6 Citas imposibles y la aritmética incómoda #3
—No te estoy pidiendo un informe de disponibilidad —dijo Nicholas después de que Ryan consultara la pantalla por segunda vez; tenía comida delante y la expresión de un hombre que había decidido no dejarse distraer por las técnicas habituales de su amigo—.
Estoy intentando averiguar si todavía sabes mantener una conversación con una persona que no pueda incendiarse ni besarte.
Ryan dejó el móvil boca abajo.
—No estaba escribiéndole.
—Eso no mejora mucho el caso. Has mirado si te había escrito él.
Nicholas no sonaba celoso. Sonaba divertido y un poco irritado, combinación que Ryan conocía lo bastante bien para saber que el segundo componente merecía atención.
—He estado desaparecido —admitió—. El hospital ha sido una locura y, cuando tengo tiempo, estoy intentando ver a David.
—Ya me había dado cuenta. —Nicholas se llevó el vaso a la boca y lo observó por encima del borde—.
Lo cual me parece bien hasta el punto en que «tengo novio potencial» se convierte en tu nueva variante de «tengo una rotación exigente» y dejas de responder a cualquier persona que no esté vinculada al trauma o a Ladder 15.
Ryan hizo una mueca.
—Todavía no es mi novio.
—Ese detalle parece importante para ti y completamente irrelevante para mi queja.
La crítica era justa. Nicholas no había ido a cuestionar la relación; quería recuperar espacio en una amistad que Ryan estaba empezando a desplazar casi sin notarlo.
Ryan guardó el teléfono en el bolsillo.
—Tienes razón. He administrado mal el tiempo.
—Esa frase es probablemente lo más cercano que voy a conseguir a una disculpa espontánea de un cirujano, así que la acepto.
A partir de ahí la conversación dejó de girar alrededor de David.
Hablaron de Nicholas, de un problema laboral que Ryan había escuchado a medias por mensajes durante las semanas anteriores y de dos amigos comunes a los que llevaba demasiado tiempo sin ver.
Nicholas no estaba allí para ser el hombre razonable que aparecía únicamente cuando la trama necesitaba una objeción; tenía su propia vida, y Ryan notó con cierta vergüenza cuánto se había acostumbrado a reducir a los demás a la información que conseguía procesar entre turnos.
Fue casi al final de la comida cuando Nicholas regresó al tema.
—Ahora sí quiero saber una cosa sobre el bombero —dijo mientras apartaba el plato y consultaba brevemente la hora—. No porque vaya a evaluarlo sin conocerlo, sino porque llevas cuarenta minutos intentando no sonreír cuando lo mencionas y eso es inquietante en ti.
Ryan sintió la necesidad automática de corregir la descripción.
Decidió no hacerlo.
—Está funcionando mejor de lo que esperaba.
Nicholas apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué esperabas?
—No lo sé. Que la diferencia de edad empezara a resultar más evidente.
Que sus horarios o los míos lo hicieran imposible.
Que después del primer beso descubriéramos que gran parte de la atracción era el contexto.
—Ryan pensó en la casa de South Boston, en la cena que casi no había ocurrido y en la forma en que David había escuchado cuando le dijo que algo le había dolido—.
Pero cuanto más lo veo, menos parece una fantasía y más parece una relación que podría llegar a existir.
Nicholas no respondió inmediatamente. El cambio de expresión fue pequeño, suficiente para que Ryan supiera que había oído la parte importante.
—Entonces te voy a hacer una pregunta desagradable —dijo—, y puedes mandarme al infierno después si quieres. ¿Has pensado en qué significa «podría llegar a existir» cuando él tiene cuarenta y siete y tú veintisiete?
Ryan sintió irritación antes de que Nicholas desarrollara siquiera el argumento.
—Por supuesto que lo he pensado. David me lo hizo pensar prácticamente desde el segundo día.
—No te pregunto si sabes restar veinte. Te pregunto si has imaginado el tiempo avanzando en lugar de dejar la diferencia congelada como está ahora.
—Nicholas mantuvo el tono tranquilo, sin convertirlo en advertencia moral—.
Dentro de tres años tú tendrás treinta y él cincuenta.
Eso no es dramático por sí mismo. Pero Olivia tiene veintitrés; está más cerca de tu edad que tú de la de David.
Y él tiene un trabajo físico que no va a afectar a su cuerpo de la misma manera que el tuyo al tuyo.
Ryan apoyó la espalda en la silla. Conocía cada dato por separado. Escucharlos juntos produjo un efecto distinto.
—Tiene cuarenta y siete, Nicholas. No setenta.
—Ya lo sé. No estoy diciendo que sea viejo ni que esto sea una mala idea.
Estoy diciendo que, si el presente funciona tan bien como parece, en algún momento vas a tener que pensar qué clase de futuro estás deseando.
Él probablemente llegará a decisiones sobre primera línea, jubilación o cuánto quiere seguir castigando el cuerpo antes que tú.
Tú estarás todavía construyendo una carrera cuando algunas de esas cosas empiecen a importarle de forma práctica.
Quiero saber si puedes mirar eso sin convertirlo en un problema que resolverás más tarde.
La palabra jubilación incomodó a Ryan más de lo que habría querido mostrar.
No porque imaginara a David retirado de inmediato, sino porque introducía una escala temporal que sus citas todavía no habían necesitado.
Hasta entonces el futuro significaba encontrar el siguiente hueco libre, la siguiente noche, quizá decidir cuándo dejarían de detenerse antes del sexo.
Nicholas acababa de mover la perspectiva varios años hacia delante.
Ryan se defendió con la primera verdad disponible.
—No llevo el tiempo suficiente con él para hablar de jubilación.
—Exactamente. No te estoy diciendo que lo hables mañana. Te estoy preguntando si saber que esas diferencias existen cambia lo que estás haciendo ahora.
Ryan dejó que la pregunta permaneciera mientras Nicholas bebía. Su amigo no parecía necesitar una respuesta inmediata. Aquello lo distinguía de un interrogatorio y, de manera irritante, hacía más difícil descartarlo.
—Lo que cambia —dijo Ryan después de pensar— es que me asusta más porque está funcionando.
Nicholas levantó ligeramente las cejas.
Ryan continuó antes de arrepentirse.
—Si esto fuera solo sexo pendiente y un bombero atractivo, me daría igual imaginar cinco años.
Lo que me está complicando es que me gusta estar con él cuando no pasa nada.
Me gusta su casa. Me gusta que conozca cuándo estoy demasiado cansado para seguir hablando y que, desde que le dije que no quiero que decida por mí, intente preguntar antes.
Me gusta discutir con él incluso cuando preferiría que admitiera que tengo razón.
—Ryan se detuvo al darse cuenta de que estaba enumerando una intimidad que todavía no había nombrado ni para sí mismo—.
Y si eso sigue creciendo, claro que importa que nuestra relación con el tiempo no sea la misma.
Nicholas lo observó durante unos segundos.
—Eso era todo lo que quería saber.
Ryan frunció el ceño.
—Has mencionado jubilación, desgaste físico y la hija de veintitrés años de un hombre con el que todavía no me he acostado para conseguir que admitiera que me gusta.
Nicholas recogió su abrigo del respaldo.
—No necesitaba hacer nada tan elaborado para descubrir esa parte. Llevas la cara de un idiota desde que has llegado.
Ryan empezó a contestar y se detuvo al reconocer exactamente el tipo de intercambio que se convertiría en una pelea de réplicas vacías. En vez de ofrecer a Nicholas la satisfacción habitual, sacó dinero para su parte de la cuenta y dejó suficiente sobre la mesa.
—La próxima comida la organizo yo —dijo—. Y no voy a desaparecer un mes solo porque esté saliendo con alguien.
Nicholas se puso el abrigo y la expresión burlona disminuyó.
—Eso me interesa bastante más que conocer el plan de jubilación de David. Cuando llegue el momento de presentármelo, prometo no preguntarle cuánto tiene en su 401(k).
Ryan lo miró con una mezcla de horror y certeza de que Nicholas sería perfectamente capaz de hacerlo únicamente para verlo sufrir.
—Si algún día lo conoces y dices algo parecido, voy a negar que somos amigos.
—Entonces tendré que llevar fotografías antiguas.
Salieron juntos, y durante el trayecto Ryan consiguió mantener el teléfono en el bolsillo.
No dejó de pensar en David.
Eso era otra cosa.
La última cita de aquel mes empezó en la Esplanade después de que David terminara un turno y Ryan consiguiera escapar del hospital a una hora que todavía permitía ver la ciudad con luz.
Habían aprendido a no construir demasiadas expectativas alrededor de ninguna hora concreta.
David avisó cuando salió; Ryan confirmó cuando estuvo realmente fuera de Fruit Street. Solo entonces decidieron encontrarse.
David llegó unos minutos antes y lo esperaba cerca del camino, con una chaqueta oscura y el cansancio visible en la manera en que estiró la espalda al levantarse del banco.
Ryan había aprendido a reconocer esos detalles sin convertirlos automáticamente en diagnóstico.
El cuerpo de David era fuerte y funcional; también tenía cuarenta y siete años y llevaba décadas en un trabajo que lo castigaba de formas concretas.
La conversación con Nicholas hizo que aquella evidencia, siempre presente, adquiriera un peso distinto.
David lo notó observándolo.
—Si estás valorando mi postura, te recuerdo que fuera del hospital cobro por consultas —dijo mientras se acercaba. El beso con que lo recibió fue breve al principio, pero Ryan lo agarró por la chaqueta y lo prolongó lo suficiente para quitarle cualquier apariencia de saludo casual.
Cuando se separaron, David seguía con una mano en su cintura.
—Eso ha parecido caro.
Ryan sonrió.
—Estoy pensando si puedo permitirme una segunda opinión.