6 Citas imposibles y la aritmética incómoda
Durante las cuatro semanas posteriores al primer beso, Ryan aprendió que salir con David McCarthy exigía una tolerancia considerable hacia horarios que parecían diseñados por dos instituciones enemigas.
La primera cita después de aquella noche en su apartamento empezó a las seis y veinte de la mañana porque era el único hueco en el que ambos podían coincidir durante más de media hora.
Ryan salía del hospital después de una jornada que se había prolongado hasta el amanecer; David llevaba ya despierto el tiempo suficiente para parecer ofensivamente funcional y lo esperaba con dos cafés cerca del Public Garden, vestido con vaqueros, una chaqueta ligera y esa expresión descansada que Ryan había decidido interpretar como provocación personal.
El café que David le entregó estaba demasiado caliente para beberlo enseguida y demasiado malo para justificar la espera.
—He pensado que después de la última vez debía dejarte elegir a ti —dijo Ryan mientras caminaban hacia el parque, agradeciendo que a aquella hora las aceras todavía no tuvieran el flujo habitual de la mañana—.
Empiezo a sospechar que tu relación con el café se basa exclusivamente en la temperatura y la presencia de cafeína.
Hay otros criterios que la mayoría de la población considera relevantes.
David llevaba su vaso en una mano y había metido la otra en el bolsillo de la chaqueta. Miró el café de Ryan con la misma consideración con que podría haber evaluado una herramienta que funcionaba aunque nadie entendiera por qué.
—Te ofrecí parar en otro sitio cuando pusiste esa cara en el primer sorbo —recordó, ajustando el paso al suyo mientras entraban en el Public Garden—. Fuiste tú quien decidió que quejarse durante el paseo era una experiencia más eficiente que hacer cola otra vez.
Ryan sabía que eso era cierto y no tenía intención de concederle el placer de escucharlo.
—Tenía información incompleta. Creía que el segundo sorbo podía mejorar.
—¿Y?
—La muestra ya es suficiente.
David rio sin pedirle el veredicto. La mañana tenía el frío suave de principios de octubre, todavía sin el tipo de viento que convertiría los paseos en una prueba de resistencia unas semanas después.
Los árboles empezaban a perder parte del verde del verano y el césped conservaba humedad.
Ryan había pasado tantas mañanas anteriores entrando o saliendo de edificios que le sorprendió recordar que el día podía empezar de otra manera.
También descubrió que David caminaba cerca cuando no tenía ninguna razón práctica para hacerlo.
No lo tocaba constantemente. Después de la conversación de Charles Street sobre sus pequeñas anticipaciones, parecía haberse vuelto consciente de cada gesto que pudiera interpretarse como una decisión tomada por los dos.
Sin embargo, cuando cruzaban una zona estrecha de la acera, su hombro encontraba el de Ryan; cuando se detenían, terminaban lo bastante cerca para que besarle no requiriera una negociación espacial.
La ausencia de urgencia hacía que esos contactos tuvieran un efecto distinto de la intensidad de la cocina.
Ryan empezaba a conocer cuánto le gustaba eso.
Se detuvieron cerca del borde del estanque, donde la mañana todavía pertenecía más a corredores, trabajadores y personas con perros que a visitantes.
David estaba comentando una discusión absurda de la estación sobre quién había dejado una herramienta donde no correspondía cuando Ryan sintió vibrar el teléfono en el bolsillo.
La reacción llegó antes de que pudiera decidir si quería tenerla. Su atención abandonó a David y cayó sobre la pantalla.
El número pertenecía al hospital.
—Contesta —dijo David, al notar el cambio en su cara; no sonó resignado ni especialmente complaciente, simplemente consciente de que Ryan ya estaba intentando decidir si podía ignorarlo.
—No estoy de guardia —respondió Ryan mientras comprobaba quién llamaba. Era uno de los residentes del equipo—. Si fuera imprescindible me lo habrían dicho por mensaje.
El teléfono dejó de sonar. Volvió a hacerlo pocos segundos después.
Ryan notó cómo la pequeña mañana que habían conseguido construir alrededor de dos cafés empezaba a cerrarse.
David no le dijo qué debía hacer. Permaneció junto a él mirando el agua mientras Ryan respondió y se apartó lo suficiente para no obligarlo a escuchar una conversación hospitalaria que no le correspondía.
La consulta que recibió no exigía regresar inmediatamente, pero tampoco podía resolverse en dos frases.
Alguien necesitaba confirmar un detalle de un paciente visto durante la noche, después surgió otra pregunta relacionada con una orden y, cuando Ryan terminó, habían desaparecido casi doce minutos.
Regresó junto a David con el móvil todavía en la mano.
—Lo siento. Dejé el caso bien entregado, pero había una duda con algo que ocurrió justo antes del cambio —explicó, guardándose el teléfono después de comprobar que no había otro mensaje—. No tengo que volver, aunque probablemente debería revisar una cosa cuando llegue a casa.
David giró el vaso entre las manos y lo miró de una forma que Ryan no consiguió interpretar enseguida. No parecía enfadado; tampoco fingía que los doce minutos habían sido invisibles.
—¿Puedes seguir aquí otros veinte? —preguntó finalmente—.
Si la respuesta es sí, prefiero usar esos veinte contigo y dejar que el hospital recupere tu atención después.
Si la respuesta real es que ya estás pensando en el paciente y vas a pasar el resto del paseo mirando el teléfono, podemos dejarlo para otro día.
La precisión del límite incomodó a Ryan porque acertaba.
Había una parte de él que ya estaba reconstruyendo la conversación hospitalaria, repasando qué había escrito y qué podía haberse entendido mal.
No porque temiera haber cometido un error grave, sino porque la llamada había vuelto a activar el mecanismo habitual: una vez que el hospital reclamaba su atención, todo lo demás parecía provisional.
—Puedo quedarme —dijo, y se obligó a explicar la decisión en lugar de ofrecer una seguridad automática—.
Necesito unos minutos para dejar de pensar en ello, pero no tengo que regresar.
Y me fastidiaría bastante que el hospital consiguiera cancelar una cita a la que he venido voluntariamente después de dormir tres horas.
La mirada de David bajó brevemente hacia el café que Ryan seguía sosteniendo y luego regresó a él.
—Entonces termina de insultar mi elección de bebida y seguimos. Puedo darte cinco minutos de transición antes de empezar a cobrarte intereses por distraerte durante mis historias.
El humor no eliminó el pequeño roce, pero permitió que Ryan regresara a la conversación sin fingir que nada había ocurrido.
Cuando volvieron a caminar, tardó varios minutos en dejar de sentir el teléfono como un objeto caliente dentro del bolsillo.
David no preguntó por el paciente ni utilizó el episodio para demostrar que tenía razón sobre la vida de un residente.
Habló de otra cosa hasta que Ryan volvió a responderle sin la mitad de la cabeza en Fruit Street.
Al despedirse, David lo besó junto a una salida del parque durante el tiempo suficiente para que Ryan pensara seriamente en llegar a casa y dormir con una eficiencia mucho menor de la prevista.
Luego David se apartó y preguntó cuándo podían volver a verse.
La pregunta, más que el beso, fue lo que acompañó a Ryan durante el camino de regreso.
Las citas empezaron a organizarse alrededor de las rendijas que dejaban las dos profesiones.
Algunas parecían absurdas sobre el papel y funcionaban sorprendentemente bien.
Una cena a las nueve y media de la noche, cuando Ryan consiguió salir y David pudo acercarse a Back Bay.
Un paseo por un tramo de la Esplanade que duró menos de una hora porque David tenía obligaciones más tarde.
Un café que Ryan pagó con tanta insistencia que David terminó guardando la cartera después de advertir que el sistema de turnos solo funcionaría si Ryan dejaba de tratar cada cuenta como una deuda que debía cerrarse de inmediato.
Había besos al principio o al final, a veces ambos.
Desde la primera noche, ninguno fingía que el deseo hubiera vuelto a un nivel manejable; precisamente por eso, Ryan empezó a notar cuánto cuidado ponían en no dejar que cada encuentro acabara en su apartamento.
La primera semana aquello le pareció una prolongación innecesaria del autocontrol de David.
En la segunda empezó a entender que también le gustaba descubrir qué ocurría cuando el sexo todavía no podía sustituir una conversación difícil ni fabricar intimidad por su cuenta.
En la tercera, el problema dejó de ser cuándo se besarían y pasó a ser si conseguirían verse.
Ryan tenía libre un viernes por la noche.
Libre de verdad, según los estándares deformados que utilizaba desde que empezó la residencia: no estaba de guardia, no debía regresar al hospital, no tenía ninguna obligación programada a la mañana siguiente hasta una hora razonable.
Cuando se lo dijo a David, este propuso que fuera a South Boston.
Cocinaría algo sencillo en casa y, si el tiempo acompañaba, podían caminar después.
Ryan había leído el mensaje en mitad de una mañana complicada y había sentido una satisfacción que le pareció excesiva para una propuesta tan ordinaria.
No había estado todavía en la casa de David.
Sabía que existía, sabía que llevaba años allí y había visto un par de fotografías en el teléfono, ninguna seleccionada como presentación formal.
Entrar en ese espacio significaba conocer una parte de la vida de David que no había sido construida después de Ryan.
No era equivalente a una declaración ni a una promesa, pero a Ryan le importaba de una forma que decidió no comunicar por mensaje.