Llamaradas y Quirófanos 5 Cocina, manos y un primer beso #4
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5 Cocina, manos y un primer beso #4

—Quiero dejar algo claro —dijo mientras mantenía una mano sobre el antebrazo de David, el pulgar recorriendo una cicatriz pequeña que había encontrado allí—. El uniforme me gusta. Mucho. Pero estoy empezando a pensar que me has hecho un favor viniendo hoy sin él.

David bajó los ojos hacia la mano que recorría su brazo.

—Eso contradice varias semanas de investigación tuya.

—La investigación evoluciona cuando aparecen datos nuevos. En este momento tengo acceso a una muestra sin chaqueta estructural y los resultados son bastante concluyentes.

David lo agarró por la cintura y lo acercó antes de besarle la sonrisa. Ryan respondió con una risa ahogada que desapareció enseguida contra su boca.

Permanecieron así más tiempo del que David habría podido medir sin mirar el reloj.

El apartamento se volvió más silencioso a medida que avanzaba la noche; desde la calle llegaba un ruido apagado de tráfico y, en algún punto del edificio, alguien cerró una puerta.

Ninguna de esas cosas necesitó convertirse en una pausa dramática.

Formaban parte de estar allí, en una casa real, besándose en un sofá demasiado pequeño para el cuerpo de David y lo bastante grande para que Ryan siguiera encontrando maneras de acercarse.

Cuando David miró finalmente la hora, entendió que debía marcharse si quería respetar el límite que había puesto antes de empezar a convertirlo en una promesa vacía. Ryan percibió el gesto y se incorporó un poco, todavía con una mano sobre su muslo.

David no quiso estropear lo que acababan de construir levantándose de golpe o fabricando una explicación solemne.

—Si sigo aquí otra hora, voy a empezar a negociar conmigo mismo —dijo, acariciando con la mano la rodilla de Ryan antes de apartarla—. Prefiero irme mientras todavía me gusta la decisión que tomé.

Ryan lo observó con una frustración que no intentó esconder, pero tampoco utilizó para presionarlo.

—Entonces vete ahora —dijo mientras se levantaba con él y recogía la camisa que David había dejado torcida durante los besos—. Si esperas diez minutos más, existe una posibilidad bastante seria de que utilice argumentos que ambos lamentaremos considerar convincentes.

David se rio mientras se arreglaba la ropa.

—Eso suena casi como una amenaza.

—Es una evaluación honesta de recursos disponibles.

Recogió la chaqueta y se la puso mientras Ryan retiraba de la mesa los últimos recipientes de la cena.

La normalidad de aquella acción después de casi una hora besándose le produjo a David una sensación inesperadamente intensa.

Ryan no parecía convertido en otra persona por lo que acababan de hacer.

Seguía siendo el hombre que tenía demasiada comida en el frigorífico, correo sin abrir y una sartén nueva elegida con una seriedad probablemente innecesaria.

Antes de abrir la puerta, David volvió hacia él.

Ryan había quedado a menos de un paso.

—Voy a volver a verte —dijo David, integrando la frase en aquello que necesitaba aclarar antes de marcharse—.

No te lo digo para que esta noche parezca más segura ni porque crea que necesitas una garantía después de besarme.

Te lo digo porque quiero que sepas que irme forma parte del límite que he puesto, no de una duda sobre haber venido.

Ryan lo estudió durante unos segundos y después apoyó una mano en la parte delantera de su chaqueta.

—Eso era lo único que necesitaba saber. Puedo estar frustrado porque te vas y entender al mismo tiempo por qué lo haces; mi formación permite manejar dos datos aparentemente contradictorios sin colapsar.

David sonrió.

—Qué alivio.

Ryan tiró suavemente de la chaqueta y lo acercó para un último beso.

Fue más corto que los anteriores, pero no ligero. David lo sintió durante todo el trayecto hacia la escalera, incluso después de que Ryan lo soltara y retrocediera al interior del apartamento.

Al llegar a la calle no sacó inmediatamente el teléfono ni intentó ordenar mentalmente todo lo que acababa de ocurrir.

Caminó unos metros antes de darse cuenta de que seguía sonriendo y de que, bajo el cuello de la camisa, todavía podía sentir el lugar donde los dedos de Ryan habían estado apoyados.

A mitad de la manzana, el móvil vibró.

David lo sacó pensando en la estación, pero el mensaje era de Ryan.

Había enviado una fotografía de la cocina recogida.

En primer plano aparecía la sartén nueva; sobre ella, añadida con una flecha digital, Ryan había escrito que seguía intacta después de una segunda visita oficial de McCarthy al apartamento.

David leyó el mensaje mientras esperaba para cruzar y escribió una respuesta más larga de lo que la broma necesitaba: le informó de que aquella visita no había sido oficial, que la sartén todavía estaba en periodo de prueba y que, a pesar de sus objeciones anteriores, aceptaba provisionalmente que Ryan podía permanecer solo en su vivienda hasta nuevo aviso.

Guardó el teléfono después de enviarlo.

La respuesta de Ryan llegó antes de que cambiara el semáforo, pero David decidió leerla cuando estuviera en otro sitio y no parado en una esquina de Back Bay con la boca todavía sensible y la certeza de que, si regresaba al apartamento esa noche, no sería por ninguna sartén.