Llamaradas y Quirófanos 6 Citas imposibles y la aritmética incómoda #2
21%

6 Citas imposibles y la aritmética incómoda #2

El viernes salió de Mass General poco después de las seis.

Se había cambiado antes de marcharse y llevaba en una bolsa una botella de vino que había comprado esa misma tarde después de dedicar más tiempo del necesario a decidir qué precio podía considerarse normal para una cena que David preparaba.

Estaba a punto de pedir un coche cuando recibió la llamada.

Era David.

El saludo bastó para que Ryan supiera que algo había cambiado.

—Necesito decirte una cosa antes de que salgas —explicó David. Detrás de su voz había ruido de estación, no de calle ni de casa—. Ha surgido un problema de cobertura y me han preguntado si puedo quedarme. Puedo decir que no, pero dejaría a los demás buscando otra solución con muy poco margen.

Ryan se quedó junto a una pared exterior del hospital mientras la gente seguía entrando y saliendo a su alrededor. La botella pesaba dentro de la bolsa de una manera absurda.

—¿Ya has dicho que sí?

La pregunta salió más fría de lo que pretendía.

David tardó lo bastante en responder para que aquello funcionara como respuesta parcial.

—Les he dicho que necesitaba comprobar algo antes. No quería cancelarte después de aceptar sin hablar contigo.

Ryan cerró los ojos unos segundos. La conversación exigía una generosidad que en ese momento no tenía preparada.

Había cancelado citas antes por el hospital; había dejado a Matthew esperando en restaurantes, había respondido mensajes horas después porque algo se había complicado, había utilizado precisamente la clase de argumento que David le estaba ofreciendo ahora.

Era consciente de todo ello y, aun así, seguía molesto.

—Si me preguntas si prefiero que vengas a casa y cenes conmigo, la respuesta es evidente —dijo mientras se apartaba de la corriente de personas que salía por la puerta—.

Lo que no puedo hacer es decirte si debes dejar a tu estación con un problema de personal porque no sé qué consecuencias tiene allí.

—No es una emergencia operativa —aclaró David—. Encontrarán una solución si digo que no. Puede ser más incómoda, pero la encontrarán.

Eso empeoró las cosas.

Ryan apoyó la bolsa en el suelo, no porque pesara demasiado, sino porque necesitaba dejar de sentirla en la mano.

—Entonces lo que me estás diciendo es que puedes mantener nuestra cena y estás considerando no hacerlo porque te resulta difícil dejar que otra persona resuelva el problema.

Al otro lado hubo una pausa larga. Cuando David respondió, su tono había perdido cualquier intento de suavizar la situación.

—Sí. Dicho de esa manera, sí.

Ryan agradeció la honestidad y la odió al mismo tiempo.

—Vale. Pues también voy a ser claro. He protegido esta noche.

No he cambiado una guardia, no he aceptado nada extra y he salido cuando podía salir en lugar de quedarme por inercia.

Llevamos semanas intentando encontrar un viernes así.

Si decides quedarte, lo entenderé profesionalmente, pero no voy a fingir que me da igual.

David respiró al otro lado. Ryan podía imaginarlo en Boylston, probablemente de pie en algún rincón intentando mantener aquella conversación fuera del oído del resto.

—No esperaba que te diera igual.

—A veces creo que sí —dijo Ryan, y la irritación por fin encontró su verdadero objeto—. Creo que cuentas con que yo entienda cualquier sacrificio laboral porque trabajo en un hospital. Como si tener el mismo defecto hiciera que me afectara menos cuando lo veo desde el otro lado.

La frase dejó a ambos en silencio el tiempo suficiente para que Ryan oyera una bocina en la calle y una voz detrás de David.

Cuando el bombero habló de nuevo, ya no estaba justificando su impulso.

—Eso ha sido injusto por mi parte. No te pedí que dejaras libre la noche para luego decidir que, como tú también trabajas demasiado, ibas a aceptarlo sin coste. Dame cinco minutos. Voy a volver a hablar con Michael y te llamo.

Ryan sintió la necesidad inmediata de resolverlo por él, de decirle que no importaba, que se quedara, que podían verse otro día. Reconoció el mecanismo antes de obedecerlo. Si decía aquello únicamente para dejar de sentirse exigente, acabaría resentido de todas formas.

—Llámame cuando hayas decidido qué quieres hacer —respondió—. No qué crees que te convierte en mejor compañero de trabajo.

David no prometió una respuesta concreta. Se despidió y colgó.

Ryan recogió la bolsa del suelo y permaneció fuera del hospital sin pedir el coche todavía.

La llamada llegó seis minutos después.

David había dicho que no al turno.

El alivio que Ryan sintió se mezcló inmediatamente con otra incomodidad: no quería que David convirtiera cada cita en una prueba de lealtad ni que el hecho de haber expresado decepción se transformara en derecho sobre sus decisiones.

Cuando lo dijo, David lo interrumpió solo para aclarar que no se quedaba libre porque Ryan hubiese ganado una discusión.

—Michael ya tenía otra opción —explicó, con el ruido de la estación disminuyendo a medida que se alejaba de donde había estado antes—.

El problema era que yo era la opción fácil porque estaba aquí.

Iba a quedarme porque me cuesta dejar que otra persona cargue con una complicación si puedo resolverla.

Eso no significa que deba hacerlo cada vez.

Me voy a casa. Si todavía quieres venir, cenamos.

Si ahora mismo estás demasiado enfadado para soportarme, también puedo aceptar eso.

Ryan notó que parte del malestar se aflojaba precisamente porque David no exigía que la decisión produjera una recompensa.

—Quiero ir —contestó—. Pero voy a necesitar que la cena sea buena, porque llevo una botella de vino que ha sobrevivido una crisis emocional en la puerta del hospital y ahora tiene expectativas.

David se rio, un sonido cansado que convirtió la tensión en algo respirable sin borrarla.

—Haré lo posible para estar a la altura de la botella.

Ryan llegó a South Boston bastante después de la hora que habían planeado.

David lo esperaba en casa, ya cambiado, con una cocina que olía a comida real y sin ninguna evidencia de que hubiera reorganizado la noche para convertir su llegada en una ceremonia.

La casa le produjo el efecto que había anticipado y otro que no: era claramente de David, pero también contenía años en los que Ryan no había existido.

Fotografías de Olivia en distintas edades, muebles elegidos por razones que desconocía, una distribución que David atravesaba sin mirar.

Había una vida acumulada en cada habitación.

Ryan no sintió celos de ella.

Sintió escala.

David le enseñó lo necesario sin convertir la visita en un recorrido inmobiliario.

Le indicó dónde dejar la chaqueta, dónde estaba el baño y qué parte de la cena necesitaba terminar.

Ryan se quedó en la cocina con el vino mientras David comprobaba una olla, y la escena tuvo una normalidad que volvió todavía más extraña la discusión de cuarenta minutos antes.

—Quiero volver a lo de la llamada —dijo Ryan cuando David terminó con el fuego y pudo prestarle atención sin dividirla entre la conversación y la comida—. No para reabrirla. Para que la próxima vez no nos encontremos inventando reglas mientras uno de los dos está enfadado.

David se apoyó contra la encimera, sin cruzarse de brazos ni adoptar una postura defensiva.

—Yo también. Lo que he hecho hoy es exactamente el tipo de cosa que te he estado reprochando con el hospital. No porque el trabajo no importe, sino porque decidí que nuestra cita era la parte flexible antes de preguntarme si tenía que serlo.

La admisión le quitó a Ryan cualquier tentación de castigarlo.

—Y yo no puedo exigirte disponibilidad total —respondió, abriendo la botella mientras hablaba—.

La semana pasada cogí una llamada en mitad del Public Garden y tardé doce minutos en regresar mentalmente a la cita incluso después de colgar.

Si hoy hubiera habido una emergencia real, no estaríamos teniendo esta conversación.

Lo que me ha dolido es que la cena pareciera negociable por defecto.

David recogió dos copas del armario y dejó que Ryan sirviera el vino.

—Entonces podemos empezar por algo bastante básico: si uno tiene que cancelar, dice si de verdad tiene que hacerlo o si simplemente le cuesta decir que no al trabajo. No promete que nunca ocurrirá. Solo no utiliza el oficio para evitar reconocer una elección.

Ryan levantó una copa y se la pasó.

—Eso me parece peligrosamente adulto.

—Tengo cuarenta y siete. De vez en cuando tengo que justificar la inversión.

La referencia a la edad habría podido molestarle semanas atrás. Esa noche produjo otra cosa: la conciencia de que David podía bromear con ella sin convertirla siempre en una barrera.

Cenaron tarde y caminaron después unas pocas manzanas porque Ryan necesitaba movimiento después de tantas horas dentro del hospital.

El enfado no desapareció de golpe; se fue gastando mientras hablaban de otras cosas, interrumpido a veces por la sensación de la mano de David en la espalda o por un beso que empezaba como disculpa y terminaba recordándoles por qué todavía estaban retrasando el sexo con bastante más dificultad de la prevista.

Cuando Ryan regresó a Back Bay aquella noche, la botella vacía se había quedado en casa de David.

La ausencia del objeto en su mano le produjo una satisfacción que decidió no analizar.

Nicholas tardó menos de cinco minutos en darse cuenta de que Ryan estaba mirando el teléfono.

Habían quedado para comer un sábado que Ryan tenía parcialmente libre y Nicholas había elegido un lugar suficientemente cerca de Back Bay para que ninguno pudiera utilizar el desplazamiento como excusa.

Ryan llevaba varios días posponiendo verlo; al principio por trabajo, después porque cada hueco razonable parecía llenarse con David antes de que se diera cuenta.

Cuando Nicholas señaló ese hecho al sentarse, Ryan intentó defenderse con su horario y descubrió que el argumento tenía poca fuerza frente a alguien que llevaba años escuchándolo.