas pueden importarse mucho y seguir teniendo problemas que no desaparecen.

Tampoco quiero utilizar eso como argumento para no empezar nada.

Si intentamos resolver hoy cómo será tu vida a los treinta y cinco y la mía a los cincuenta y cinco, vamos a terminar decidiendo sobre personas que todavía no existen.

Ryan lo miró.

Había cautela en la frase, pero no era el freno del principio. David ya no parecía intentar protegerlo de una relación futura; estaba aceptando que la relación podía adquirir un futuro sin garantizar cuál sería.

—Entonces, ¿qué propones? —preguntó Ryan.

David sostuvo su mirada y su respuesta llegó dentro del mismo movimiento con que acercó sus manos unidas hacia su cuerpo.

—Que no ignoremos lo que sabemos y tampoco fabriquemos problemas solo para demostrar que somos responsables.

Hoy sé que quiero seguir viéndote. Sé que mis turnos van a complicarlo y los tuyos también.

Sé que dentro de unos años mi relación con el trabajo puede cambiar antes que la tuya, aunque no sé todavía cómo.

Si aparece una incompatibilidad real, tendremos que hablar de ella cuando podamos verla.

Lo que no quiero hacer es inventarla con anticipación y llamarlo prudencia.

Ryan sintió la ironía antes de sonreír.

—Eso suena bastante parecido a algo que llevo diciéndote desde que nos conocimos.

David aceptó la acusación con una expresión resignada.

—No voy a fingir que todas tus ideas son malas solo porque llegaste a ellas veinte años después que yo.

Ryan soltó una risa y se acercó lo suficiente para apoyar la frente unos segundos contra el pecho de David. El hombre olía a jabón, aire frío y el rastro muy leve de una jornada larga. Sus brazos lo rodearon sin apretar hasta que Ryan levantó la cabeza.

No necesitaban resolver nada más aquella tarde.

El beso que siguió tuvo poca cautela y ninguna urgencia por convertirse inmediatamente en sexo, aunque el deseo llevaba semanas creciendo hasta un punto en que ambos sabían que la contención tenía fecha de caducidad.

Ryan hundió una mano bajo la chaqueta de David y sintió la firmeza de su cintura; David respondió acercándolo por la espalda con una facilidad que reavivó de inmediato todas las fantasías que Ryan había conseguido mantener en una categoría privada desde la cocina de su apartamento.

Cuando se separaron, Ryan no utilizó una broma para ocultar la excitación. Permaneció junto a él y habló con la misma claridad que había aprendido a exigirle.

—La próxima vez que tengamos una noche de verdad —dijo—, no quiero que terminemos parando únicamente porque llevamos un mes acostumbrándonos a parar.

David lo observó con una intensidad que cambió por completo la temperatura de la conversación.

—¿Estás diciéndome que quieres que la próxima vez tengamos sexo?

Ryan sostuvo la mirada. Había esperado que David preguntara en lugar de asumir y le gustó más de lo previsto que lo hiciera incluso cuando la respuesta parecía evidente.

—Te estoy diciendo que llevo semanas queriendo acostarme contigo y que ya no considero la espera una prueba útil de carácter. Cuando podamos reservar una noche sin un hospital, una estación o una crisis de cobertura decidiendo por nosotros, quiero que dejemos de detenernos antes.

David tardó un momento en responder, no por indecisión sino porque el deseo se le había vuelto demasiado visible para esconderlo bajo el humor.

—Entonces tendremos que encontrar esa noche.

Ryan sonrió y volvió a cogerle la mano cuando reanudaron el paseo. Ninguno sacó el teléfono para buscarla de inmediato. Todavía quedaban turnos, horarios y todas las demás variables capaces de destruir un plan con pocas horas de aviso.

Pero, por primera vez desde el beso en su cocina, la espera ya tenía una decisión al otro lado.